Celsa Dávila Ibargüen archivos

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Autora: Laura Andrea Torres

Esta lideresa de Riosucio, Chocó, se considera a sí misma una sobreviviente del conflicto armado. Su trabajo comunitario le ha costado riesgos, pero ella se ha defendido cuántas veces ha sido necesario. Hoy le sigue exigiendo al Estado que asuma su responsabilidad frente a lo que han vivido ella y su comunidad. En especial, pide reparación y que les brinden garantías de retorno a la tierra de la que fueron desplazados hace años. Esta es parte de su historia.

“Yo no soy nadie. Solo soy una mujer que aprendió a defender sus derechos”: la resistencia de Celsa Dávila Ibargüen



“¡No me voy a callar!”, es una oración que Celsa Dávila Ibargüen ha tenido que repetir varias veces al enfrentarse, cara a cara, con la crudeza de la guerra en Colombia. La ha dicho con fuerza y contundencia cuando, al defender sus derechos, hombres armados le han exigido guardar silencio. La han dicho porqué desde niña ha tenido un espíritu de liderazgo  -el Espíritu Santo, dice ella- que nunca le ha permitido callar.

Por fortuna jamás obedeció a quienes quisieron silenciarla. Hasta el día de hoy sigue levantando la voz para defender sus derechos y los de miles de personas que, como ella, han sobrevivido al conflicto armado en el Pacífico colombiano. 

celsa

Celsa nació en Istmina, en Chocó, hace cincuenta años. Es una mujer tranquila que al andar por las calles del municipio en donde vive desde hace más de tres décadas, la gente la retiene cada tanto, para charlar o preguntarle algo; es reconocida allí. Cree en el poder del Espíritu Santo y en que lo que ella hace es porque Dios así lo quiere. Es de quienes escucha atenta cuando otras personas le hablan y responde despacio, como si estuviera midiendo sus palabras. También escucha cuando le dan consejos. Y cuando se trata de defender lo que piensa, como la fortaleza de las mujeres, su voz se transforma: sube el volumen y se llena de fuerza. 

 

Por cuestiones de la vida, después de haber vivido en Medellín un par de años y haber retornado a la ciudad donde creció sus primeros años, quiso encontrar otra vida en Cali (Valle) y, junto a su hijo recién nacido, cogió camino hacia la Sucursal del Cielo. Tenía 17 años. Eso sí, antes debía hacer una parada que, sin saberlo, le cambiaría la vida para siempre: llegaría Riosucio, un municipio en el bajo Atrato, en la región del Urabá chocoano, donde se radicaría y del que años después sería desplazada forzosamente.

 

Llegó a esta región, que ahora tiene 48.257 habitantes de acuerdo con el último Censo Nacional de Población y Vivienda, motivada por la curiosidad. Celsa sabía que tenía familiares allí y quería conocerles antes de continuar su trayecto hacia el Valle del Cauca. Lo que no esperaba, cuenta ella, era vivir una situación semejante a un secuestro por parte de la antigua guerrilla de las Farc. Era 1988 y el territorio estaba controlado por este actor armado, que ella conocía como ‘La Chusma’. Por pura suerte y con ingenuidad, sin saber que esto ocurría, Celsa logró llegar a la cabecera y desplazarse hasta la cuenca del río Salaquí, zona rural de Riosucio. Una vez allí, volver era imposible; nadie podía entrar ni salir sin autorización de los comandantes. 

 

La única solución era ser presentada a la guerrilla que decidiría su suerte. “Pensé que me iban a dar salida para el pueblo, para seguir mi viaje, pero no fue así”, relata Celsa. Llevaba quince días en Riosucio y su hijo estaba enfermo. 

 

—¿Ahora sí puedo irme? — les preguntó, una vez fue presentada por su prima materna, que sin conocerla quiso protegerla y responsabilizarse por ella. 

—No. Apenas a partir de hoy empezamos su investigación — Le respondió uno de los comandantes. 

—¿Qué me tienen que investigar a mí si yo no soy nada? — reclamó ella — Solo soy una muchacha que se vino a recorrer estas tierras, buscando a la familia. Yo no soy nada. 

—Pues el tiempo que tiene que parar acá en la zona, mientras la investigamos, son siete meses — sentenció él.

