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Francia Márquez Mina: La radicalización de la democracia racial

Habla sin mirarme la piel

(Manuel Zapata Olivella)

“Hasta que un día descubrió que su piel oscura

Es la única que pasea a la noche en pleno día,

Y desde entonces se salió de la fila, arrebató su antorcha

Y mostró sus dientes”

                                                               Fernando Maclanil

 

¡Que alcen las manos las y los ciudadanos afrocolombianos que no se hayan sentido discriminados en algún momento de su vida en nuestra sociedad!

 

Frente a todo lo que está pasando con Francia Márquez, haciendo visible el racismo institucional, estructural e histórico, nosotros los intelectuales y ciudadanos con consciencia de la diáspora africana en Colombia no nos podíamos quedar callados, aunque previamente hemos escrito varias reflexiones sobre la lacra del racismo y la discriminación en ensayos y libros.

 

El tema del racismo no es nuevo y empezó con la trata esclavista, continuó con el colonialismo, se ahondó con la independencia, se recrudeció más con la república y desde entonces pareciese que fuese un modo de ser natural del comportamiento de ciertos grupos sociales en Colombia frente a la población afrocolombiana.

 

No hay que olvidar que los colonizadores, los esclavistas, los pseudofilósofos, los pseudociendtíficos y ciertos clérigos se unieron ideológicamente para fundamentar que Dios había hecho a unas personas y sujetos para ser libres, autónomos, iguales y a otros grupos humanos para ser esclavizados; y quienes no teníamos cierta tipología de color, la tez blanca en nuestra piel, estábamos por esencia destinados a ser subalternizados. Así se naturalizó en el “mundo moderno” la inferiorización de africanos y de indígenas a nivel psíquico, cerebral, mental y cultural.

 

Solamente basta con observar el actuar de Conde de Montesquieu para darnos cuenta de ello. En su obra magna, El espíritu de las leyes sentencia: “no puede cabernos en la cabeza que, siendo Dios un ser infinitamente sabio, haya dado un alma y, sobre todo un alma buena, a un cuerpo totalmente negro. Es imposible suponer que estas gentes sean hombres, porque si los creyésemos hombres, se empezaría a creer que nosotros no somos cristianos”. Qué cinismo, qué demagogia, qué afrenta contra lo verdaderamente humano y civilizacional, al reducir lo que somos como antropos, hombres y mujeres, a la fisionomía del cuerpo, a la exterioridad, y no a la parte espiritual y cultural donde surge la imaginación creadora de los seres denominados humanos.

 

Todo racista es ignorante, pues cree que su raza es única, pura y superior; que su religión es la mejor; que su lengua es la más elevada, que él y los suyos son los más bellos y que los otros son fealdad al extremo, que sobran en la sociedad, que son estiércol y migajas de lo humano, seres a los que hay que explotar y someter.

 

Quien es racista y discriminador olvidó que él como yo tiene 23 pares de cromosomas, que su origen es cósmico (vino del Big Bang), que es mamífero, homínido, vertebrado, que tiene un cerebro de mínimo 1300 cm cúbicos de volumen. Qué come y defeca, qué nace y muere, qué si no se baña su cuerpo huele hediondo. ¿Será que no pasa con todos los seres del planeta?

 

El racista es un ignorante que solo quiere las instituciones y valores para sí, pues, esclaviza y no ve humanidad en el otro, aplica la injusticia racial y cree que es correcto, jerarquiza teniendo en cuenta rasgos físicos y cree que no excluye al otro, se burla del diferente y cree que es un gentil hombre, predica la igualdad y la ciudadanía, pero solo es para los de su color de piel, los de su religión, de su tradición cultural.

 

¿Qué tiene que ver lo anterior con la intelectual y lideresa de la diáspora afrocolombiana, Francia Márquez? Desde que ella emergió en el escenario político, no hizo más que destapar la olla presión de los prejuicios y las discriminaciones en nuestro país. Ella, con sus argumentos y respuestas lúcidas contra políticos, “gente de bien” y periodistas, fue capaz de poner el dedo en la llaga de la discriminación racial, cuando intelectuales y líderes afrocolombianos, quienes siempre participaron en el escenario político en los más poderosos cargos directivos, no fueron capaces de denunciar el racismo como Francia Márquez lo hizo; incluso, en muchos casos lo ocultaron para sostener la idea de una sociedad trasparente sin atisbos de racismo.

