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Autora: Isabel González Quintero

“Soy una mujer negra, sobreviviente de esta violencia indolente en Colombia; una mujer que ha sufrido mucho, pero que no se quedó en una posición de víctima, sino que utilizó su experiencia para ayudar a los demás” (Yolanda Perea, 2019).

YOLANDA



Yolanda Perea Mosquera de 35 años, nos abre sus puertas hacia la intimidad para poder relatarnos su amarga experiencia como sobreviviente del conflicto armado, de la violencia sexual y el desplazamiento forzado. Su historia, que al final resultará ser la de todos como sociedad, no podría ser abordada en su totalidad, pero si enseñará aquellos aconteceres que terminaron fragmentando su vida en cuatro relatos.

EL JARDÍN DE LAS DELICIAS

Yolanda nació y se crió en medio de la diversidad y sabores que ofrecían las tierras de Riosucio, en el Chocó, municipio abrazado por el paso que deja aquella serpiente llamada Río Atrato. En el pueblo, vivía con su madre y de cinco hermanos, ella era la mayor. La estabilidad económica con la que contaba su familia le permitió que sus únicas responsabilidades fueran estudiar, lavar su uniforme e irse al corrinche*1 en gallada.

“Irme a jugar tapilla, catapis, tirarse al río, eran esos juegos divertidos que teníamos. Esa era mi niñez”.

Si bien Yolanda vivía en el pueblo, la comodidad la encontraba en el campo. Cada fin de semana se trasladaba a la finca perteneciente a su familia materna para trabajar la tierra, algo que para ella y sus hermanos nunca se sintió como una obligación -por lo menos en ese entonces-.

“Allá nos enseñaban no sólo la importancia del campo, también a ordeñar la vaca; cuándo encerrar el ganado o irlo a recoger; cómo sembrar plátano, yuca, arroz, maíz. Eso era divertido, se sentía como un juego para nosotros”.

Su crianza fue privilegiada, rodeada de cariño, compañía familiar, complicidad y abundancia. Yolanda nunca careció de nada, en ella no habitaba la falta*2, ya que el campo les proporcionaba todo lo necesario para subsistir.

“El campo nos dio tanto, había comida hasta para botar todos los días”.

 

 

No obstante, el panorama de tierras llenas de vida y de abundancia que alguna vez rondó en el imaginario de los Riosuceños respecto a su territorio, rápidamente cambió. A raíz de la violencia y el conflicto armado las tasas de desplazamiento forzado aumentaron significativamente en las previas administraciones gubernamentales. En época de posconflicto sigue siendo deficiente la presencia institucional en el territorio rural colombiano, “particularmente en comunidades Negras como Nariño, Cauca, Valle, Chocó, Urabá en Antioquia, el sur de Córdoba, San Andrés y Providencia, La Guajira, Magdalena y Bolívar. Los Consejos Comunitarios y organizaciones defensoras de los derechos afrodescendientes en estas zonas, reportan que esta realidad incrementa las barreras para la co-existencia en el territorio de actores ilegales que amenazan la vida y la dignidad de mujeres y niñas afrocolombianas” (Conferencia nacional de organizaciones afrocolombianas CNOA, 2019).

Yolanda carga con ella el campo a donde quiera que vaya, ya que son los recuerdos el único medio por el cual puede volver a sentirse en casa. La guerra no sólo le arrebataría su territorio, en ella quedaría la marca indeleble que sólo el conflicto armado puede grabar.

“Era una infancia de esas que no se pueden olvidar; de esas que cuando estoy triste me envuelvo en los recuerdos que dejé atrás, y eso me permite recordar de dónde vengo, quién soy y para dónde voy, y eso es lo que a pesar de todo me da fuerzas para continuar”.

 

EL CRIMEN SILENCIOSO DEL CONFLICTO ARMADO

“la felicidad de mi niñez llegó hasta los once años”.

