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Autora: Isabel González Quintero

Carmen Romelia Palacios Hinojosa de 60 años de edad, nació y se crió en la ciudad de Quibdó, Chocó. Romelia, comprendió de primera mano cuán peligrosas pueden ser las ideologías, hasta el grado de asesinar por ellas.

Romelia sobrevivió a un secuestro, 32 años después relata lo sucedido



¿Cuándo las ideologías pasan a ser peligrosas? En su definición más básica, las ideologías nacen de un conjunto de ideas, emociones y normas propias de un sujeto o de un conjunto de personas, la cual vendría a condicionar la manera en que estas ven e interactúan con la sociedad que habitan; cuestionan o reafirman sus creencias y convicciones políticas y religiosas, e incluso llegan a determinar nuestra propia identidad.

 

Con ello, las ideologías no son agentes externos, hacen parte de nosotros, están presentes tanto en lo público como en nuestra intimidad. Pero estas con frecuencia se filtran y se apoderan de nuestra razón, arrastrando hasta aquellos considerados “santos” hacia la confusión y la violencia. Romelia, comprendió de primera mano cuán peligrosas pueden ser las ideologías, hasta el grado de asesinar por ellas.

 

Carmen Romelia Palacios Hinojosa de 60 años de edad, nació y se crió en la ciudad de Quibdó, Chocó. Sin lujos y privilegios tuvo la fortuna de crecer en el seno de una familia donde el respeto y el apoyo siempre estuvieron presentes y más en las situaciones difíciles.

 

“Tuve una infancia buena. No teníamos mucho, éramos pobres, pero siempre contábamos entre nosotros y no solo en mi familia, la comunidad también hacía parte de ello”.

 

Sin embargo, Romelia tuvo siempre presente mejorar sus condiciones de vida, y para lograrlo vio en la docencia la mejor alternativa para romper el ciclo de pobreza con el que cargaba su familia. En octavo grado tomó la decisión de ingresar a la Normal, un bachillerato orientado a formar y en últimas  titular a sus estudiantes como maestros y maestras.

 

 

Ya con título en mano Romelia con 19 años de edad partió a la vereda El Sucio en Necoclí (Urabá).  Lugar donde su futuro como docente no sólo la esperaría, también conocería la perpetua desdicha que se apoderó del territorio.

 

Trabajó en el lugar desde 1980 hasta  finales de 1985, sin embargo, su esposo Johani Enrique  Cuesta y su primer hijo quienes se encontraban a kilómetros de distancia, hicieron que pidiera ser trasladada, terminando así en la finca bananera de San Jorge ubicada en Turbo, distrito de  la subregión de Urabá en el departamento de Antioquia. 

 

“Trabajé en la vereda San Jorge. En los campamentos que levantaban los hacendados en las bananeras para sus trabajadores, ahí vivíamos también varias profesoras, pero todos constantemente experimentamos situaciones aterradoras”.

 

En continuas ocasiones el campamento en el que vivía Romelia fue abordado por hombres encapuchados  y fuertemente armados quienes sacaban a rastras de sus camas, de las duchas, de donde fuera a quienes vivían ahí. Con fusil en mano cada uno fue llevado a las empacadoras de las bananeras a lo que ellos llamaron una reunión de emergencia. Romelia con apenas una toalla cubriendo su cuerpo no le quedó de otra que asistir.    

 

 

Hay que abordar la lucha por el territorio si se quiere comprender el conflicto armado colombiano. La fuerte inversión de multinacionales extranjeras por el cultivo del banano, puso un blanco fácil de acertar en el pecho del Urabá, ya que dio paso a la apropiación del territorio rural, el cual se encontraba cada vez más en las manos de empresarios. Los movimientos del campesinado no tardaron en aparecer y con ello el surgimiento de grupos armados ilegales como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército Popular de Liberación (EPL).

 

“Extorsionaban y secuestraban a ganaderos y propietarios de grandes cultivos -principalmente bananeros- controlaban los sindicatos, se disputaban territorios y aprovechaban el corredor hacia el mar Caribe para introducir armas y financiarse con el tráfico de cocaína”(García, Sánchez y Magaña). *1 cita

 

“Un día como en muchos anteriores establecieron un paro armado, cuando esto pasaba absolutamente nadie se podía mover de sus casas. Como vivía al frente de la escuela, decidí ir a trabajar. Estaba dictando clases como cualquier otro día cuando a las 9 de la mañana llegaron a la escuela siete hombres encapuchados quienes obligaron a los niños a retirarse y a mí me raptaron”.

