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“El lenguaje de la guerra”

La guerra, entre otros efectos, ha tenido aquí la propiedad de enceguecer a quienes no la padecen y de efectuar su impacto cruel sobre la vida de los seres humanos, sin dar tiempo para reaccionar reflexivamente sobre ella.

 

Cuando hablamos de lenguaje lo podemos precisar como lo siguiente: Capacidad propia del ser humano para expresar pensamientos y sentimientos por medio de la palabra – Sistema de signos que utiliza una comunidad para comunicarse oralmente o por escrito.

 

Si observamos bien, la historia nos demuestra cómo la mayoría de los conflictos sociales se originan en la intolerancia y se dinamizan en la irracionalidad con que buscan ser resueltos, muchas veces con cargas lingüísticas de negación y descalificación de los argumentos morales y políticos de quienes, por esa vía, son convertidos en enemigos y, por consiguiente, condenados a una suerte de proscripción política y social.

 

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La dimensión del conflicto armado en Colombia ofrece una variedad de problemáticas cuyos alcances en detalle no siempre son percibidos en toda su magnitud. En parte, esto obedece a que su análisis se ha llevado a cabo con la relativa dinámica y precipitación de los acontecimientos inmediatos; cada día en Colombia se ofrece un suceso más estremecedor; a un asalto, le sigue una masacre y a ésta una caravana de desplazados, y así el círculo vicioso se repite, al parecer, indefinidamente. La guerra, entre otros efectos, ha tenido aquí la propiedad de enceguecer a quienes no la padecen y de efectuar su impacto cruel sobre la vida de los seres humanos sin dar tiempo para reaccionar reflexivamente sobre ella.

 

Algunos de los problemas generados por el estado de conflicto está relacionado con el lenguaje y con las distintas representaciones que se desprenden de su uso para interpretar la vida política. La guerra ha fomentado usos inconscientes de palabras, frases, metáforas, proverbios, titulares y expresiones de sentido común. Principalmente, las metáforas han contribuido a crear actitudes y comportamientos colectivos, creando disímiles concepciones de vida política, definiendo espacios de dominio y de poder. Su uso en el conflicto armado ha penetrado la conciencia cotidiana del ciudadano corriente; haciendo que dentro de nuestras realidades quien no es o sea a fin con ideologías, pensamientos o conceptos iguales sea ubicado en el bando contrario.

Los antagonistas construyen su propio diccionario enajenante orientado a anular la comunicación del contrario. El arco de la criminalidad y sus formas de barbarie son justificados en la retórica excluyente de los distintos agentes de la violencia, lo cual tiene relación con los micro fundamentos de la cultura y no con la genética, como equivocadamente predican ciertos pseudobiólogos al sostener que «los colombianos somos violentos por naturaleza«. La sociología, desde Weber hasta nuestros días, se ha encargado de demostrar que las formas de organización generan modos particulares de conducta, maneras apropiadas de actuar en el seno de ciertos contextos sociales.

 

La deshumanización del enemigo en los canales públicos la asumen los ofendidos como un desafío que hay que afrontar en el mismo o peor nivel de agresividad y vindicta, no solo contra el directo agresor sino contra quienes suponen que son sus aliados o cómplices. Jugar al deshonor del rival presenta un plano análogo con determinadas disputas familiares cuya prolongada e intencional humillación recíproca genera odios indisolubles y aunque, según Clausewitz, la guerra es el reino de la incertidumbre, en los tipos expresivos pueden hallarse las claves, es decir, su causa eficiente.

 

El investigador Fernando Estrada, quien ha compilado sus reflexiones en un magnífico libro, ‘Las metáforas de una guerra perpetua’, al afirmar que la guerra lleva consigo sus propios sistemas de valoración y medida, sostiene que: «La guerra parece negarles lugar a los argumentos humanitarios, la guerra es irracional». En tal sentido, parece que los epítetos tienen nula capacidad disuasiva y, paradójicamente, pueden construir un imaginario negativo, como en la Ley de Gresham; un principio según el cual, cuando en un país circulan simultáneamente dos tipos de monedas, ambas de curso legal, y una de ellas es considerada por el público como «buena» y la otra como «mala», la moneda mala siempre expulsa del mercado a la buena, pues los consumidores prefieren ahorrar la buena y no utilizarla como medio de pago.

 

Es curioso el cómo hemos condicionado el uso del lenguaje de la guerra y eso obedece a qué queremos enmascarar una realidad que no nos gusta, huimos hasta de nombrar la guerra, decimos conflicto, a las víctimas las denominamos daños colaterales. Es una manera de evitar lo que nos desagrada, lo que no nos conviene, y como contraprestación a ello los ciudadanos concedemos licencias o “permisos” para vulnerar y cercenar derechos humanos y al parecer la historia del bueno y del malo con el paso del tiempo nos ha habilitado para concederlas.

 

Se justifica la guerra y es algo que nadie quiere admitir, es un hecho notorio que si algo significa guerra es muerte, destrucción y sufrimiento. Todo el mundo busca bálsamos para dulcificar y justificar que detrás existen unos intereses políticos, económicos o ideológicos. Se utilizan términos o expresiones que suenan mucho mejor como defensa y protección de los Derechos Humanos: conflicto interno armado, homicidios colectivos, principios, valores etc.

 

 

Referencias

Estrada Gallego, F. (1). El lenguaje de la guerra y la política en Colombia. Reflexión Política2(4).

Karl Clausewitz, De la guerra.

 

Palabras claves:

*Abogada.

 

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*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

 

*Fotografías: Cortesía

 

 

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