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Autora: Mitchell Restrepo

Patricia Palacio fue desplazada de su lugar de nacimiento en el marco del conflicto armado, ella desea que al contar su experiencia la población entienda un poco mejor el dolor de abandonar su tierra.

Patricia Palacio, el dolor y  el desarraigo del desplazamiento forzado 



“Es raro que no recuerde más cosas, creo que las he olvidado a pesar de ser tan importantes”, así se lamenta Gloria Patricia Palacio Mosquera de su falta de memoria; como si olvidar no fuera tan importante como recordar. Esta abogada se ha hecho una vida  para recordar poco en su oficina del décimo piso, en el Banco Ganadero de Medellín. Su trabajo la consume entre juzgados, archivos, las necesidades de mujeres que han sido víctimas del conflicto armado; la situación de la población afro de la ciudad y hasta su preocupación por  los migrantes en Necoclí; todo parece tener más espacio en su mente que la fecha en la que cambió su vida.

El olvido como forma de vida

 

Patricia Palacio tiene 42 años, es negra, de Zaragoza Antioquia; también le preocupa  su salud, pesar cerca de 50 kilos le parece que queda reflejado en las fotos, en ocasiones tiene estados depresivos que no le da para levantarse de la cama, no le gusta la oscuridad y caminar en la calle; dice que esto debe ser extraño, pero ¿sería extraño no sentir miedo después de tener que escapar de tu hogar para salvar tu vida?

 

Patricia fue desplazada, esa es una verdad  que solo su entorno más cercano conocía hasta hoy. A pesar de ser una mujer pública, es la directora y fundadora de la Corporación de Mujeres en Crecimiento y Desarrollo y es miembro del Consejo de Políticas Públicas para la población Afrodescendiente de Medellín, Patrica Palacio ha aprendido que “cuando dices que eres desplazado te miran de otra manera”. 

 

“La gente mira al desplazado y lo estigmatiza , pero en el fondo no se da cuenta qué es lo que esa persona ha vivido, qué le ha tocado sortear en la vida para poder salir adelante; después de tener su casa , sus cosas y llegar a una ciudad sin oportunidades y la gente en vez de ser solidario lo que hace es rechazarlas, es por eso que muchas veces negué que fui desplazada forzosamente”.

 

Pero aunque parezca una contradicción  el haber negado su condición de víctima en su vida cotidiana y ahora hacerlo público, tiene el objetivo de intentar dar un cambio de mentalidad entre quienes ya han naturalizado el desplazamiento forzado.

 

“Yo quiero que la gente tome conciencia y entienda que el desplazado no es un mendigo o un haragán que no quiere trabajar. Deberíamos sensibilizar más a la ciudadanía en cuanto a cómo ven al desplazado; imagínese a una persona que viene del campo con ese dolor en el alma de haber dejado su hogar, sus cosas y en vez que las personas lo acojan, lo discriminan es muy duro”.

 

Perder el lugar de nacimiento

 

Nadie sabe las cargas y las razones  con las que vive una persona que tuvo que desplazarse  de su hogar, esa es la premisa que quiere hacer notar Patricia y para lo cual ha decidido contar, cómo pocos días antes de terminar el año de 1998, ella y su familia les cambió la vida. 

Patricia Palacio

Patricia Palacio es Zaragoseña de nacimiento, allí vivió su infancia y adolescencia, estudió, hizo amigos, comía  helados  en su parque y se escapaba a discotecas, pero siempre prefiere aclarar que se siente más chocoana; ha sido tanto el dolor que le recuerda esta tierra que nunca se ha planteado regresar, es lo que se llama una desarraigada. 

 

“Algunas veces me decían -que yo no sé que en Zaragoza- y yo no quería saber nada; ni de la gente, ni de nada de allá del territorio. Pasaba cualquier cosa y me daba igual  -mirá que se murió fulanito o que se iban a celebrar las fiestas-y era como si me mencionaran cualquier otro lugar, no sentía nada.  Me siento más chocoana que de ese pueblo”.

 

Más conexión siente esta mujer con la tierra de sus padres y abuelos que con la tierra que la vio nacer; de padres chocoanos que siguieron la fiebre del oro hasta el Bajo Cauca Antioqueño en los años 70(1) en una tierra en la que las diferentes culturas se mezclaron, pero que hoy habla de ella solo con la nostalgia de lo que se perdió y no con el deseo de volver. 

Diciembre de 1998

 

No fue una broma la llamada que recibió doña María Lucinda Mosquera la madrugada del 28 de diciembre de 1998;  ya se había hecho notar la guerra desde los típicos rumores de “hay hombres extraños en el pueblo” o “están preguntando por estas personas”, esas señales que hoy son símbolos de temor pero que para esta familia eran en ese momento habladurías. 

 

“Estábamos una noche durmiendo en la casa y sonó el teléfono. Le dijeron a mi mamá que había llegado la guerrilla al pueblo y que habían matado a muchas personas;  lo mejor era que saliéramos inmediatamente porque  se suponía que estábamos en una lista y los que seguíamos éramos nosotros… Entonces nos tocó a las tres de la mañana medio recoger un suetercito, una chaquetica y salir con lo que teníamos puesto… Ese fue el día en que nos desplazamos”.  

 

La voz por teléfono dio dos noticias: que el esposo de una hermana de María había sido asesinado; y que su familia era la siguiente en una lista para asesinar de la guerrilla de las FARC (2). Todavía estaba oscuro pero María Lucinda; su esposo Demetrio; su hijo menor, Juan David; y su hija de 20 años, Gloria Patricia, salieron de Zaragoza en una lancha para nunca más volver. 

