Ana Francisca Rentería archivos - Revista vive Afro

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Autora: Isabel González Quintero

Ana Francisca Rentería de 58 años de edad, trae consigo memorias amargas de su paso por la infancia y de ser testigo de cuerpos mutilados. Su historia nos muestra como el campo colombiano, es tristemente, un contínuo proveedor de desplazados.

Ana Rentería relata el terror de vivir en zona de guerra



El desplazamiento parece ser un elemento eterno que se ha apoderado de Colombia. Sin importar la época,  los cambios culturales o la forma de hacer política en el país, se siguen recreando las mismas dinámicas de migración interna involuntaria; subproducto de la violencia que trae a sus anchas el conflicto armado y la violencia estructural propia de los territorios apartados de las grandes urbes. 

Y es que es importante aclarar que el desplazamiento forzado y la tierra son dos elementos que siempre irán de la mano. Por ello, profundizar sobre su vínculo y su incidencia en las personas quienes habitan el territorio en disputa son los objetivos centrales de este relato.  

Si bien las historias de violencia y de resistencia de nuestra protagonista apelarán a una narrativa singular, en últimas seguirán siendo experiencias colectivas; historias distorsionadas por el discurso oficial.

 

“El abandono: un barco a la deriva cargado de ausencia”

 

Ana Francisca Rentería Rodríguez de 58 años de edad, trae consigo memorias amargas de su paso por la infancia. Nació en el Chocó, rodeada de personas quienes nunca se atrevieron a reconocerla como su hija, puesto que fue regalada por su madre y separada de sus hermanos a temprana edad.

 

“Mi mamá me regaló a una señora, ella tampoco me quería porque terminé fue pasando trabajo siendo maltratada en esa casa”.

 

Sufrir abandonos a tan corta edad, supone en la mayoría de ocasiones tener dificultades para desarrollarse como un adulto funcional. Pero este no fue el caso de Ana, su meta ya desde temprano estaba muy clara en su mente. Apenas contara con la posibilidad partiría para nunca regresar al Chocó.

En 1975, Ana llegó a Medellín en busca de cambios para su presente y futuro. Con 15 años recién cumplidos y su primer hijo en manos, decidió viajar al Urabá, allí conoció a quien sería su pareja por muchos años y el padre de cuatro de sus seis hijos. Ana, dejó la casa de su tía con quien se estaba quedando para establecer su única y nueva familia en la región.

“Vivíamos en familia, en los campamentos en las fincas bananeras. Quien fue mi pareja y padre de mis hijos, trabajaba cultivando el banano, y por mi parte atendía mi hogar”.

 

El Urabá posee una alta biodiversidad y favorable ubicación geográfica, con estratégicos corredores de intercambio entre países del norte y del sur del continente, ventajas que la disponen al desarrollo de megaproyectos. Entre ellos, los cultivos de banano y plátano son parte de un paisaje ya inamovible que cubre la región. La producción para su exportación abarca la mayoría de las actividades económicas de la población, posicionando al Urabá como la tercera economía de mayor tamaño para el departamento antioqueño (Ospina, 2019).

“Estas condiciones de privilegio generaron tensiones derivadas de la lucha por el control político y territorial ligados a la producción bananera, al contrabando y al tráfico de armas y drogas ilícitas” (Gómez, 2004). Guerrillas como las FARC y el ELP, y diversos grupos paramilitares se movilizaban a sus anchas por la región, siendo el abandono del Estado lo que favoreció su posicionamiento y establecimientos de sus propias reglas y leyes en el territorio. De ahí que fuera el pan de cada día de los urabaenses las masacres, asesinatos selectivos, extorsiones, homicidios indiscriminados, amenazas y desplazamientos forzados. Ahora, vivir en los campamentos bananeros parecía una sentencia de muerte. 

