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El racismo estructural y la promesa liberal

Debatir cuán incorrecto es el racismo estructural y la necesidad de erradicarlo debió ser un problema primigenio y superado. El debate en torno al racismo debió, al menos iniciar desde la promulgación de la Proclamación de Emancipación.

 

En un artículo publicado el día 11 de julio de este año, el departamento editorial de la revista The Economist publicó un artículo titulado “La nueva ideología racial” (título original The new ideology of race) en la cual teje el argumento de que las universidades estadounidenses han desechado la noción liberal del progreso. Acusa a las universidades de definir a todos por su raza y que cada una de sus acciones sólo pueden ser racistas o anti-racistas. Si bien The Economist aduce la legitimidad de las premisas que preceden la acción de las universidades norteamericanas debido a la evidencia de la persistente desigualdad racial; acusa a la mencionada ideología de querer imponerse mediante la intimidación y el poder:

 

“Pero entonces (dicha) ideología da un giro equivocado al tratar de imponerse a través de la intimidación y el poder. No el poder que proviene de la persuasión y las elecciones, sino de silenciar a sus críticos, insistir en que quienes no están con ustedes están en su contra y excluir a aquellos que se consideran privilegiados o desleales a su raza. Es una visión del mundo donde todo y todos son vistos a través del prisma de la ideología: quién se publica, quién consigue trabajo, quién puede decir qué a quién; uno en el que los grupos se obsesionan con la ortodoxia en educación, cultura y patrimonio; uno que imponga la igualdad absoluta de resultados, política por política, párrafo por párrafo, si la sociedad debe contar como justa.” (The Economist, 2020. Traducción propia)

 

Los argumentos principales de la revista se dirimen en la importancia del liberalismo como verdadera garantía de progreso, si se pretende un cambio estructural y perecedero. Dicho progreso, escriben, debe ser alimentado mediante la argumentación y el debate. El liberalismo, afirman, usa los datos y la evidencia como elementos que, una vez llevados a debate, ayudan a los débiles frente a los poderosos.

 

Es importante señalar que, el escrito centra el debate en los hechos recientes en EE.UU., y la realidad racial del país hasta la fecha. Los argumentos expuestos han generado interrogantes en algunos vacíos que encontré en sus premisas y que desarrollaré a continuación:

¿Por qué acabar con el racismo, la inequidad en el trato civil y los abusos en contra de la dignidad humana deben ser un tema de debate?

 

En vísperas de su muerte y en su último discurso, el Dr. Martin Luther King Jr. dijo: «Todo lo que le decimos a Estados Unidos es: «Sé fiel a lo que dijiste en papel». Si viviera en China o incluso en Rusia, o en cualquier país totalitario, tal vez podría entender algunos de estos mandatos ilegales.»

 

Su interrogante es de proporción exorbitante y no se debe tomar a la ligera. Su señalamiento viene a causa de los derechos de la Primera Enmienda, que garantizaban la protesta pacífica en el territorio estadounidense, pero que muchas veces fueron negados a la población afro-estadounidense. El Dr. Martin, con su señalamiento, estaba interrogando la esencia misma de unos de los eslabones más importantes de la Constitución de los Estados Unidos de América, que es el derecho a la protesta, y el actuar inconstitucional de las estructuras de poder.

 

Todos los corpus políticos en torno a la necesariedad, la relevancia e importancia de la democracia se tejen alrededor del argumento de que, aparte de la igualdad en derechos y deberes de sus ciudadanos, es la única vía por la cual se pueden garantizar las libertades necesarias a cada individuo para su existencia y supervivencia. Por años se ha escrito y defendido la unión de la democracia como requisito sine qua non del ideal liberal. Por lo cual, el paradigma liberal que propone la revista The Economist como solución al problema estructural, que en teoría ya está (al menos en las promesas escritas de la Constitución) incluida en la sociedad democrática que son los Estados Unidos de América, no es la solución al problema racial que existe, ya que, debatir cuán incorrecto es el racismo estructural y la necesidad de erradicarlo debió ser un problema primigenio y superado. El debate en torno al racismo debió, al menos iniciar desde la promulgación de la Proclamación de Emancipación. Traer a debate un tema evidente, documentado y con registros estadísticos que refiere a la dignidad humana y al trato digno de las personas impone un retroceso significativo a las libertades obtenidas en décadas anteriores y que fueron a costa de mártires, resistencia civil y poder político.

 

Es evidente que el diálogo actual debería ser en torno a las políticas de restitución y de sanación del grupo poblacional oprimido, pero la anterior es una propuesta que ha sido evitada, so pena de lesionar el espinoso y esquivo tema del privilegio blanco.

Proponer un debate, como promesa liberal, implica a largo plazo que sea el oprimido el que deba persuadir y educar a su opresor. ¿Cuántos litros sangre habrá de ser derramada sobre los asfaltos para que, mediante el debate, el opresor por fin entienda cuán inhumano es discriminar y segregar? ¿Cuánto tiempo tendrá que transcurrir?

 

Sólo se puede debatir cuando ambas partes de una contienda ideológica, política o económica quieren llegar a resultados o conclusiones de mutuo acuerdo. Está claro que hay un grupo social que ha evitado confrontar el problema, desde la cuna del liberalismo mismo, por ya más de 150 años. Hay cosas que se pueden debatir, la dignidad humana no es una de ellas.

 

 

**Magíster en Ciencias Económicas | Universidad Santo Tomás
Licenciado en Filosofía, Pensamiento Político y Económico

 

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

 

*Fotografía: Cortesía.

 

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