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Movimientos afrofeministas del Pacífico: entre la ancestralidad y la revolución consciente

El Pacífico Colombiano es una de las regiones más violentas dentro las múltiples formas de violencia que hay contra las mujeres. En su último reporte en casos de feminicidio para el Chocó, la Defensoría del Pueblo expuso que este departamento ocupa uno de los primeros lugares en el panorama nacional.

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Sabemos, además, que la pandemia del covid 19, intensificó las múltiples formas de violencia contra las mujeres. Dicha realidad está sin duda conectada a unas formas concretas de comprender y representar el cuerpo femenino y, a su vez, unas formas de ser y relacionarse con los territorios. En las zonas de mayor explotación a la biodiversidad, en aquellos espacios donde reina el ecocidio, la violencia contra el territorio pareciera ser la misma en torno al cuerpo de las mujeres, niñas y adolescente.

El saqueo, el racismo y el patriarcado son sistemas de pensamiento y estructuras económicas, religiosas y sociales que se complementan. Debemos comprender de qué manera dichos sistemas nutren los contenidos culturales en los territorios y, a la vez, cómo los contenidos culturales aportan a su normalización. El antropocentrismo, el racismo y el sexismo se cristalizan en la música, los videojuegos, las expresiones dancísticas; en ellos, podemos descifrar los imaginarios en torno a la “mujer- cuerpo- territorio”: su lugar en la cosmovisión de los pueblos, ontologías y valoraciones éticas y estéticas.

Por otra parte, considero fascinante, comprender y resaltar la labor de los colectivos afrofeministas; quienes encuentran en el arte un lugar de enunciación, para reclamar su libertad y desafiar las visiones patriarcales y la colonialidad que habitan miles de almas, cuerpos y mentes en los territorios.

Colectivos y plataformas como Comadreo, Vulva Libre, Cimarrón Producciones, Te Acompaño, Asoparupa, La Casa Cultural del Chontaduro, Andamio Teatro y la Corporaloteca; entre otros, logran hacer del performance, el cine, la danza, la cocina, las huertas y la canción, escenarios para reivindicar unas formas de ser y  unas   prácticas del cuidado  para  construir referentes que cuestionen los mitos, los ritos y los hábitos que posicionan las múltiples violencias en el Pacífico Colombiano.

Debemos comprender de qué manera los escenarios de mediación cultural resisten a los ambientes patriarcales y construyen contenidos sororos y amorosos, en medio de la escucha y la consciencia de los privilegios que algunas pueden tener por su color de piel y los contextos en los que han sido formadas.

Absolutamente ninguna guerra se podría gestar o mantener en ausencia de los mandatos tóxicos de la masculinidad. Así que cuestionar el patriarcado no es un asunto meramente doméstico y no se reduce a los círculos más íntimos y privados de construcción de una subjetividad. Cuestionar el patriarcado es un asunto político, espiritual y ecológico.

Las gestoras y mediadoras culturales tenemos una forma particular de vincular el arte a los rituales cotidianos y los escenarios de protección de los territorios. Las propuestas afrofeministas que surgen en el Pacífico saben que, en las cocinas, los costureros, los peinados, la partería, la pedagogía menstrual, la danza, las siembras en los patios traseros, los alabaos, hay un enorme poder. El poder de lo entrañable, del abrazo. El poder de una fuerza uterina que sigue resistiendo, protegiendo, cuidando, más allá de los escenarios, las danzas folklóricas, las alfombras rojas y las pasarelas.

Ante una política estatal de espectáculos e industrialización como la Economía Naranja, resultan poco interesantes estos escenarios feministas y femeninos; resultan poco visibles las rondas y fogón. Solo sacando de contexto y convirtiéndolas en objeto exótico y erótico, pueden ser interesantes los saberes y los sabores de las mujeres afropacíficas. Pero estos nuevos movimientos artísticos resisten, y entienden la manipulación que hay cuando se les pide posar y cuando poco importan sus apuestas políticas y el dolor por un territorio que se desangra.

Los nuevos movimientos afrofeministas del Pacífico y nosotras, sus acompañantes mestizas, comprendemos que ha llegado el momento de narrar desde otros lugares. Que ha llegado el momento de construir nuevas rutas de relacionamiento para trascender las órdenes del patriarca blanco y heterosexual.  Nuevas narrativas en torno al amor, el placer y el deseo, emergen en apuestas creativas por la soberanía de nuestros cuerpos y nuestros territorios.

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El sexismo y la homofobia se exhiben con mayor soltura en las expresiones culturales de los lugares que han sido colonizados y expropiados; y cuyos cuerpos han sido convertidos en objeto y por lo tanto, violentados. Por eso muchas veces la industria del entretenimiento es cómplice de las múltiples formas de violencia a las que estamos sometidas las mujeres. Cuando comprendemos esto, tenemos la certeza de que problematizar las narrativas de las expresiones sonoras y corporales de los territorios desde los feminismos, es un tema de vida o muerte. Porque la lógica que soporta el saqueo y la aniquilación de las mujeres, sus cuerpos y sus territorios, es la lógica en donde lo masculino debe dominar a lo femenino y lo humano debe someter a los demás seres de la Tierra.

El regreso a lo entrañable, implica des objetivar a la “mujer – cuerpo- territorio”. El regreso a la entraña, al útero, a la luna y el fogón. Allí estamos las brujas, las artistas, las sentipensantes… en un universo paradójicamente nuevo y antiguo, que merece ser comprendido y valorado con sus luchas, sus apuestas y su re- evolución.

 

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

Fotografía: Cortesía
 

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