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Y si la muerte pisa nuestro huerto, ¿Qué dejaremos?

Por: Yiro Lasso

El otro día me encontraba trastornado por la noticia del asesinato del líder social del San Juan, Omar Cárdenas Lozano, perteneciente a la guardia cimarrona del Chocó el pasado 16 de Octubre; el hecho sucedió días después de haber salido una caravana humanitaria por la vida y por la paz que había acontecido en esos días.

 

Este acontecimiento me hizo recordar a todas las personas que este año me abandonaron en su presencia física y recordando que los despedimos, como se debe y demanda en nuestra cultura Negra, en medio de alabaos, viche, conversa y dominó. Recordamos qué había hecho esa persona y como él o ella era casi un héroe o heroína ante la comunidad y ante la propia familia; todo esto mientras el ataúd se encuentra allí con el cuerpo del difunto o la difunta, recibiendo toda la energía posible para poder trascender de esta vida tan dura que nos tocó, en medio de tantas adversidades, victorias, errores, opresiones, en medio de tantas luchas por la libertad y el vivir sabroso que nos merecemos como gente Negra.

 

Allí me surgieron las dudas de ¿Qué tanto seremos recordados nosotros/as/es los/as/es activistas? ¿Qué tanto lo/la/le recordarán sus cercanos? ¿Llorarán y recordarán alguna anécdota suya? ¿Qué tanto los/ mitificarán sus comunidades y cercanos Negros? ¿Dejaremos pues, alguna semilla quiénes nos pensamos desde el fuego revolucionario del cambio y la liberación de toda opresión? ¿Realmente dejaremos algo? ¿Realmente podremos generar un cambio radical en el presente para cambiar nuestro trágico futuro, para que quiénes vienen atrás de nosotros puedan decir y respirar realmente la libertad y un vivir sabroso?

 

Estas preguntas y cuestionamientos me nacen siempre, por ejemplo, cuando entro a las redes sociales y observo a los, las, les “grandes” activistas-influencers como los denomino yo, haciendo un llamado a la gente por medio de las acusaciones, tocando más las líneas superfluas del sentimentalismo, -un populismo influencer y activista me gustaría decir-, por encima del verdadero meollo que es construir conciencia para quienes estamos siendo oprimidos y explotados; viven pues, para mí, dentro de un idealismo, dentro de una comodidad desde sus pantallas, la cual los, las y les alivia cuando encuentran como buenos inquisidores a quien señalar y juzgar por no contar con “su nivel” organizativo o de privilegio, su único cambio se encuentra dentro de sus cabezas, pues en lo concreto no entienden mucho de lo que hablan ni tampoco accionan todas las cosas que dicen hacer en sus redes sociales, más allá de la fotografía y los largos post de inquisición.

 

Este activismo, que parte desde el idealismo capitalista, les permite generar lo que el sistema desea, una negación rotunda de su realidad concreta, es por eso que cuando ven pequeños destellos de la cruda realidad estructural intentando brillar en sus caras recurren a la cancelación, omisión o la simple participación esporádica del tema indignante de la semana, simplemente para generar una comodidad en su activismo de pacotilla y no abordar profundamente las contradicciones que este accionar de la estructura puede crear o se pueden encontrar.

 

Estos activistas-influencers no distinguen lo que es real y lo que no, se limitan a sí mismos, para no caer en el existencialismo que requiere un revolucionario para poder encender su llama del deseo de construir cosas reales, desde el eros o desde el amor al pensamiento radical Negro, han acumulado pues un propio pensamiento limitado a no conocer algo más allá de lo que se les ha dado; han caído pues en el mismísimo truco del capitalismo, porque seamos sinceros estas personas no tienen una sola experiencia en donde hayan logrado cambiar a una sola persona su accionar al crearle o ayudarle a crear una conciencia real y concreta del mundo capitalista y opresor en el que vivimos por medio de sus comentarios, burlas y espacios de poca confrontación.

 

Esta idea profundamente arraigada en nuestra sociedad y en nosotros, nos tiende a hacer caer en la trampa de no querer pensar qué hacer concretamente para cambiar el rumbo de la historia y tomar realmente las redes de la realidad, tomar las redes desde su propia raíz, estas que se representan en la opresión, la explotación y alienación; hay que entender que esta fuerza, para arrancarla, no nace únicamente en el idealismo, nace y se vuelve concreta desde el pensamiento material, desde el pensamiento dialéctico de nuestra realidad.

 

Pienso realmente que solo así podremos ser recordados como activistas- revolucionarios y no solamente activistas-influencers; solo cuando tomemos esta realidad abrumadora, esta realidad opresora y la enfrentemos con espacios visibles e invisibles de confrontación, en lo que los tíos y tías nos mencionan, de los palenques concretos y los palenques mentales, que nos abran caminos a materializar y enfrentar a la estructura y sus contradicciones.

 

Al crear nuevas alternativas al modelo hegemónico, poder competir con él mismo, hasta que la victoria sea por la vida, por la tierra y por la paz, solo allí podremos decir que escapamos al monte, el templo del pueblo Negro, en donde el capitalismo toma otros rumbos, se desintegra y se crean otros mundos posibles, estos mundos llegarán solo cuando realmente nos preguntemos como activistas-revolucionarios “¿Qué dirá el pueblo cuando muera?” y no en el sentido de reconocimiento personal, sino en las formas en que mi existencia revolucionaria cambia a quienes me rodean, de cómo mis convicciones no son solamente palabras, son o fueron realidad.

 

Este es pues -considero- el verdadero compromiso al cual estamos llamados los activistas revolucionarios, porque en esta sociedad capitalista y burguesa es más atractivo el bochinche que lo necesario y ¿Qué es lo necesario? es entonces cultivar y cosechar día a día, sol a sol, el poder de autodeterminación del pueblo Negro, lo que supieron definir las panteras Negras en su programa de los 10 puntos o lo que logró en parte el pueblo Negro en Colombia con la ley 70 de 1993; lo necesario es pues, mantener esa convicción de dejar un mundo mejor para los vivos humanos y no humanos.

 

Dejemos huellas gigantes, entonces manitos y manitas hagamos lo que Amílcar Cabral nos dijo ya hace mucho tiempo, “regresemos a la fuente” de nuestra cultura Negra-africana, pero regresemos a ella con un total carácter revolucionario – antirracista, antipatriarcal, antiespecista y anticapitalista- para no decepcionar a nuestros ancestros y su legado, y el que dejaremos cuando nos unamos a ellos, tal como dicen Los Van Van en una de sus interpretaciones:

“Si la muerte pisa mi huerto”:

¿Quién será el nuevo dueño «Jum»

de mi casa y mis sueños, y mi sillón de mimbre?

 

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

 

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Fotografía: Cortesía

 

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