Ser del campo, es una características que tienen en  común la protagonista de esta historia con las más de ocho millones de personas que han sido víctimas directas del conflicto armado (Red Nacional de Información, 2019).

Ana Fabricia llegó de su tierra natal en el Norte de Santander y se asentó en los terrenos baldíos de la zona rural del Urabá antioqueño. Allí  formó su propia familia. De su primer matrimonio tuvo cinco hijos (cuatro hombres y una mujer). Su rutina era simple – aquellas responsabilidades típicas del campesino colombiano-, pero placentera. Sin embargo, el negocio del cultivo del banano atrajo como el aroma del café la atención de multinacionales y de paramilitares hacia aquellas tierras urabaenses, viéndolas como un nuevo medio del cual lucrarse.

“El ambiente social se enrareció y las disputas políticas, así como los intereses económicos, propiciaron el surgimiento de movimientos sindicales y expresiones sociales fuertes en la región […] Asesinos a sueldo comenzaron a generar temores en la zona, que luego se afianzaron con las disputas internas entre los dos grupos guerrilleros -las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), y el Ejército Popular de Liberación (EPL)- por el control de sus bases sociales, cometiendo abusos de autoridad con la población, asesinatos selectivos y masacres entre los simpatizantes de uno y otro bando” (Hincapié, 2014)*1.

En ese periodo temporal, no sólo fueron asesinados familiares de Ana Fabricia, también mataron a su esposo Delmiro Ospina y a uno de sus hijos a causa de la inquisición paramilitar en sus tierras. Tomó tiempo para que las amenazas de dichos grupos armados la obligaran a desplazarse, ya que ella  “era muy rebelde para todo, una mujer de carácter fuerte, decidida e incluso obstinada” comenta Víctor Córdoba, familiar de Ana Fabricia.

Quizás dicha personalidad impidió que el miedo la hiciera desistir de su territorio, si bien se había trasladado a vivir al pueblo, regresaba periódicamente a cuidar de su finca. Al final, fue el agravo de las amenazas lo que la hicieron ceder y terminar desplazándose hacia Medellín.

MONTAÑAS CON OLOR A ASFALTO

En el 2001, Ana Fabricia llegó a Medellín en búsqueda de sus familiares y contactos radicados en la ciudad. Al tiempo pudo conseguir un rancho en la periferia de la comuna 13, sin embargo, a los pocos meses de haberse instalado, se vio obligada a desplazarse nuevamente, ya que combatientes de las FARC y el ELN quienes controlaban la comuna, no aceptaron su presencia en el barrio. Al parecer “el paramilitarismo era una red nacional que estaba muy conectada con la fuerza pública, entonces por un lado u otro la ubicaban, y como ella nunca se escondió, realmente era muy difícil que pasara desapercibida” afirma Víctor Córdoba.

Así, Ana Fabricia terminó viviendo en un nuevo rancho ubicado al nororiente de Medellín, no obstante, el barrio La Cruz también se convertiría en territorio hostil para ella y sus ideales, a raíz de no tardar mucho en ser el altavoz de las víctimas denunciando abiertamente la vulneración reiterativa de los derechos de los desplazados, e incluso no dudó en manifestar ante organizaciones internacionales de derechos humanos la “posible complacencia de la Policía con grupos ilegales en el sector” (Semana, 2011).

Su rol bastante activo como líder social de su comunidad, despertó en algunos grupos armados de la zona su afán por silenciarla.  Esto le costó la vida de su segundo esposo -con quien se casó al año de haber llegado a la ciudad- después de que varios hombres atentaron  contra su hogar.

No tardaron en tejer en su contra otra artimaña, Ana Fabricia fue señalada y acusada de ser integrante de la guerrilla, lo cual ocasionó que fuese recluida durante dos meses en la cárcel de mujeres El Buen Pastor mientras se desarrollaba una investigación formal para esclarecer su vinculación con algún grupo ilegal.

“Su vinculación no fue comprobada, entonces lógicamente tenía que ver con el paramilitarismo y con la fuerza pública que de alguna manera estuvo detrás de todo eso […] El simple hecho de protestar ya era un delito aquí en Colombia, además, durante la administración de Álvaro Uribe, fue política de estado perseguir a los líderes sociales porque se asociaban a terroristas, así de sencillo” Aclara Víctor Córdoba.

Sólo basta con recordar -para que se disipe toda duda- que en dicho periodo administrativo se llevaba a cabo la fabricación de pruebas por parte del Ejército Nacional que dio paso al tan sonado término “falsos positivos” en el país.

Al tiempo, “ me comentó ana que con las ayudas que ofrecía la exprimera dama Lina Moreno para dicha población, logró conseguir una casa en la parte baja de Manrique Oriental. Aún tenía la esperanza de encontrar tranquilidad en el sector”. Comenta Deyanira Valdés Martínez, amiga cercana de Ana Fabricia.

No obstante, los constantes hostigamientos por parte de la Policía Nacional, grupos armados ilegales y entidades políticas que lograron permanecer en el anonimato, hacían evidente su declaración de guerra, la cual ella decidió enfrentar. Hasta ahora no es claro si Ana Fabricia era consciente del creciente peligro al cual exponía a su familia, debido a que al poco tiempo su hijo de 13 años fue asesinado, pero ¿a manos de quién?.