 

La puerta del avión que se cerraba para estas cuatro personas en el Bagre, sorteando la noche en el río Nechí  y sobreviviendo a una muerte segura, fue ese punto de quiebre; antes eran una próspera familia que vivía de la minería, pero a dónde se dirigían serían una cifra más, un problema más, ahora serían desplazados. 

 

Vivir en muchas casas pero a ninguna llamar hogar 

 

Patricia y su familia llegaron a Medellín, allí vivieron en un pequeño cuarto de la mitad de lo que mide su actual oficina; durante un año la ciudad solo les ofreció la indiferencia y revictimización de esperar durante horas y semanas  para exponer su caso como víctimas y recibir una  escueta respuesta; es así como María, Demetrio y Juan David decidieron que “aquí no tenemos nada que hacer” y se fueron para el Chocó. 

 

Gloria Patricia se quedó con la esperanza de encontrar  el anhelo  del desarrollo  en un sitio que le ha sido hostil. Bello, Belén, Tricentenario, El Centro, Floresta y otros barrios de la ciudad, vivió con amigos y familias que la acogieron pero eran lugares temporales. 

 

“Fue muy difícil porque uno no se podía quedar tanto tiempo en un lugar específico, la gente no podía tenerlo a uno tanto tiempo; varias personas en un lugar a otro,  era siempre muy difícil estar de un lugar a otro. También fue difícil  adaptarse a esa nueva vida sin tener herramientas con que enfrentar los cambios; yo no había terminado la universidad, no sabía qué hacer, fue llenarme de valor, llenarme de fe, fue aprender a ser resiliente”.    

 

Para pagar sus estudios, una técnica en sistemas y luego  derecho en la Universidad Cooperativa de Colombia, trabajó en diferentes lugares y oficios; muchas veces trabajó al límite de sus propias capacidades físicas, que ya se empezaban a ver deterioradas,  en restaurantes y talleres de confección en el Centro de Medellín.

 

Dolor, olvido y tranquilidad 

Ese día de los inocentes  de 1998 cambió el mundo de Gloria Patricia, pero algunos de los cambios más significativos no se ven a simple vista. Patricia es una mujer que no le gusta caminar mucho, no tiene una vida social; hace ya años que no sale de noche y no es capaz de dormir con la luz apagada, ¿una secuela de esa madrugada de los Santos Inocentes de 1998? puede ser. 

 

“Todo cambió, yo ya no tenía la misma vida que antes, las mismas comodidades, a los desplazados les cambia la vida completamente;  usted después de tener su patrimonio,  empezar de cero no va a tener las mismas oportunidades […] E indudablemente a mí todos esos miedos y ansiedad se me desarrollaron desde ese momento, ese fue el antes de y el después de, yo siempre duermo con las luces prendidas me produce miedo que alguien vaya a llegar  y me agarre”.

 

Gloria Patricia todavía se pregunta cómo ha logrado llegar hasta aquí. Sus temores, su debilidad física,  los sufrimientos que hizo  para poder estudiar, su labor por “las chicas”  de la corporación que dirige y  haber escapado desplazada de Zaragoza son las razones de sus dudas. 

“Siempre deja muchos estragos físicos y emocionales, porque a uno la tristeza se le nota en el cuerpo; tenía días en los que no dormía en toda la noche y me tocaba tomar pastillas. Yo quiero que la gente entienda que el desplazado es una persona que simplemente le cambió la vida”.

 

Patricia ha encontrado un rincón de alivio a  sus dolencias en la música y la pintura;  artes que no estudió, pero sí que aprendió con la práctica y la dedicación.

“No sé qué me pasaba pero un día decidí pintar. Cuando noté que eso me generaba  tanta tranquilidad y tanta paz empecé a hacerlo más de seguido. Eso es transformador, es una terapia sanadora impresionante, yo me puedo pasar todo un día pintando”.

 

 

Antes de este momento Patricia había recurrido al olvido; no mencionar los hechos victimizantes a los que fue sometida era la rutina. Un olvido que todavía no ha cerrado las heridas  y que no ha borrado una nostalgia por lo que se perdió. 

 

Un podcast para empatizar con una realidad

Contenidos Vive Afro · Gloria Patricia (podcast)

 

Gloria Patricia Palacio se mantiene ocupada para olvidar algunos momentos de su pasado hiriente. Ella se mantiene ocupada litigando, pintando, tocando música, revisando la situación de la población afro en Medellín y se mantiene ocupada  ayudando a otras víctimas del conflicto armado; pues ella sabe lo que es tener que huir de su hogar para salvar su vida. 

 

Notas

1.En el texto Monografía Político Electoral departamento de Antioquia 1997 a 2007se destaca esta migración:  “La explotación minera se reinicia en la segunda mitad del siglo pasado, generando un proceso de colonización con varias corrientes migratorias provenientes de la sabana de Bolívar y de áreas deprimidas de Antioquia, atraídos por la fiebre del oro o huyéndole a la violencia partidista de los años cincuenta”. 

2. Las explotaciones mineras  marcaron uno de los focos de violencia en la Región del Bajo Cauca durante la década de los años noventa; esto entre los campesinos y los dueños de la expansión minera. “Monografía Político Electoral departamento de Antioquia 1997 a 2007”

Fotografía: Mitchell Restrepo

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