Del 29 de septiembre al 23 de octubre Participa de nuestro premio Contar lo Nuestro

Aquí y allá: La firme diferencia entre el campo y la ciudad

el campo y la ciudad

El silencio es lo único que queda después del anuncio que da la muerte. El peligro que avisa, y la incertidumbre y el miedo que se convierte en una manta blanca que arropa la realidad. Allá, de aquel lado de las ciudades, donde la montaña se borra en la distancia, y donde el silencio no será interrumpido jamás. Pero el humo se expande en cada quema, “huele a caucho quemado”, y el tanque estalla, los deja aturdidos, y el pueblo, vuelve a ser un pueblo fantasma otra vez.

 

En la lejanía que ha estado presente siempre, en la recurrencia de su desgracia, en el olvido que los destierra. Las tragedias siempre los coje por sorpresa. ¿Esto es Colombia? el país donde el campo ha vivido en silencio, el lugar donde la prensa llega afanosa a buscar el suceso, y se va, el pedazo de tierra, que desde las capitales, allá afuera, miran con indiferencia. Pero ellos siguen ahí, cultivando su suelo, esquivando las balas, huyendo de las minas, y hoy los colegios no se abrieron, los tableros desconchados no se usaron, las sillas se quedaron en el mismo lugar, las motos no avanzaron, las pescadoras no salieron ni gritaron.

 

El camino largo, torcido, con la maleza a su lado. Abierto como un altar por donde caminan los vivos, quedo solo otra vez. De aquel lado, las calles quedaron vacías, las carreteras quedaron desoladas, los locales cerrados, sus vendedores escondidos. No había un alma caminando en la calle ese día, desde que en la noche del jueves sucedieron las primeras quemas, y entonces llegó el silencio, y el cielo gris los miraba desde arriba, los pájaros volaban, mientras el humo terminaba de esparcirse por los aires, no había bomberos.

 

Lee también Desarrollo sí, pero no así

 

Los perros no se cansan de ladrar. Se escucharon pasos y pasos en la manga, en el silencio frío de la madrugada, y los perros no paraban de ladrar. “Los pasos avanzaban apresurados, frente a mi casa”. La carreta comercial vacía, no se escuchó el visaje del estruendo de las mulas, no se escuchó el pitido, “ni vi el reflejo de las luces por la hendija de la puerta”. La carretera vacía, y los perros no dejaron de ladrar en toda la noche que se hizo larga.

 

Pero mientras tanto, en el tiempo que los campesinos y su gente permanecen encerrados, y las calles se quedan en silencio, y los locales se miran frente a frente, del otro lado, en las ciudades, donde los edificios intentan sobrepasar la altura de la montaña, donde las casas de plantas, estrechas, parecen cárceles enfiladas, todo sigue igual. Y una quema, y otra quema. Pero en esa otra orilla, en la orilla privilegiada, a donde los campesinos se desplazan, a donde los indígenas llegan y se van sin respuestas, a donde las personas negras se quedan, ahí, en ese otro mundo desconectado, en esa otra vida cansada y pretenciosa, en la que los jóvenes al pisar la tierra mojada gritan: “pise barro, ay no, pise barro”, y preguntan intencionalmente, al estudiante campesino, si en su pueblo hay hoteles o centros comerciales. Allá, donde el ñame, la yuca, el maíz y la papa que se comen es cultivado por los mismos campesinos que hoy cierran sus puertas y ventanas, y se ponen recelosos cuando alguien toca la puerta.

 

Es la distancia entre el campo y la ciudad, es la gente indígena y negra campesina, es la gente blanca citadina. Son las dos orillas inmezclables de Colombia, son las zonas rurales refundidas a los sures que no aparecen en la geografía de este país, ¿Qué sucederá allá? Cuando hoy vemos lo que está sucediendo aquí. Aquí donde me encuentro, rodeada de bullicio, y los vecinos envían sus hijos al colegio cuando llegan las rutas de transporte, aquí, donde estoy sentada, y puedo salir a un parque, tomar un bus, y alejarme de la gente sí quiero, porque esto es la ciudad, la firme diferencia entre el campo, la diferencia entre quienes mandan aquí, y quienes mandan allá, porque allá, el silencio es lo único que los salva, el obedecer es lo que los mantiene vivos, el orar, y encender velas a los santos, y encomendarse al rosario divino es lo que los mantiene despierto.

 

Pero el silencio sigue paseándose en el olvido del campo, y ya no se sabe quién ha faltado a su palabra.

 

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

 

Fotografía: El Colombiano

 

Vive Afro, 7 años haciendo periodismo étnico digital

 

CATEGORÍAS

opinión

Recomendados

Yo soy chocoano de nacimiento: una auto¬representación para un nuevo rumbo

RECOMENDADOS / 21 de abril de 2015

Actualmente  la  chocoanidad  vive  la  gran  crisis  de  la  auto¬representación.   . . .

Y si la muerte pisa nuestro huerto, ¿Qué dejaremos?

RECOMENDADOS / 27 de octubre de 2021

El otro día me encontraba trastornado por la noticia del asesinato del líder social del San Juan . . .

reseteando el amor propio, disfuncionalidad

Y está de moda:

RECOMENDADOS / 18 de diciembre de 2021

Está de moda el no querer, está de moda el callarnos y no decir lo que sentimos y pensamos como . . .

Y deja que las emociones te ayuden a vivir…

RECOMENDADOS / 11 de agosto de 2021

Las emociones son nuestra realidad, estas influyen en el relacionamiento con el otro y cualquier . . .