 

Celsa se arrodilló, gritó y lloró. También suplicó, pero no le quedó más remedio que aceptar esa decisión e instalarse junto a su hijo en Riosucio. Inicialmente viviría allí siete meses, pero conoció al padre de sus otros cuatro hijos y se quedó con él, huyendo del reclutamiento forzado o de que, quién sabe, terminaran con su vida. “Eso fue prácticamente un secuestro de siete meses. Yo viví una tortura muy horrible”, recuerda ella. Sin imaginarlo, desde el principio su llegada a Riosucio estaría atravesada por la violencia.

 

“Yo no sentía miedo; sentía rabia”: el primer desplazamiento forzado hacia Pavarandó

Ya en Riosucio, Celsa siguió siendo la lideresa que desde niña siempre fue. No solo participó en el proceso de construcción de la Ley 70 de 1993, motivada por el compromiso de que las poblaciones afrocolombianas tuvieran acceso a la tierra en la que vivían, sino que encabezó comités de mujeres en defensa de sus derechos en el Consejo Comunitario de Dos Bocas, una comunidad en el municipio. También fue varias veces presidenta de la Junta de Acción Comunal de su barrio.

 

Junto al padre de sus hijos se mudó a Truandó, una comunidad a orillas del río que lleva su nombre. Eran tiempos buenos, aunque la violencia seguía intensificándose y la amenaza de la llegada de grupos paramilitares estaba latente. “Yo le decía a él (a su pareja) que nos saliéramos antes de que esos señores (las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá) llegaran a acabar con la gente, porque decían que eran muy bravos, muy malos. Pero él nunca creyó que la zona se iba a dañar”, dice Celsa. 

 

“En 1997, ahora sí, se apretó la cosa tan duro, que ya entraron estos señores. Llegaron a la zona de Cacarica, de Salaquí y de Truandó. Entraron en helicóptero y yo, hasta hoy, digo que no sé por qué todavía hay coroneles o tenientes que no han pagado una pena, porque yo sé que ese operativo fue en compañía del gobierno. Y ese grupo, a medida que iban bajando en paracaídas, iban vestidos de Ejército e iban correteando a los civiles y a quien alcanzaban lo mataban”, denuncia la lideresa.

 

Casi dieciséis años después de la Operación Génesis, a la que se refiere Celsa y que ocurrió en febrero de 1997 en la cuenca del río Cacarica, la Corte Interamericana de Derechos Humanos declaró responsable a Colombia por vulnerar los derechos de la población afrocolombiana que fue desplazada forzosamente a raíz del operativo militar. Por su parte, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos llamó la atención sobre cómo los bombardeos de esta operación “se realizaron de manera indiscriminada”. A su vez, de acuerdo con la sentencia de la Corte IDH, la Comisión señaló que existían “indicios claros sobre coordinación operativa entre miembros del Ejército y de grupos paramilitares”.

 

Y como a Celsa, a cientos de familias no les quedó más opción que huir en medio de este enfrentamiento. “En Truandó, la gente se tiró al monte a correr apenas con lo que tenía puesto”, relata ella. “Una cosa es contar y otra cosa es vivirlo. Yo me escapé con mis hijos fue de suerte. Empecé a correr por el monte y se escuchaba el estropicio. Cuando llegué a un caserío ¡había una cantidad de gente que ya había cruzado desde el río Salaquí! (…). Caminamos un mes, durmiendo en el monte, llevando sol y agua”, continúa. 

 

Más de cinco mil personas, recuerda ella, llegaron hasta Pavarandó, un corregimiento de Mutatá (Antioquia), donde se instalaron durante un año en búsqueda de paz. “Cuando llegamos allá yo caminaba a un lado, a otro, y veía ese poco de niños descalzos, mugrosos, vueltos una nada. Y las mujeres lloraban y yo les decía: mujeres, lloremos pero tomemos fuerzas, porque  no podemos quedarnos de brazos cruzados. Tenemos que luchar por nuestras vidas”, cuenta Celsa. Incluso allí, su voz resaltaba en medio de la de los líderes comunitarios que, en el caos y la desesperanza que causa la guerra, debían organizar a su gente y darles fortaleza. 

 

“Yo no sé de dónde sacaba la fuerza, pero yo hablaba. Yo no sentía miedo, sino sentía rabia por todo lo que nos estaba pasando”, dice Celsa. Por eso se convirtió en una voz indispensable y a la que acudía no sólo la comunidad, sino organizaciones nacionales e internacionales, como la Cruz Roja, cuenta. Esto, para reconstruir lo sucedido y tomar medidas para proteger los derechos de quienes habían sufrido el desplazamiento.