 

Desde mi perspectiva, algunos insignes dirigentes afros en la esfera política quisieron sacar de raíz el prejuicio y la jerarquía racial en el pasado, pero tuvieron un destino fatal, como José Prudencio Padilla (que fue mandado a fusilar por el tirano Bolívar, quien le endilgó una supuesta conspiración en contra de la patria) o Juan José Nieto (que fue olvidado durante siglos por el establecimiento y la sociedad colombiana). Natanael Díaz, Diego Luis Córdoba, Manuel Zapata Olivella y Marino Viveros denunciaron el racismo estructural en el Club del Negro, cuando salieron por las calles de Bogotá en 1943 arengando: “¡Abajo el racismo!”, “¡abajo la discriminación racial!”. Cuando Juan Zapata Olivella aspiró a la presidencia en 1982 quiso denunciar la poca participación y la discriminación de los afrocolombianos en los espacios de poder, pero no tuvo mayor eco su propuesta en contra del racismo, pues no contó con mayor apoyo por parte del electorado. Estos intentos fueron continuados por el activista Juan de Dios Mosquera desde el movimiento Cimarrón, y desde los innumerables libros que él y el sociólogo Amir Smith Córdoba publicaron, en los cuales el periódico Presencia negra era la tarima musical en donde los intelectuales afros expresaban su inconformidad con el régimen colombiano por antidemocrático y racista.

 

Muchos dirigentes afrocolombianos después de 1991 tuvieron la oportunidad de denunciar el racismo y la discriminación racial en todas las esferas de la sociedad, pero se negaron a hacerlo. Quizás el papel histórico le correspondía a Piedad Córdoba y Edison Delgado, pero nunca hicieron ese debate en el congreso de la república. Me imagino el escándalo si el debate hubiera penetrado la esfera religiosa, militar o el sector bancario.

 

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En lo militar, José Prudencio Padilla fue el primero en su época en cuestionar este heredado racismo estructural, pues fue él quien creó la Naval de Colombia, algo paradójico, ya que hasta hace algunos años no se aceptaban afrocolombianos en esta institución. Nos hubiese gustado que con todo el pluralismo jurídico y cultural que se estableció después de 1991, se hubiese instaurado una sociedad multicultural, pero siempre hubo y aún hay racismo hacia las poblaciones nuestras, una situación reflejada de forma clara en los altos índices de exclusión, marginalidad y pauperización que ostentan nuestros pueblos afrocolombianos, raizales y palenqueros en comparación con el resto de la sociedad.

 

Hay que ser claros y decir que desde la constitución del Estado-nación se marginalizó intencionalmente a las poblaciones afrocolombianas para que se creyera que los únicos responsables de su situación socioeconómica fueran las propias comunidades y no el Estado y las clases dirigentes; por ello, es intolerable que algunos colegas abogados aun no crean en las Acciones Afirmativas, ni en las políticas públicas diferenciadas étnico-racialmente.

 

Nos gustaría que a nombre del pluralismo jurídico y del multiculturalismo étnico y racial se nos respetara como ciudadanos (hombres y mujeres), que hemos contribuido a la grandeza indistinta del país en medio de las limitaciones y los prejuicios. Nos corresponde luchar por la verdadera democracia racial, incluyente, participativa, autogestionaria donde todos seamos subjetividades y todos y todas quepamos; creo que esta es la apuesta de Francia Márquez Mina como defensora, luchadora, constituyente de una democracia de hecho que sea vivencia y no como ha sido a lo largo de la historia del país: privilegios, clasismo, jerarquización y nepotismo.

 

El discurso y el lenguaje del pueblo afro, campesino, indígena, femenino y excluido que no ha gobernado, ha visto en Francia Márquez Mina un espejo enterrado que solo hoy desenterramos para descubrir su memoria, su identidad, su ser verdadero, que va más allá de ser llamados cada cuatro años a las urnas en el ejercicio de la democracia representativa, de la cual Rousseau se burlaba.

 

Francia Márquez Mina expresa la democracia vivencial porque las palabras de esta gran conversadora, oradora y griot africana, no son de odio, sino de reconciliación, ella es la expresión de un pacto real y efectivo que Colombia está necesitando desde hace décadas. Francia Márquez Mina como víctima del conflicto armado interno es una apuesta por la paz y por el entendimiento regional y nacional, donde la periferia excluida le habla al centro del poder oligarca que es insensible frente a la mayoría que ellos, con sus decisiones imperiales y racistas, ayudaron a marginar del verdadero sentido de país.

 

En el discurso de Francia Márquez Mina no hay exclusión ni desprecio por nadie. Esos “nadies” no habían llegado tan cerca a cantarle la tabla al monstruo del neoliberalismo, a los empresarios, a los banqueros, a los dueños de los fondos de pensiones. Ella lo ha hecho con ironía y contundencia, como hija de Yemayá en Colombia. Lástima que el imbécil periodista no sabe que eso empezó en 1991 y de allí su defensa de la memoria ancestral contra la locomotora del hiperdesarrollo industrial y minero que ha envenenado la vida del agua, del aire, de los animales.

 

Francia Márquez Mina es la cimarrona descendiente de Orika, Polonia, Wiwa y Nzinga,que expresa hoy la resistencia del movimiento social y político afro con la resistencia pacífica de Rosa Park, y la tradición radical de la rebeldía afro pero lúcida de Ángela Davis, Harriet Tubman, para decirnos que lo que caracteriza a la afrodiáspora femenina no es solamente su belleza corporal, sino su imaginación política y su creatividad cultural en la consecución de una democratización efectiva en los hechos y no meramente como un procedimiento electoral o una papeleta para así dar la apariencia de un país que se supone el más participativo y plural de América Latina, pero que en realidad es el más aciago y conservador porque las multitudes como sociedad civil casi siempre fueron reprimidas, silenciadas y excluidas del discurso del Estado-nación.