En 1997, Yolanda, su abuelo y hermanos se encontraban solos en la casona de la finca familiar. Sus tíos, su abuela y su mamá habían decidido salir a festejar al centro de la comunidad de Pava, que está a solo diez minutos de allí. La vida que una vez fue sencilla, se convertiría en una carga difícil de soportar; ya que esa misma tarde Yolanda sería víctima de la violencia que se ejerce a diario en un país en donde los actores del conflicto armado recurren a la violencia directa como mecanismo fidedigno para  imponer terror en los demás.

“En la tarde vino un integrante de las FARC, me preguntó por la tabla donde estaban las vacunas del ganado, yo se la mostré y él inmediatamente se fue, pero alrededor de las once o doce de la noche regresó. En ese momento estaba durmiendo junto con mis hermanos en los camarotes, cuando este hombre entra y me coloca un revólver en la cabeza. En ese momento abusa de mí con la amenaza de que si hacía ruido mataría a mis hermanos y a mi abuelito”.

Al día siguiente, su familia se hallaba buscándola al ver que ésta no apareció cuando todos sus hermanos recibieron a su mamá que había regresado. Ella pasó toda la noche refugiada en un cobertizo, y si bien escuchaba a sus familiares llamándola, su cuerpo impotente por la violencia sexual que acababa de sufrir, impidió que diera un grito de respuesta.

Según el Censo Nacional de población realizado en el 2018, son las mujeres y niñas quienes registran aproximadamente el 51,4% de la población colombiana, y siguen siendo ellas quienes representan el 91,2% de los casos de violencia sexual en el marco del conflicto armado. (Registro Único de Víctimas, 2019).

“Dentro de este grupo, las menores que tienen entre 10 y 14 años son las más afectadas con un 49,53%, seguidas por niñas que tienen entre 5 y 9 años con el 24,9%”. (Registro Único de Víctimas, 2019).

“La violencia contra las mujeres, en razón de su género, ha sido usada por los actores ilegales y los legales en el campo de batalla” (Salcedo, 2015)*3.

Como consecuencia, en las mujeres indígenas y afrocolombianas (quienes son mayoría en habitar territorios rurales), recae una violencia en la cual sus cuerpos sucumben presos de estigmas que devalúan su dignidad y valía.

Nadie es capaz de prever que la tragedia que acompañó a Yolanda no llegase a su final en ese instante en que su madre la encuentra enmudecida en un rincón de un corral. Puesto que la desgracia que asediaba a su familia no acabaría sólo con ella. Cuando tuvo el valor de denunciar ante su mamá lo sucedido de aquella noche, esta misma se dirigió rápidamente al campamento guerrillero a reclamar por lo ocurrido.

“Mi mamá salió furiosa, cogió su bote y se fue. Ella llega al campamento de la guerrilla donde estaban recientemente asentados e inmediatamente el hombre que yo le dije cómo era, se esconde. Mi mamá empieza a discutir con el jefe de las FARC al ver que este se negaba a creer lo sucedido. Al final mi mamá se marchó y pensé que hasta ahí todo había terminado”.

Yolanda se refugió en la pesca, era lo único que atenuaba en su mente el trauma que implica ser violada. Pero como ya se dijo previamente, el infortunio tenía otros planes para la familia Perea. Mientras que ella se encontraba pescando a orillas de un río a pocos metros de su finca, el mismo hombre que la violó junto con tres de sus compañeros la habían rodeado.

Sin tiempo de poder reaccionar, fue golpeada brutalmente, según él por haberlo denunciado con su madre y el jefe de las FARC. Sólo pararon cuando su abuela apareció al haber oído a la distancia los gritos de su nieta.

“Cuando mi abuelita llega y yo echando sangre por todos lados, me paró y sentí un dolor agudo en el vientre. Yo le digo a ella que pare porque me está doliendo mucho, entonces ella llega y me dice “Mija ¿usted es que estaba embarazada?”.

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