 

Celsa nunca dejó de insistir en la posibilidad de retornar. Como ella, las demás familias buscaban lo mismo y de esa forma, empezaron a trabajar en procesos comunitarios para regresar. Así fue como se constituyó el acuerdo de paz y la Comunidad de Paz San Francisco de Asís, con apoyo de la  Diócesis de Apartadó, para garantizar que las y los pobladores pudieran regresar a las cuencas y su vez, que los actores armados se comprometieran a no vulnerar sus derechos. Para ello, la comunidad debía cumplir con el compromiso de mantenerse neutral y al margen de todos los grupos armados en la zona. 

 

“Los primeros que empezamos a hablar de paz fuimos las víctimas, intentando que los actores nos dejaran quietos”, narra Celsa. “El día que hicimos esa declaración fue hermoso: estábamos de suéter blanco, gorra blanca, banderas blancas. Y con esas condiciones, en 1998 se organizó el retorno”.

 

Cuando hay que escaparse de la muerte y sacar fuerzas del Espíritu Santo

A Celsa, su trabajo como lideresa le ha traído reconocimiento local y de escala internacional. También, ha significado que ha tenido que multiplicarse para poder ejercer su labor social, sacar adelante sus negocios, estudiar y ser madre de seis hijos e hijas, todo al mismo tiempo. No ha sido sencillo. “No sé de qué forma Dios me ha dado todas estas habilidades”, explica ella cuando habla de cómo ha logrado lo que ha logrado. “Estas son habilidades que el Espíritu Santo le da a uno para poder ayudar a la construcción de tantas cosas. (…) Y como yo hay miles de mujeres”, insiste. Pero su trabajo social también ha puesto en riesgo su vida.

 

Después del retorno a Truandó, la violencia se intensificó porque, cuenta Celsa, los grupos paramilitares volvieron a tomarse la zona y a amedrentar a los habitantes. A ella misma la amenazaron por considerar que, debido a su liderazgo, podría ser guerrillera. La guerrilla, por su parte, creía que era colaboradora de los paramilitares. Pero ella se defendió una y otra vez. 

 

Celsa le ha plantado la cara a hombres de ambos bandos cuando la han buscado a preguntarle: “¿Quién eres tú?”, cuestionando su trabajo y su vida misma. “Yo no soy nadie. Solo soy una mujer que aprendió a defender sus derechos”, les ha respondido. Se ha enfrentado con la muerte y la posibilidad de ser asesinada más de una vez, pero ha escapado anclada en su fe en Dios, que nunca la abandona. 

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En el 2002 tuvo que volver a desplazarse y esa vez cargaba encima una amenaza de muerte de la ex Farc. Logró defenderse y además, convencer a un grupo de la guerrilla para que permitiera que la población civil pudiera llegar a la cabecera de Riosucio y huir desde ahí, sin atravesar el monte. Los hombres accedieron, pero solo lo permitieron para adultos mayores y mujeres con niños y niñas. Celsa esperaba poder salir con sus hijos, pero la guerrilla se lo negó. Los niños podrían salir; en cambio ella se quedaba ahí. Sabía que iban a asesinarla.

 

“Ellos mismos iban llamando a la gente (para montarla en las lanchas) y cuando vi que cogieron a los hijos míos y los montaron, me dijeron: usted no se va, usted se queda con nosotros. (…) Ahí trataron de coger al mayor, que tenía unos 12 años, para montarlo al bote y él les dijo: “¡no, a mí no me van a montar allá, yo sé que la van a matar. Me quedo con mi mamá, que me maten con mi mamá!”. Ahí no hubo quien no llorara”, recuerda Celsa con la voz un poco entrecortada, sentada en la sala de su casa.

 

Quién sabe si por suerte o por destino, la mujer logró escaparse de la guerrilla una vez los separaron del grupo. Quien estaba a cargo de asesinarla la reconoció por años que estudiaron juntos la primaria en Istmina, y la dejó huir. “Escápate, porque tampoco puedo cambiar mi vida por vos”, le dijo el hombre. Pero esa misma noche, para poder dejar el pueblo también tuvo que convencer a los paramilitares, que estaban al otro lado del río y la retuvieron junto a otros compañeros, que la dejaran seguir con su camino. Lo logró y además, salvó la vida del padre de sus hijos, a quien tenían retenido. 