 

Me halagaría que los altos cargos públicos como Contraloría, Procuraduría, Fiscalía y Ministerios se eligiesen por sorteo, para que cualquiera pudiese ser, independientemente de su etnia, región, o cultura y que no fuese a dedo, ni por amiguismo partidista. Me encantaría que, cuando se menciona la frase “Economía del desarrollo”, se nos preguntara y se concertara con todas las organizaciones de la sociedad civil para saber de qué desarrollo estamos hablando, me gustaría alzar la mano, disentir en la asamblea y criticar a cualquier tirano en la plaza pública sin que me amenacen, me atemoricen, me desplacen o me silencien.

 

Convendría hacer consultas permanentes a todos y todas desde referendos y plebiscitos, desde iniciativas directas, participativas, para que las decisiones económicas, políticas y sociales las tome la gente. Solo así tendríamos una sociedad democrática y participativa. El ubuntu y el pacto social que Francia Márquez Mina representa, contiene todos estos elementos. He aquí un aporte a la democratización de la sociedad colombiana desde las tradiciones ancestrales africanas.Francia Márquez Mina expresa la democracia directa como vivencia en la vida cotidiana, en la medida que una nueva institución de la sociedad colombiana debe preguntarle al pueblo, que es el constituyente primario, qué salud quiere, qué educación desea, qué modelo de sociedad busca y qué relaciones sociales internas y externas necesita, y qué fuerza pública quiere ¿Será que alguna vez se nos preguntó? ¿Por qué el miedo a que el pueblo gobierne? ¿Por qué el temor a que las víctimas legislen? ¿Por qué tenerle miedo a que instituyan y construyan la sociedad los actores que nunca lo han hecho? ¿Por qué seguir legitimando la violencia como una práctica e instrumento electoral, propio de ciertos partidos políticos?

 

Si buscamos el conocimiento por cuenta propia y le huimos al terrorismo totalitario de ciertos medios de comunicación, arribaremos al lenguaje diáfano, sincero y conciso que la abogada, lideresa y premio nobel ambiental Francia Márquez Mina nos trasmite, pues está preparada para gobernar lo público y comunitario porque ella es expresión de un movimiento social, diverso, heterogéneo, llamado pacto social por Colombia.

 

Recientemente he visto reflejado el sentir de Francia Márquez Mina en un sinnúmero de subjetividades que desde sus saberes y haceres singulares critican el racismo estructural, instituido en la sociedad colombiana, como en el arte pictórico afrocentrado de José Eibar Castillo, en las voces de toda la música urbana de los jóvenes, en los cursos llevados a cabo por María Isabel Mena de “África en la escuela” contra el racismo en las instituciones y en los currículos, en los congresos coordinados por Aurora Vergara desde el Centro de Estudios Afrodiaspóricos de la Universidad Icesi, en las convocatorias de la activista Rudy Amanda Hurtado al frente del Observatorio contra la Discriminación Racial desde la Universidad de los Andes, en los libros recientes de los historiadores Sergio Mosquera y Rubén Darío Hernández Cassiani,del antropólogo John Antón Sánchez, del etnoeducador Yeison Arcadio Meneses, del humanista Carlos Alberto Velasco, del novelista Fernando Maclanil, de las poetisas Dina Ashanti Orozco, Mary Grueso, María Teresa Ramírez y Lucrecia Panchano; en los trabajos sociológicos de investigación sobre la exclusión racial que realiza Arturo Rodríguez Bobb; en los escritos recientes de Delfín Ignacio Grueso y Claudia Mosquera (quien me animó a escribir este ensayo). En cada uno de estos creadores y creadoras, la afrodiáspora alcanza su naturaleza resistente y lúcida en la voz ancestral de la aguerrida luchadora Francia Márquez Mina, para así descolonizar el pretendido saber-poder de la élite colombiana que cree por historia, herencia y raza, que puede hacer lo que quiere con el país.

 

Querida Francia: sé que no te cambiarás tu nombre porque en realidad significa cabal-idad, trasparencia, generosidad y humildad, expresados en tus actos y palabras. Hija de Yemayá, tú eres la expresión del imaginario político desde el sentido de la lealtad del “soy porque somos”, filosofía Muntú a partir de la cual podemos transformar a las instituciones, los hombres y mujeres de la sociedad colombiana, pues tú, mujer de ébano, ya estás preparada intelectual y espiritualmente para gobernar nuestra Colombia desde el imperativo comunitario del Ubuntu.

 

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

 

Fotografía: Cortesía

 

Vive Afro, 7 años haciendo periodismo étnico digital

 

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