 

“Criaba gallinas donde estaba asentada, como era costumbre, me metía al monte a buscarlas en las mañanas; a echarles maíz o recoger sus huevos. Pero cuando cruzaba a las bananeras eran los cuerpos de trabajadores y otros hombres tirados en el suelo lo que varias veces encontraba. Eso estuvo muy duro, los muertos nos los tiraban ahí atrás del campamento”.

 

La tradición del desalojo

Llegados a este punto, queda un poco más claro cómo la lucha por la tierra y  sus recursos, constituyeron una estrategia rentable para la acumulación de bienes en beneficio (en su mayoría) de terceros, siendo este el principal incentivo y naturaleza del conflicto interno del país (Grueso, 2015). En dicho conflicto, los pueblos indígenas y las comunidades afrodescendientes son las principales víctimas, siendo el sector rural un contínuo proveedor  de desplazados.

En 1995, Ana fue forzada a desplazarse. Ya no tenían seguridad alguna en los campamentos, puesto que cualquiera estaba expuesto a ser incriminado de pertenecer o apoyar a un bando o al otro.

 

“Dejé a mi marido con mis hijos, mientras buscaba cómo establecernos aquí en Medellín. Me tocó arriesgarme. Tenía miedo de dejar a mi marido por allá, en cualquier momento me lo podían matar, ya que cuando iban los trabajadores a las fincas bananeras en los camiones, en ocasiones estos hombres los bajaban, les cortaban la cabeza y los tiraban por ahí”.

 

Ana pudo conseguir un empleo como empleada doméstica en una casa familiar en la ciudad de Medellín. Ya instalada y con un ingreso fijo, pudo costear la mudanza de su pareja e hijos a la ciudad. Por fin sentía ella que podía respirar, su sacrificio y preocupaciones constantes al fin habían acabado al reunirse nuevamente con su familia. Duró 15 años trabajando como empleada doméstica en dicho hogar, ya que un lumbago en la columna la obligó a retirarse. Ahora son sus hijos quienes ante la adversidad cuidan de ella.

 

Buscó ayuda emitiendo denuncias

 

Ana poco después de desplazarse a Medellín comenzó su proceso de reparación, figurando así como víctima del desplazamiento forzado en el marco del conflicto armado, sin embargo, no fue hasta el 2010 que Ana pudo recibir un poco de ayuda por parte del Estado.

 

“Me dieron un millón de pesos para según ellos comenzar mi emprendimiento, pero eso no alcanzó para nada, porque aparte de que no alcanzó para comprar todos los materiales que necesitaba, en el barrio como están también infiltrados los paramilitares, te extorsionan si ven que tienes un negocio”. 

 

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Actualmente su tiempo lo dedica a cuidar de sí misma y de su hogar. Sus actividades como danzadora y cantaora de alabaos en el grupo Alegría del Atrato. También participa activamente de las asesorías y capacitaciones que recibe gratuitamente de Corberenice, una corporación dedicada a trabajar con comunidades lo social, cultural y artístico.

 

“Realmente me he sentido muy bien estando en ese grupo. Cuando hay que reunirnos no tengo problemas de asistir, tampoco para las capacitaciones que dan. Ahora con la pandemia la corporación nos ayudó mucho con la entrega de alimentos. La verdad ese espacio me ha servido mucho para sanar y entretenerme”.

 

Cada quien busca superar a su modo, a su ritmo y condiciones su propio duelo. Para Ana fue suficiente el amor de su familia y la compañía de personas; mujeres que al igual que ella experimentaron el terror de vivir en zona de guerra. 

 

“Recuerdo con anhelo el estar en Urabá. Vivíamos sabroso, mi marido trabajaba bien y mis hijos se sentían bien. Doy gracias a dios que no me pasó nada ni a mis hijos. Siento que he llegado a perdonar a quienes me arrebataron mi hogar, ya que yo sería quien sufriría al final con tanto resentimiento”.

 

 

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Fotografías: Mitchell Restrepo

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