“¡Celsa, creíamos que estabas muerta!”, le dijo la gente cuando vio que llegó a la cabecera junto a su pareja y compañeros. “Ese fue un reencuentro que ustedes ni se imaginan”, cuenta ella con los ojos encharcados. Decidió bajarle el ritmo a su liderazgo, como una medida de protección para ella y sus hijos. Se instaló en Riosucio y tomó acciones como no salir de su casa sino después de las ocho de la mañana y hasta antes de las cinco de la tarde. 

 

Fue una decisión radical a la que tuvo que recurrir por ejercer un liderazgo en un país que no brinda garantías para defensoras y defensores de derechos humanos.

 

 

La fortaleza de las mujeres y lideresas

“Para mí, una mujer negra y lideresa en nuestro país significa mucho. Porque además de todas las adversidades que vivimos, las mujeres no debemos agachar la cabeza ni pensar que solamente los que tienen la última palabra son los hombres”, repite Celsa cuando se le pregunta por el trabajo de otras mujeres que al igual que ella, han dedicado parte de su vida a defender derechos humanos. 

 

Tal vez eso, esa fortaleza como mujer, el Espíritu Santo en el que cree profundamente y la voluntad sincera de transformar la realidad en la que vive es lo que la ha llevado a estar al frente de iniciativas en pro de su comunidad. Por ejemplo, la construcción del acueducto de Riosucio, que al día de hoy no cuenta con agua potable; o un coliseo para que niños y niñas, en medio de la guerra, tengan espacios de esparcimiento lejos de la violencia y la prostitución; o de un salón de recreación para las mujeres, para que puedan hacer sus actividades de manera independiente, son algunas de las iniciativas que ella ha gestionado en su pueblo. 

Celsa Dávila Ibargüen

También ha sido varias veces coordinadora de la Mesa de Participación de Víctimas de Riosucio, un espacio que nació fruto de la construcción y ejecución de la Ley 1448 de 2011, sobre Restitución de Tierras y Reparación de Víctimas, en la que Celsa participó y defiende siempre que puede. Cree que ha podido estar ahí gracias a su recorrido en procesos sociales y el reconocimiento que las personas le han dado por ello. “Desde la Mesa se hacen muchas cosas. Tenemos el Comité Ejecutivo, que se encarga de reunirse y estar al tanto con todas las instituciones, para evaluar la situación y las problemáticas que se viven en el municipio, sobre todo de vulneración de derechos humanos y las necesidades que tenemos las víctimas”, explica ella sobre este trabajo. 

 

“Por ser líder no te pagan nada. Eso es algo que uno ejerce porque le gusta, porque quiere que su gente salga adelante y quiere ver el desarrollo en el país, en el municipio o en el departamento. El verdadero líder no busca plata”, argumenta Celsa, quien sabe de primera mano los sacrificios que hay que hacer para poder ser, con o sin intención, un referente para la comunidad. Eso sí, no le tiembla la voz para exigirle al Estado el reconocimiento de esta labor. Insiste en que en Colombia hay miles de personas haciendo este trabajo, quienes le han entregado su vida a procesos comunitarios y a cambio, viven en condiciones muy complejas. Por ejemplo, recuerda ella, no tienen pensión o un trabajo estable, pero las necesidades que tienen todos los seres humanos siguen ahí.

 

A pesar de esta realidad, se siente contenta por lo que ha logrado. Cree que, en cualquier caso, no ha sido suficiente y que no puede morir tranquila hasta no ver cambios estructurales en Riosucio, en Chocó y en el resto de Colombia. También ha pensado en volver a Truandó, pero no para radicarse permanentemente. La violencia le quitó casi todo, pero sus tierras siguen estando allá. Para volver, insiste, necesita garantías del gobierno.

 

Por ahora se está tomando un descanso del liderazgo, que siempre la acompaña a donde vaya; quiere tener tiempo para ella, para su familia y para el negocio que está volviendo a levantar. También, para lograr, algún día, escribir su historia de vida y con ello, inspirar a más mujeres a defender sus derechos y a salir adelante. “Esto de ser líder no es fácil, pero tampoco es difícil. Si uno no siente la necesidad y el dolor de los demás, uno nunca llega a ser una persona bondadosa. El verdadero líder es el que siente el dolor de los demás”, recuerda con firmeza.

 

Imágenes:  ilustraciones de  Geany Asprilla

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