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El narcotráfico, consecuencia y no causa en el Pacífico nariñense

El narcotráfico es consecuencia y no causa, señor Duque y señor Trujillo, señores del gobierno, y sobre ustedes y sobre la indiferencia de muchos colombianos pesa esa carga heredada de sus ancestros que han posibilitado ese abandono y esta guerra.

 

El narcotráfico en el Pacífico nariñense es una consecuencia y no una causa, se explica esto cuando se estudia y se analiza el abandono histórico estatal hacia este importante territorio colombiano. Antioqueños y caucanos se debatieron sus riquezas durante la Colonia y buena parte de la República, saqueándolo y dejando una estela de abandono que es difícil de recuperar.

 

Frente al Pacífico nariñense, donde se concentra actualmente los mayores cultivos de coca en Colombia, la situación se torna igual de crítica, ahí las élites centralistas, tanto bogotanas como pastusas, no han hecho sino saquear el oro del Telembí, las maderas del Sanquianga y los productos del Pacífico sur. Su política tradicional ha sido la del saqueo y el exterminio, de imposición de una etnia sobre otra, de tal manera que el derrotero blanco marcó el destino oprobioso de esta parte del departamento que no ha sabido valorarlo en su integridad.

 

Ahí, afros e indígenas, han debido padecer la falta de infraestructura de toda especie; durante siglos fueron trochas las que comunicaron a la costa con la sierra y recién en este 2020 parece que se pavimentará en su totalidad la vía que comunica a Junín con Barbacoas, algo menos de 60 kilómetros que ha demorado más de 500 años en terminarse, sin desconocer que por ahí salió todo el oro que alimentó los egos y las ambiciones de las castas pastusas que los han gobernado.

 

De igual manera, en pleno siglo XXI, se interconectó eléctricamente las cabeceras de los 10 municipios que conforman el Pacífico nariñense, dejando a una gran parte de la zona rural por fuera de este derecho, y ni que decir del agua o de los alcantarillados, ya que ni siquiera Tumaco, el principal centro urbano, cuenta con estos servicios. De la salud ni se diga y de la Educación mucho menos. De tal manera que el abandono histórico no es un discurso ni un sofisma, es una realidad constante de quienes ahí habitan.

 

Es cierto que desde que se llega al pie de monte costero las plantas de coca empiezan a aparecer en el paisaje, y los cultivos se van acrecentando a medida que se avanza y se llega a territorios inhóspitos, inclusive éstos están al lado de escuelas y puestos de Policía, de tal manera que es una realidad que no se puede desconocer. Y con los cultivos llegan los raspachines y con estos sus familias, y los comerciantes que aprovechan las pagas para vender cuanto producto haya en el mercado, no importa las distancias, allá llegan.

 

La coca es el único producto en el territorio que cumple con toda la cadena en el mercado, es decir que se cultiva, se procesa y se vende. No así el coco o el plátano, ni mucho menos especies exóticas como el naidí o el chontaduro. Entonces ¿qué sembrar? La coca no llegó a este territorio como un exotismo, al contrario, el terreno estaba cultivado desde hace siglos, ya que las fuentes de generación de riqueza si bien son muchas, los intermediarios y la falta de herramientas para comercializarlas fueron desencadenando un estado de miseria, a tal punto que cualquier salida fue bien considerada.

 

La mayoría de jóvenes que logran terminar el bachillerato no logra ingresar a la universidad, y de los que ingresan unos cuantos terminan y muy pocos logran cumplir su sueño profesional. Así que un grueso de la población debe ejercer el oficio más común de los colombianos: el rebusque. Y en el territorio lo que hay es coca, así que es la única opción real y concreta para generar recursos para sí y para sus familias.

 

Sin embargo, este gobierno lo que hace es tildarlos de narcotraficantes, satanizando un territorio que ha sido víctima y no victimario. Los dedos acusadores de ministros y de miembros de las élites añejas lo que hacen es señalarlos, como si fuesen los culpables de generar la violencia que llega con el narcotráfico, pero ésta aparece con el abandono estatal y surge porque esa horrorosa peste genera la riqueza y el supuesto bienestar que el Estado no ha garantizado durante siglos.

 

En los dos últimos meses la violencia se ha recrudecido en el territorio. Claro, ya no están las Farc para que los gobiernos les endilguen sus propias faltas, por eso se señala a la población civil y a los propios lideres sociales como causantes de este malestar que reina en el territorio; pero las culpas son más profundas, hay ahí un maridaje, entre lo oficial y los grandes narcotraficantes, que se teme develar. Por eso quienes caen en las calles de Tumaco, en El Bajito, en Llorente, en Vaquerío, son los jóvenes que no tienen más oportunidades que ingresar a ciertas bandas para proteger las fronteras invisibles que pululan en el territorio.

 

Se dice coloquialmente que quien no conoce la historia está condenado a repetirla, por eso me pregunto, ¿cuántos de estos jóvenes detentan importantes dignidades políticas o sociales? ¿Cuáles son los padres de estos jóvenes que aparecen abrazados con los grandes cacos de la mafia colombiana? ¿Cuáles de estos jóvenes han tenido la oportunidad de prestar helicópteros para transportar la coca? ¿Cuáles son los nombres de estos jóvenes que salen a relucir en los discursos de los grandes narcotraficantes que están en contubernio con los políticos?

 

Si, la violencia está recrudecida en el Pacífico nariñense, todos los días hay muertos y heridos. A algunos de ellos se les dedica unos cuantos segundos en los noticieros de las grandes cadenas colombianas, mientras el fútbol y la farándula criolla disfrazan esa realidad. Pero muchos otros deben padecer la inoperancia de un Estado que no es capaz de garantizarles su seguridad, muchos deben huir dejando todo para salvar sus vidas, otros deben enterrar a sus seres queridos en medio de una impotencia que se vuelve gangrena en sus corazones. Esa es la realidad que muchos se resisten a ver.

 

El narcotráfico es consecuencia y no causa, señor Duque y señor Trujillo, señores del gobierno, y sobre ustedes y sobre la indiferencia de muchos colombianos pesa esa carga heredada de sus ancestros que han posibilitado ese abandono y esta guerra. Mientras tanto, todos deben vivir con miedo, un miedo que se disfraza de algarabía y fiesta, de imprudencias y rumbizas, porque, pese a todo, la vida pulula en este hermoso territorio.

 

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

 

 

*Fotografía: cortesía.

 

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