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¿Dónde queda el futuro? ¿En qué tiempo se conjuga el progreso o el desarrollo?

El 27 de enero “La Grande Librerie” (La Gran Librería), presentado por François Busnel, emitió un programa en el cual participaron el filósofo Bruno Latour, el neuropsiquiatra Boris Cyrulnik y la escritora y traductora Lucie Taïeb. Algunas de las preguntas que guiaron la conversación fueron: ¿Qué lecciones podemos sacar de la prueba del confinamiento? ¿Cómo será el mundo de mañana? ¿Será diferente? ¿Podremos adaptarnos a él y qué consecuencias traerá sobre nuestras vidas cotidianas? ¿Tomaremos conciencia de que la crisis sanitaria actual se encastra en otra crisis aún más grave: la ecológica?

El propósito del programa es impulsar la lectura y la reflexión desde las voces de los autores y autoras. En esta oportunidad estas tres personas palabreaban sus libros: “Où suis-je? (¿Dónde estoy yo?; “Des âmes et des saisons” (De las almas y las estaciones) y Freshkills, Recycler la Terre (Freshkills, Reciclar la Tierra). Debo admitir que al día siguiente me fui directamente a una librería a buscar los libros. Recomiendo sus lecturas y espero pronto tengamos algunas traducciones para que este pensamiento pueda llegar a muchas más personas. Las reflexiones que nos presentan son realmente profundas respecto a nuestro devenir. A partir de esta entrevista y el avance en lecturas de los textos y otros, quiero compartir algunas reflexiones sobre nuestras ideas sobre el progreso, innovación y el futuro.

Generalmente cuando se nos habla del futuro, del progreso o de la innovación trazamos una línea recta. Hubo un punto de inicio y las nuevas generaciones tienen que seguir esa línea hasta encontrar el punto final, que en efecto es esquivo y renueva su distancia cada día. Este pensamiento lo evidenciamos tanto en las ciencias exactas como en las llamadas ciencias duras. Desde muy temprano aprendemos desde diversos campos que debemos avanzar, progresar, caminar hacia adelante, debemos evolucionar. Es frecuente escuchar que “las sociedades avanzan” o que “la tecnología es el futuro”. Pero la constante es la linealidad de este pensamiento. Por ejemplo, en la historia nos acostumbraron a leer la experiencia humana como Antigüedad, Edad Media, modernidad y hasta posmodernidad. Tal vez sea este un punto sobre el cual debemos reflexionar.

Cada época presenta sus desafíos y, así mismo, cada generación crea y le imprime sus sentidos, signos, representaciones y deja su legado. Estos son en gran medida tecnologías, extensiones de lo humano que se proponen facilitar las tareas humanas. Es decir, toda época ha contado con tecnologías. En esa linealidad, las tecnologías de hoy son una forma de reciclaje de las tecnologías del pasado. En breve, la innovación es parte de la condición humana.

No obstante, resulta fundamental volver sobre esta linealidad; sobre la que caminan las sociedades, pues tenemos enormes desafíos y resulta apenas natural que la generación viviente genere su huella. Por mencionar algunos de esos retos: el cambio climático y la insoportable tradición de la injusticia social planetaria. Ambas violencias ponen en riesgo las vidas sobre la tierra, incluso ya osamos en destruir otros escenarios.

Mientras los medios de comunicación del planeta estaban concentrados en la llegada a Marte del rover Perseverance, la más ambiciosa misión espacial de la NASA al planeta rojo, en el mundo seguían y siguen muriendo miles de personas por el extractivismo que deja a los pueblos sin agua, sin posibilidades de producir alimentos y sin comida; otro tanto muere a causa de enfermedades sin poder ser atendidos debidamente en clínicas u hospitales; miles se desplazan de sus tierras buscando un mejor vivir; miles de desechos no degradables aumentan el peso humano sobre la Tierra, entre otros.

Fueron entre 2,7 y 2,9 billones de dólares invertidos en este proyecto espacial. No hemos contado los miles de millones dedicados a la producción de armas y lo que gastamos en guerras. De hecho, la pandemia mostró que estamos mucho más y mejor preparados para asesinarnos y destruirnos unos a otros que para cuidarnos y preservar las vidas. Todo esta “evolución” es producto de esa concepción lineal.

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Si queremos permanecer con vida y cuidar las otras vidas en el planeta, tendremos que romper con esta idea de futuro y progreso. Tendremos que buscar trascender la adaptación para buscar la resiliencia. Generalmente cuando nos adaptamos a una condición o situación, asumimos o incorporamos esta. Pero la resiliencia plantea rupturas ante la crisis. La resiliencia invita a la creación y a la toma de rumbo distinto. En este orden de ideas, podríamos pensar en desarrollar nuevas formas de desarrollo, progreso e innovación. Su lugar no es el futuro en la línea trazada, el futuro como horizonte podría estar en el pasado.

El progreso también puede encontrarse en la antigüedad, en el pasado. Igualmente, tal vez no sea necesario mirar hacia el norte o hacia occidente para encontrar “la evolución”, sino adentrarnos en el sur y en oriente para dibujar ese mundo de lo posible. Esto no implica borrar todo el eurocentrismo, el imperialismo o el mercado, como lo  hace con algunos pueblos. Significa aprender a reciclar.

                                                                                                                                                                                                             Publicidad

En consecuencia, quizá sea necesario renunciar a las lógicas de una energía lineal y vertical que se enseña a las nuevas generaciones que ha olvidado el lugar de la vejez, de la abuela, de los abuelos y del pasado. Caminar hacia el futuro podría ser volviendo nuestros pasos sobre sentipensares y ecomagicosentipensares de los ancestros. Es decir, la revisita sobre la memoria de la experiencia humana. Reciclar los grandes aprendizajes, los saberes provida y de la trascendencia. Innovar no necesariamente tiene que ser un invento nuevo, podría ser el retorno a las raíces, la sankofa, el no olvido.

Aprender del pasado para no cometer los mismos errores en el presente y poder construir futuro con esperanza. Innovar o progresar no es abandonar el pasado como se nos ha enseñado. No se progresa cuando se adapta una tradición mortuoria a un ritmo festivo como el reguetón con el ánimo de acercar a las nuevas generaciones a su identidad (esto está sucediendo en Condoto-Chocó). Tal vez progresar sería dar el lugar en las escuelas a las cantaoras-es para que las nuevas generaciones se sirvan de la Maestría de ellas-os.

En los tiempos de hoy, evolucionar podría ser volver sobre la crianza colectiva como bien común, volver sobre la agricultura, llenar los parques y andenes de las casas de niños y niñas. También sería escuchar más a los pájaros, caminar a pie descalzo sobre la arena o la gramilla, jugar a perderse en la selva, volverse a bañar a los ríos. ¡Ay los ríos! Devolverles la vida a los ríos, donde ya casi no hay pesca. No hay vida. Los hemos matado. ¿Qué lecciones podemos sacar de la prueba del confinamiento? ¿Dónde queda el futuro? ¿En qué tiempo se conjuga el progreso o la evolución?

 

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

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Fotografía: Cortesía.

 

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