Indira Murillo archivos - Revista vive Afro

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Autora: Isabel González Quintero

“En el conflicto armado que sufrimos en el país, hay unas víctimas que permanecen cubiertas por un manto de oscuridad. Se trata de las niñas y niños huérfanos, que a causa de la violencia de los grupos armados perdieron a uno o ambos padres. Dejando a su paso huellas en sus almas que los inclina a tomar ideas de venganza” (Diana Ángel, 2013).

Huérfanos de la guerra: las víctimas silenciosas



Indira Murillo de 35 años de edad, nació en Vigía del Fuerte pero desde muy pequeña se fue a vivir a Medellín, quedando con pocos recuerdos de su tierra natal, pero con un legado de tradición cultural y espiritual chocoano latente en ella. 

 

Sus recuerdos, como imágenes que a veces retenemos sin querer en nuestra mente, de esos primeros años de vida, eran recuerdos felices de su padre quien hacía lo posible para visitarla y estar pendiente de ella; los comentarios de otras personas también refuerzan ese sentir, que le decían que ella era su favorita.

 

Su padre, Orlando Murillo Sánchez fue policía alrededor de 1985, pero terminó retirándose. Era una persona ambiciosa con lograr todos sus objetivos. Tuvo muchos hijos con diferentes mujeres. Trabajó con químicos en el Chocó en una empresa importante, pero más tarde se aferró fuertemente a la idea de tener un puesto público, pues pensaba que con ello podría brindarles mejores oportunidades a todos sus hijos. 

 

Cuando Indira tenía 12 años de edad, su madre recibió una llamada inesperada, pues desde kilómetros de distancia le anunciaron la tragedia, “a Orlando lo asesinaron”. El 9 de octubre de 1997 en Murindó, Antioquia, Orlando Murillo fue baleado en pleno parque principal, pero no murió ahí, mientras era llevado al hospital terminó desangrándose. Tenía apenas 33 años y un deseo ferviente de ser el próximo alcalde de dicho municipio, pero fueron varias las advertencias y amenazas que le anunciaban que no lo hiciera. Al principio se creía que los responsables de tal acto eran la guerrilla, no obstante, permanece como uno de los muchos casos en Colombia que están sin resolver.

 

“No me dejaron viajar al entierro de mi padre, mi familia me lo negó. Siento que desde ahí mis lazos con mi familia paterna solo empezaron a debilitarse”. 

Algo bueno debió haber hecho él, puesto que Indira años después tratando de investigar qué había realmente pasado con su padre, se dio cuenta que la gente de Murindó lo tenía en muy buena estima; que ese “sueño loco” de ser alcalde no habría estado tan lejano de la realidad, ya que esos quienes controlan el poder no le hubieran arrebatado su vida en un intento para quitarlo de manera sucia y corrupta del camino un día ante de las votaciones. 

 

Indira ya siendo mayor de edad, decide hacer todo el papeleo para ser beneficiaria de la reparación a las víctimas del conflicto armado, sin embargo, todavía estaba inconsciente del peso que carga la palabra “víctima” porque según ella lo hacía para no dejar este hecho en el olvido. 

 

Para aquella época, en Murindó ni siquiera habían policías cuando mataron a su padre, por lo que a Indira le tocó trasladarse al municipio de Turbo donde el papeleo y el acta de defunción fueron finalmente archivados. Como en toda burocracia a Indira le tocó hacer de todo para conseguir los papeles que necesitaba, pero cada vez que se acercaba a las instancias, había un papel nuevo, un requerimiento nuevo, o como ella dice “un obstáculo nuevo”.  Desde el 2013 su número de víctima está registrado, pero ningún tipo de reparación ha sido otorgado. 

 

“Este viaje que hice a Turbo, siento que me volvió a conectar con aquello de lo que fue mi padre y eso me hizo cuestionarme de cómo habría sido ahora mi vida si mi padre siguiera vivo”.

 

No es extraño que Indira se hubiese cuestionado el desenlace que ha tomado su vida. No, si comprendemos las consecuencias con las que carga la población infantil al ser una de las principales víctimas del conflicto armado en el país. Ya que es más probable que debido a las situaciones de violencia sistemática a sus derechos de protección y libertad  que experimentan a tan corta edad, se vea afectada de alguna manera su desarrollo social, cognitivo y emocional.

 

A pesar de haber tenido una infancia difícil por las constantes muestras de discriminación, racismo y desigualdad social que hay en el país, Indira nunca se rindió. Y es que, muchas veces los comentarios mal intencionados son sólo un ejemplo de que como mujer negra no es fácil pasar desapercibida, ya que, desde su paso por la escuela hasta sus primeros trabajos, “la negra creída” fue sólo una de las muchas frases que tuvo que soportar. Pero más allá de eso, y como Indira bien lo recalca “ya era tiempo de dejar atrás el papel de víctima”. 

 

Si bien ante los ojos de la ley, Indira sí es una víctima del conflicto armado, nunca recibió ningún tipo de reparación por parte del Estado. Resignada por la situación decidió no esperar más, y comenzó a estudiar. No le gustaba ser profesora, soñaba con ser bailarina, pero finalmente sus primeros pasos profesionales se verían ligados a las ventas, en lo cual se volvió muy buena. 

