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En el “día de la raza”, ¿Qué celebramos exactamente?

Me he quedado pensando en una anécdota, no mía, de un estudiante preguntándole a su maestra qué habría pasado si no hubiesen llegado los europeos a suelo americano. La profesora, ni corta ni perezosa, le lanzó un juicio de valor tan sesgado a su estudiante que aún hoy le duele recordar: “Pues seguiríamos siendo unos indios mugrosos comiendo tierra…” Así de graves son las connotaciones sobre el día que pretenden celebrar a base de eufemismos románticos…

La historia se ha contado desde un solo lado: el del conquistador “civilizador”, que con cruz en una mano, y espada en otra, “descubrió” estas tierras alejadas de Dios nuestro señor, viniendo a salvar almas inconfesas, “menores de edad”, del oscurantismo que su salvajismo suponía.

Ese descubrimiento y “conquista”, ambos eufemismos muy románticos del genocidio más grande y jamás reparado de la historia, es lo que celebramos el 12 de cada mes de octubre, perpetuando la imagen colonizadora de quien nos oprimió por siglos, violándonos, esclavizándonos, derrumbando nuestros íconos, culturas, idiomas y religiones, para erigir por sobre nuestra tierra plagada de sangre, el estandarte de un sistema de castas y “razas” en el que nadie estaba bien o era considerado humano, a no ser que fuera blanco.

La historia reciente se ha encargado de ser más crítica consigo misma y empieza a repensarse desde la otra orilla, la de los aplastados, quienes nunca tuvieron voz y voto en las narrativas que se contaban sobre nuestro devenir histórico. La pregunta que sigue vigente es, exactamente, ¿Qué celebramos en este día?

Descubrimiento y conquista son términos demasiado imprecisos para explicar la barbarie que se cometió aquí. De ello dan cuenta incluso algunas de las crónicas de españoles como Fray Bartolomé De Las Casas, quien va más allá al narrar algunas de las vejaciones a las que eran sometidos los indios, a quienes al final, les tocó pagar a un rey y una corona tan distantes el derecho a vivir en las tierras donde habitaban hacía siglos.

El sistema colonial como agente explotador de la tierra, los recursos y las dignidades humanas, también se inventó en gran medida, la racialización de las gentes en provecho de unos beneficios asignados a unos cuantos en razón de sus orígenes étnicos y rasgos fenotípicos. La cuestión de la raza que se “celebra” podría bien considerarse una especie de agradecimiento irónico a quienes por siglos utilizaron esta premisa para despojar de toda condición humana a quienes consideraban inferiores por su color de piel.

El “encuentro de dos mundos”. Imagen tomada de Wikipedia.

La raza también, en cuanto a constructo social basado en preceptos meramente fenotípicos, nos da las luces para entender problemas estructurales que se conservan aún hoy, y que tienen impacto directo sobre las comunidades racializadas y su derecho a la vida, la identidad, la pertenencia y conservación del territorio.

Muchas de las nociones sobre civilidad, cultura y desarrollo, están arraigadas a la visión eurocentrada de extractivismo, que pasa por encima o incluso aplasta a quien tenga otras cosmovisiones del mundo. Es lo que sigue sucediendo hoy en países como Colombia, donde nuestros líderes sociales son asesinados a diario en su lucha por defender la vida y el territorio. Porque las visiones de desarrollo están mediadas por la idea de “bienestar” que se impulsa desde el consumismo salvaje de nuestros recursos.

Hacer una mirada retrospectiva de la situación también nos ayuda a entender la importancia de reconocer otras voces, las ignoradas y silenciadas históricamente, sobre lo que significó para la vida de los dominados su condición de inferioridad impuesta desde afuera. Y también nos da más pistas para comprender cómo se entendían en su visión del mundo, todas aquellas culturas y civilizaciones que desaparecieron de la faz de la tierra por el interés saqueador y expansionista de aquellos a quienes nos han vendido como nuestros “salvadores”.

La cuestión es por mucho más compleja de lo que parece, porque más de 400 años de colonia nos han dejado una costra mental difícil de reparar. Pero ver las imágenes de los indígenas Misak en Popayán derrumbando la estatua que se erigió en honor del genocida de sus ancestros, supone un acto reivindicatorio y es un llamado de atención sobre las formas en las que se cuenta la historia.

 

Puede  leer también En Colombia se le rinde tributo a esclavistas y exterminadores

Sobre la anécdota del principio, me pregunto qué diría la maestra de mi amigo si yo ahora le dijera que sus amados héroes civilizadores no merecen más que el repudio de toda aquella persona que al día de hoy, se considere un tanto civilizada. Y es que claro, un encuentro violento y de masacre, disfrazado de “conquista” le hace creer al que sea, que nuestros ancestros indígenas (y posteriormente los negros traídos forzosamente de África) necesariamente comían tierra y eran salvajes que merecían ser enderezados a costa de lo que fuere.

 

Creo que, si desde ahora empezamos a llamar las cosas por su nombre, tendremos la oportunidad de reconciliarnos como raza, la única que hay: la humana. Y que las lecciones que nos dé la historia se conviertan en una herramienta que nos posibiliten la tan anhelada promesa de vivir en paz y armonía, bajo la premisa de una respetuosa colaboración entre los pueblos.

 

Para más información:
Indígenas tumban estatua de Sebastián de Belalcázar en Popayán
El fraile español que prendió la leyenda negra por usar datos falsos sobre los conquistadores de América 
Bartolomé de las Casas    
Este año han asesinado a 47 líderes indígenas, 14 durante la pandemia 

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

Fotografía: Wikipedia
Fotografía de portada: Periódico El Tiempo

 

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