En 1989 Romelia fue secuestrada y rápidamente trasladada a las bananeras por un grupo de personas que hasta la fecha no ha podido identificar. Pues a sus ojos una mujer acababa de socavar el poder de autoridad que con el paro armado pretendían propagar. 

 

Sin importarles su avanzado embarazo, por hora y media la torturaron psicológicamente al ser constantemente agredida verbalmente con amenazas por haber incumplido con el toque de queda, y con su voraz afán de no perder la oportunidad para promover en ella su propaganda ideológica.

 

Priorizar la enseñanza sobre las amenazas resulta un buen ideal, pero en este país se llega a pagar caro por él. A Romelia no le quedó de otra que pedir nuevamente un traslado, no sólo su vida estaba en peligro, también la de su esposo e hijos. Obligada a desplazarse, en enero del 2003 gracias al sindicato de docentes ADIDA, logra ser trasladada a la ciudad de Medellín, donde pudo encontrar la ayuda necesaria para comenzar un proceso extenso de denuncia ante una clara victimización.

 

“Gracias a la red de mujeres afrocolombianas KAMBIRÍ, mis hermanas y yo –quienes también fueron victimizadas- nos enteramos de las capacitaciones jurídicas y psicológicas que se estaban llevando a cabo en la Casa de Integración Afrodescendiente; sobre mujeres que habían sido víctimas del conflicto armado. Sin esa ayuda no habríamos entendido la gravedad de lo que nos pasó”.

 

Romelia continuó su labor como docente en un colegio público de Medellín; su participación como integrante del grupo de Cantaoras Yemayá Hinojosa, y sus funciones como lideresa social en pro de la etnoeducación, fueron actos que ella sintió necesarios para generar resiliencia.

 

Como cantaora, en sus letras refleja fielmente los sentimientos que le dejó la amarga experiencia del conflicto; exponiendo y denunciando el proceso que conlleva salir de dicha situación; orientando a sus oyentes sobre las leyes y rutas a tomar en caso de victimización y abriendo caminos que culminen en la propia sanación. Su labor como lideresa y sabedora dentro de los colegios es igual de importante, con su proyecto etnoeducativo va de institución en institución promoviendo a través del canto de alabaos, bailes, literatura y mucho más, la historia de las comunidades negras y su amplia cosmovisión. 

“He capacitado a docentes, rectores, jefes de núcleo y toda la comunidad educativa para que sepan cómo se debe de abordar la Cátedra de Estudios Afrocolombianos. Uno de mis más influyentes proyectos pedagógicos a la fecha, ha sido la Vacuna contra el Racismo. Un ejercicio simbólico que busca “inyectar” en el corazón de los estudiantes y docentes la capacidad para comprender y respetar lo que nos hace diferentes. Todo en busca de contribuir a la eliminación del racismo en la ciudad”.

 

 

Su amplia trayectoria y arduo esfuerzo fueron bien reconocidos, en 2017 obtuvo mención de honor  y reconocimiento al mérito femenino por la Alcaldía de Medellín. También, su acertado análisis y problematización del sistema de educación, al establecer antecedentes de racismo institucional y esclarecer las leyes que respaldan las acciones antirracistas en la educación, la hicieron ganadora en el 2018 de los Premios Changó en la categoría etnoeducación, y en el 2020 de los Premios Contar lo Nuestro de la Revista Vive Afro en la misma categoría. 

 

Además de recibir la condecoración Gilberto Echeverry Mejía para Adultos Mayores Sobresalientes en la ciudad de Medellín y la condecoración del Centro Nacional de Memoria Histórica en Bogotá, por su liderazgo y trabajo con las víctimas del conflicto armado. Además, de dos menciones de honor por parte del Ministerio de Cultura por el enriquecimiento a la cultura ancestral de las comunidades Negras, Afrocolombianas,  Raizales y Palenqueras.

 

Romelia lleva en sus hombros el costo de la guerra, pero abiertamente ha perdonado a aquellos victimarios, pues reconoce que al final todos de alguna manera terminamos siendo víctimas del rencor y la venganza que conlleva el conflicto armado colombiano.

 

“Como mujer negra reconozco lo importante que es narrar nuestras historias, ya que es nuestra comunidad  la más azotada por la violencia, pero la falta de una cultura de denuncia hace creer al Estado lo contrario.  Si todos los afectados empezamos a denunciar sería más fácil establecer políticas públicas y garantías de reparación para nuestra población”. 

 

1* Cita extraída del texto “Las tierras robadas por los bananeros en Colombia” https://latierraesclava.eldiario.es/banano/

 

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Fotografías: Mitchell Restrepo

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