 

En el SENA, mientras estudiaba ventas, las oportunidades le llegaron para probarse a sí misma, y comenzó a trabajar como promotora, dando muestras de vino gratis de una prestigiosa empresa. Ya casada, y con un hijo, estuvo dispuesta a seguir estudiando con el apoyo de su familia, y es que, para ellos el estudio le iba a dar la oportunidad de sacar a su hijo adelante, por ello, se inscribió a una universidad para estudiar Licenciatura en Lenguaje, mientras que trabajaba siendo  madre y esposa a la misma vez. 

 

“Tuve muchos logros en esos tiempos, como resultar ganándome la oportunidad de ser técnica en servicio farmacéutico. Terminando la técnica comencé a trabajar con una droguería prestigiosa, aunque no todo fue perfecto, ya que los inconvenientes machistas y racistas no se hicieron esperar”.

 

La despidieron del trabajo en el que le iba muy bien, no le quedó de otra que continuar con la licenciatura y graduarse finalmente. Conseguir trabajo en la docencia fue difícil para ella, mientras trabajó en otro laboratorio también como promotora, los horarios extensos le ayudaron a entender que el tiempo es aún más valioso. Retirarse de las ventas, salir de la zona de confort no se le hizo fácil, pero la salud mental y espiritual que prevalecían, le ayudaron finalmente a aceptar que quizá era momento de dejar de ser víctima, no solo del entorno, sino de ella misma. 

 

Ciertos eventos de la vida como la muerte de un familiar, o la pérdida de un trabajo o de una buena amistad, nos pueden inspirar para evolucionar, para vivir nuestra vida de otra manera. Y eso fue lo que pasó exactamente con Indira cuando poco después estando en un paseo en los Llanos Orientales, la vida nuevamente le empezó a mostrar el camino correcto.

 

“Conseguí ser profesora por un año trabajando con comunidades indígenas. Las adversidades eran grandes, no había luz ni agua potable. Tampoco se comparaba a mi primer trabajo como educadora el cual duró muy poco porque fui echada, ya que “la negra” como ellos me llamaban, decidió soltarse el cabello y mostrarlo en su forma natural. En cambio aquí yo era genuinamente Indira, y vi por primera vez la verdadera y hermosa labor de ser docente”.

 

Luego del año, volvió a su hogar, a Medellín, llena de experiencias, energía, y ganas de dar todo de sí. Pero una vez más el desempleo en el país le hacía difícil demostrar y demostrarse que en el Llano pulió sus habilidades en la profesión. 

 

No obstante, el camino que ella decidió recorrer a lo lejos le fue indicando que iba en buenos pasos, ya que al tiempo se encontró con un proyecto que muchos catalogarían como complicado e incluso peligroso. Ser la profesora de jóvenes de comunidades pertenecientes a barrios periféricos o populares; “jóvenes difíciles” con tendentes problemas de drogadicción, violencia intrafamiliar y delincuencia barrial. 

 

Indira no dudó en aceptar, puesto que desde mucho antes había resignificado la visión de sí misma, ya no se reconocía como víctima sino como una sobreviviente. Había entendido que a pesar de que su hijo no iba a conocer a su abuelo, que esa figura paterna hubiera sido muy valorada en su adolescencia y adultez; a pesar de las diversas adversidades que enfrenta al ser una mujer negra, con una personalidad atrayente, fuerte, extrovertida, cosa que parece molestar a muchas personas en su idealizado imaginario de la mujer típica colombiana; para ella era momento de tomar las riendas de su devenir y usar sus glorias y  tragedias para inspirar y guiar a otros. 

 

Con frecuencia no es la escuela sino fuera de ella, en las actividades cotidianas, en cada decisión que tomamos, las personas que conocemos y aquellas que aún nos acompañan donde se presenta la profesión. Para Indira resultar trabajando con estos jóvenes fue una fiel prueba de ello, que todo por lo que tuvo que pasar ha servido para estar donde ahora está. 

 

Podemos sufrir pérdidas en el camino, pero podemos esperar, aprender y madurar por esas experiencias, ya que nadie puede predecir a dónde nos lleva nuestro viaje. Indira entendió de primera mano el sufrimiento que se apodera de los familiares de las víctimas del conflicto armado, pero también aprendió de los pasos que dio su padre, que a pesar de que todo estaba en su contra, de que en ese tiempo aún no se les llamaba “Líder social”,  para ella él lo fue, y aunque la historia se siga repitiendo, y los defensores de los derechos sigan cayendo a manos de aquellos cuyos intereses reposan en no apagar el caos que ha dejado el conflicto armado en el país, Indira sabe bien que todavía hay tiempo para hacer algo al respecto, y es en la educación donde ella incursiona, en ayudar a otros a ser mejores personas.

 

“Es en este proyecto con los “jóvenes problema”, donde un joven menos en la guerra, es un granito de arena más que se aporta para la paz”. 

 

1* Cita extraída del video “Víctimas silenciosas”, una publicación del canal Mi Familia TV, 2013

 

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Fotografías: Mitchell Restrepo

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