María Everildis

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Autora: Isabel González Quintero

María Everildis, de 59 años, vivió en el campo con sus hijos, pero se vio obligada a desplazarse de su tierra, y fue víctima una vez más cuando a uno de sus hijos prestando el servicio militar, fue alcanzado por una bala. Para Ever, vivir la guerra de esa manera le ha demostrado que son los hijos de los pobres no más, carne de cañón.

No hay cura para el pasado ni para el dolor de perder un hijo



Las zonas rurales colombianas están llenas de personas comprometidas con su territorio; que anhelan el progreso; que tienen un pedacito del país en sus manos para cultivarlo, o crían allí su ganado para dejarle algo a sus hijos y sus futuras descendencias. 

 

Sin embargo, el campo también se ha llenado de personas que aprovechan su situación de poder y canjean todo el país a su amaño, dejando a veces a la gente que habita allí a merced de ciudades ruidosas y esclavizantes. Es así como María Everildis “Ever” Palacios Murillo, de 59 años, vivió en el campo con sus hijos, pero se vio obligada a desplazarse de su tierra, y fue víctima una vez más cuando a uno de sus hijos prestando el servicio militar, fue alcanzado por una bala. Para Ever, vivir la guerra de esa manera le ha demostrado que son los hijos de los pobres no más, carne de cañón. 

 

“Mi hijo iba a cumplir 19 años la noche que lo mataron, hubiera deseado que fuera yo quien se muriera”.

 

 

Ever, madre de 8 hijos, campesina y ahora trabajadora en Medellín, nació en el Chocó el 28 de junio de 1961. Aún siendo muy joven, se fue a vivir a Urabá con su marido en 1985. Allí, trabajó en un casino, en una finca bananera como cocinera y en lo que resultara. 

 

Al tiempo, pudieron conseguir lo que fue por muchos años su hogar; una finca donde criaban cerdos y gallinas. “En ese entonces había una ola de violencia del ELN y los Sindicalistas, pero no se sabía bien quién era quién; allí, en la Chinita, Currulao, habían matanzas diarias, los dejaban en los caminos hacia las fincas. Uno estaba atemorizado, pero el que nada debe nada teme” dice Ever. Sin embargo, un día les metieron una carta debajo de la puerta diciendo que les daban 24 horas para irse. Buscaron por todos los medios conseguir dinero para viajar: Subsidios, empeñar lo que tuviera valor o venderlo. Consiguieron un camión que los llevó a Quibdó, y de ahí partieron a su pueblo natal Managrú, Cantón de San Pablo. 

 

Las cosas eran muy precarias en el pueblo, hubo navidades que no había ropa para que sus hijos estrenaran, a veces faltaba la comida. Ever recordó sus tiempos de adolescente en Medellín, cuando en los años 70 trabajó como empleada doméstica. Quiso incursionar nuevamente por ese camino, su marido no estaba de acuerdo con eso, pero ella estaba determinada en conseguir un buen trabajo por sus hijos. 

Viajó a Medellín sola, aún no contaban con la estabilidad deseada para que todos estuvieran con ella en la ciudad. Fue afortunada, ya que a los pocos meses de haber llegado pudo conseguir trabajo, enviando así lo poco que ganaba al Chocó. A sus hijos los cuidaba su abuela, pero no pasó mucho tiempo hasta que Ever finalmente pudiera traerlos a  todos a la ciudad. 

 

En Medellín, Ever todos los días salía con algo nuevo para emprender, helado, empanadas, lo que fuera. Con el tiempo fue conociendo personas que le ayudaron a conseguir un lote, pero como es costumbre, en la ciudad de la Eterna Primavera los pobres sólo pueden tener casa propia por medio de la invasión. Para ella apelar a este recurso fue su única alternativa, así consiguió un poco de dinero para un lote invadido,  un lugar al que llamó su hogar. 

 

“En la ciudad viven aproximadamente 80.000 personas en lugares de invasión” (El Tiempo, 2017). *1

 

Pasó bastante tiempo para que Ever pidiera ayuda declarando su condición de desplazada por el conflicto armado, ya que le daba miedo hablar del tema, como relata  “en ese entonces muchas personas aparecían muertas por decir su condición”, manifiesta Ever. El 85% de solicitudes de restitución de tierras son logradas, pero hay un porcentaje bastante serio e importante que en las estadísticas del Ministerio de Agricultura no aparece y son los asesinatos a reclamantes de tierra (restituciondetierras.gov.co). *2

 

La lucha de Ever sigue y ha tenido sus mayores conflictos, pero la violencia no solo es de los pueblos, la violencia a veces deja trazos por el campo hasta la ciudad y mutila familias. El 13 de febrero de 2011, su hijo Janier el cual se encontraba prestando servicio militar, fue asesinado por la guerrilla.

Otra vez la guerra la perseguía. Era difícil saber quién lo mató, nadie decía nada. Estaban en la Garita, en el Norte de Santander, allá, le tocó la guardia nocturna. Ella habló por teléfono con su hijo ese día, ignorando ambos que sería su última conversación. “Que la virgen te cuide” le dijo ella, “hablamos ahora, a las 7 suelto” dijo él. Mientras hacía la guardia nocturna con un compañero, dos hombres entraron a atacar, les dispararon, ellos corrieron pensando que no pasó nada, pero cuando revisaban a los jóvenes, Janier, a punto de cumplir 19 años, tenía en su pecho una herida de bala. 

 

 

Ever aún mantiene su duelo Ya no me gustan las flores, desde ese día de su entierro no soporto ni el olor de ellas”, estas, se han vuelto para ella un recordatorio perpetuo de su profunda pérdida. Los traumas de las víctimas no son todos iguales, algunos se superan con el tiempo, otros se aferran al pasado despedazando todo sentido de continuidad de sus vidas. Pasar del campo, del hogar propio a vivir en condiciones precarias, fue una tragedia que a Ever le tomó un tiempo superar, pero la pérdida de su hijo sigue siendo la herida abierta que somete a su espíritu a la desesperanza.

 

“He pasado por varias psicólogas, pero con ninguna he hallado la manera de sanar. He tomado todas las pastillas habidas y por haber que los médicos me han recetado, pero solo han logrado adormecer mi pena. Con todo esto no logro evitar siempre pensar que son los hijos de los campesinos, carne de cañón; son a ellos a los que mandan a morir”.

 

Desconexión, así es como el conflicto armado en el país se ha mantenido. El silencio recurrente de aquellos que se ven por fuera del conflicto, deja sin protección a una población perseguida en sus cuerpos y en sus mentes por el terror de la guerra. 

 

Es aquí donde se hace clara la necesidad de volver a conectar, pues es la esencia de todo ser consciente. Tomará su tiempo y sus debidos sacrificios, pero reconocer historias como la de Ever podría quizás ayudarnos a comprender el eterno desarraigo de las víctimas del conflicto armado; inmigrantes en su propia tierra, quienes sólo la vida y la muerte les han enseñado lo que es realmente importante. 

 

1* Cita extraída de El Tiempo: En Medellín viven 80.000 personas en zonas de invasión. 

 

 

2* Cita extraída de Estadísticas de Restitución de Tierras. 

 

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Fotografías: Mitchell Restrepo

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