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El Pacífico, víctima de la exclusión estructural

Este país, querámoslo o no, sigue siendo blanco, castizo, cofrade y blasónico. Los demás quedamos por fuera, así de simple; y así de tajante es esta cruda realidad. Si hay dudas, basta con dar una mirada a la peculiar pequeña logia que acompaña al Presidente en su ejercicio, proveniente de la universidad que lleva por nombre la de un esclavista, especialmente en los órganos del supuesto control al gobierno y al Estado.

Aún no hemos finalizado enero y el país cuenta ya con la escabrosa cifra de 6 masacres y 15 líderes sociales asesinados, sin contar con los muertos que deja la ambición del narcotráfico y la guerra irregular que aún pervive en los territorios. El 13 de enero nos estremecimos con la noticia de que once personas desaparecieron en Mosquera, Nariño, cuando se dirigían en busca de trabajo a un aserradero; el 22 de este mes aparecieron dos cuerpos, posiblemente relacionados con los desparecidos, y el 24 aparecieron 8 cuerpos en las playas de Tumaco. Como si eso fuese poco, en el baúl de un vehículo particular aparecieron dos cuerpos, asesinados con tiros de gracia. Ninguno de los asesinados supera los 40 años de vida.

Muchos nos preguntamos, ¿qué está pasando? Y también muchos nos seguimos respondiendo que nada justifica estos crímenes, provengan de donde provengan; ya que partimos del principio básico del reconocimiento de la dignidad humana,  fundamento esencial de los derechos humanos; así mismo, creemos firmemente que la violencia que impera en la región tiene causas múltiples, y que el narcotráfico es una consecuencia real y verdadera del abandono histórico del Estado frente a un territorio que se convirtió en caldo de cultivo para la presencia de un sinnúmero de grupos al margen de la ley que ahí impera; que la pobreza estructural obliga a muchos de sus pobladores a buscar todo tipo de salidas, sobre todo cuando no hay soluciones prontas o concretas que respondan a las necesidades de sus pobladores, carentes en su mayoría de servicios públicos, salud eficiente, interconectividad en un mundo que ante el Covid-19 ha debido desarrollar sus actividades frente a un ordenador.

Lo más fácil es señalar con el dedo y creer que ahí la coca se siembra por placer; que el narcotráfico permite, como en la Colombia de los años 80 y 90, que el dinero fluya a graneles; y que la violencia que ahí se genera es propia de estos territorios que forman gran parte de Nariño, Cauca, Valle y Chocó; en un terrible acto de racismo que muchos quieren desconocer, pero que se sigue viviendo palpablemente en una sociedad que sigue sin reconocerse en las otredades y minimiza los problemas que a los demás les suceden.

Esa falta de reconocimiento de las alteridades es una de las principales causas para que ahí impere la violencia, pero esto se niega o se desconoce. Sigue siendo lo más fácil utilizar los medios de comunicación masivos, especialmente la TV, para que los politicastros en el gobierno hagan proselitismo; para que las élites añejas se sostengan en sus blasones mientras el pueblo se recrea con los espaciosos programas, como en los sabatinos, que no hacen sino embrutecer a sus espectadores.

Es que hemos crecido en un país que no respeta las diferencias, por eso muchos son excluidos en trabajos o en gremios; porque aquí ser diferente o ser pobre es más que un delito, implica un ostracismo parecido al de los parias de la India imperial; aquí opinar es firmar un acta de muerte, ya que las fuerzas extremistas, públicas o privadas, alcanzan poderes omnímodos sin que nada los detenga, al contrario. Se alza en la voz de ministros que anuncian de tajo que “las masacres es un término periodístico y coloquial”; o el creer que la fuerza pública no incurre en excesos, cuando un joven cae en una calle de Bogotá frente a las balas de un policía que lo asesinó.

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Este país, querámoslo o no, sigue siendo blanco, castizo, cofrade y blasónico. Los demás quedamos por fuera, así de simple y de tajante es esta cruda realidad. Si hay dudas, basta con dar una mirada a la peculiar pequeña logia que acompaña al Presidente en su ejercicio, proveniente de la universidad que lleva por nombre la de un esclavista, especialmente en los órganos que supuestamente  deben hacer el control al gobierno y al Estado.

Hoy más que nunca se hace necesario que el Pacífico se haga escuchar, no puede ser posible que la designación en una cartera a un afrodescendiente permita sentirse por bien servidos, ¡no! Es necesario hacer sentir la importancia de un espacio que es vital para la vida no solamente de los colombianos, sino de la humanidad entera; no solamente por sus riquezas naturales, sino por el mundo construido ahí, forjado en la ancestralidad fundada en los pobladores originarios y en aquellos que asentaron aquí su libertad desde el África, pese a toda la nauseabunda esclavitud que le impusieron los ancestros de esos que hoy detentan tanto poder en el país.

Hoy el Pacífico debe pensar su futuro, a corto plazo reivindicando sus principios manifiestos en sus formas ancestrales de resolver los conflictos; a mediano plazo, concertando fuerzas para que la corrupción no se arraigue en sus gobiernos propios. Hablo de Consejos Comunitarios, Cabildos y JAC, para que se pueda tener alcaldes y gobernadores que respondan realmente a esa valiosa ancestralidad de la transparencia y el servicio digno hacia los demás -prefiero no emplear la palabra política, tan desmeritada en estas épocas-; a largo plazo, para construirse administrativamente como una región; borrando esa separación escabrosa que determinó la estructura política del país en 1904, cuando éste se repartió al antojo de los herederos de los mal llamados Supremos. Seguiremos soñando con el departamento del Pacífico, no como un ente administrativo más, sino uno que sirva de ejemplo de equidad y justicia para el resto del país.

Nos duelen las noticias de nuestro territorio, ¡cómo no!, pero igualmente conocemos el arrojo de sus mujeres y hombres, y así como no los amilanó siglos de esclavitud y décadas de indiferencia; sabrán anteponerse a todos esos males ajenos que se han ido imponiendo, que en el reconocimiento de sí mismos y de los demás sabrán superar todos esos miedos, para ser no el territorio de la esperanza, sino el lugar de las realizaciones para una paz con justicia social.

 

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

 

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*Fotografía: cortesía.

 

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