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Los territorios no son un chiste

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Hoy más que nunca hace falta una Colombia más humana, pensada desde las alteridades, desde los territorios; hoy más que nunca hace falta creer que soy porque somos, unidos tratando de revertir ese orden excluyente, patriarcal y oligarca. En nuestras manos está la posibilidad de demostrar que las regiones de Colombia no son un mero chiste.

 

En agosto de 2018 el presidente Iván Duque ubicó a Magüi Payán en el departamento del Cauca, desconociendo de esta manera su ubicación en el llamado triangulo del Telembí en el departamento de Nariño. No es raro que quienes nos gobiernan tengan al país en la cabeza pero no en la realidad, es así como se ha gobernado, creyendo que o todos somos paisas o todos somos bogotanos. Esto ha marcado profundamente al “ser colombiano”, ya que estos modelos se vuelven una especie de thelos que es necesario alcanzar para salir de la “barbarie” y llegar a la “civilización”, a la mejor manera de la dicotomía colonial que aún se mantiene.

 

Recientemente, un energúmeno candidato no sabía lo que es Vichada, preguntando descaradamente “¿Eso qué es?… ¿Pero cuál es la capital?» invitando, además, a que sus habitantes le entreguen su chequera. Desconocimiento absoluto del país, descarada ignorancia de quienes pretenden gobernar a los colombianos.

 

¿Eso qué es?, con seguridad es lo que replica constantemente en las escasas molleras de muchos políticos cuando deben hacer sus correrías, en donde son felices besando ancianos, cargando niños y comiendo los platos típicos, aunque después salgan corriendo, como lo hizo un consabido vicepresidente de Colombia, a lavarse las manos con alcohol para eliminar los posibles contagios populares. Así son.

 

Muchos de ellos aparecen en los territorios únicamente en campaña, van como penitentes tras de una foto de indígenas, afros o cualquier otra “minoría”, a ellos les da lo mismo, después se recuestan sobre los romeros de la gloria y jamás vuelven a pisar esos lugares en donde fueron felices, en apariencia, por lo menos durante la foto, el discurso y la comilona. Y pare de contar.

 

¿Eso qué es? se convierte en una metonimia para muchos políticos, por eso creen que es lo mismo estar en Punta Gallinas que en San Antonio, en Cabo Manglares que en San José; las periferias les son desconocidas, no les importan. A tal extremo llega su cinismo, que cuando se separó Panamá, fruto del centralismo obsoleto con el que fue manejado desde la capital, el presidente Marroquín estaba entretenido haciendo anagramas con un grupo de contertulios. Los territorios siempre les han importado un bledo.

 

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Lo triste, es que dentro de los territorios se replica también la misma dinámica, no somos tan ingenuos para creer que todos los males del país obedecen al centralismo imperante, casi como una costumbre heredada por más de cien años de una constitución centralista, retardataria e inflexible, nos referimos a la de 1886. En la dermis de los territorios también se asienta una casta política que huele a viejo, con costumbres coloniales, por eso creen que es suyo lo que es público, como el consabido senador nariñense que prefirió dejar que su candidato se bajara de un automóvil, que se paga con plata de todos los colombianos, a permitir que una mujer afro se subiera con ellos en el mismo auto. Digno el candidato que prefirió llegar a la plaza pública de brazo de la líder que antes fue humillada , dejando al chinchano viendo un chispero.

 

Los territorios para muchos no son más que una fotografía colgada en el muro de un exótico viajero. Por eso se asombran cuando, después de un largo ejercicio pedagógico, entienden que la mayoría de territorios de Colombia no están interconectados a las redes de internet; que a muchos de esos territorios ni siquiera llega la señal de TV o de radio nacionales; se asombran cuando se les explica que para llegar a muchos lugares hay que ir en mula, lancha o a pie. Lo triste, es que muchos de estos son funcionarios públicos que ocupan cargos dentro de ese amplio abanico de burócratas de escritorio que ordenan y exigen desde las grandes capitales. Qué bien les vendría un viajecito, no de recreo, como están acostumbrados, sino a recorrer los territorios como lo hacen millones de colombianos que viven alejados de toda comodidad. Porque lo usual es que lleguen a los mejores hoteles, se sirvan la mejor comida y beban los más finos licores viendo el atardecer como si fuese una película. Les hace falta comer realidad, como lo dijo un líder del Pacífico colombiano.

 

¿Cuántos de los congresistas afros o indígenas representan realmente a sus comunidades? ¿Cuáles de estos congresistas han vuelto a sus territorios, no para ser atendidos como príncipes, sino llegando con la responsabilidad en las manos manifiesta en proyectos de inversión serios?

 

Próximas las elecciones para Congreso y para Presidente, debemos pensar detenidamente en aquellos candidatos que no solo representen una mera promesa, como es tradición en este país, sino que realmente tengan el conocimiento efectivo de las regiones, ver con lupa el desempeño y las votaciones que han hecho los congresistas respecto a leyes que contribuyan al bienestar de todos los colombianos, pero especialmente de los más vulnerables, de los tradicionalmente excluidos por el sistema.

 

Hoy más que nunca hace falta una Colombia más humana, pensada desde las alteridades, desde los territorios; hoy más que nunca hace falta creer que soy porque somos, unidos tratando de revertir ese orden excluyente, patriarcal y oligarca. En nuestras manos está la posibilidad de demostrar que las regiones de Colombia no son un mero chiste.

 

Lee otras columnas de J. Mauricio Chaves 

 

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

 

Fotografía: Mitchell Restrepo

 

 

Vive Afro, 7 años haciendo periodismo étnico digital

 

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