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Alexandra, tú no eres paisa

no eres paisa

Mi abuela paterna Ana Graciela o “Gache”, como le decimos de cariño, es de un corregimiento del Chocó a orillas del río Atrato llamado Las Mercedes, mi abuelo paterno junto con mis abuelos maternos son de otro corregimiento de Quibdó ubicado en el medio Atrato: Tagachí.

A mi padre lo tuvieron en San Antonio de Padua, lugar en el que vivió hasta que terminó su básica primaria y luego se desplazó con mi abuela hacia Quibdó para que él pudiera hacer su bachillerato. Mi madre nació en Tagachí pero alrededor de sus dos, tres años mi familia materna migró hacia la ciudad de Quibdó en busca de mejorar su calidad de vida y economía.

A sus veinte años, mis padres se desplazaron hacia Antioquia para trabajar como docentes de algunos municipios como El Bagre y Cocorná. Posterior a eso tuvieron a mi hermano mayor y a mí. Cuenta mi madre que mi nacimiento ocurrió en el hospital San Vicente de Paul y me registraron en la ciudad de Medellín. A muy temprana edad, antes de mis tres años, mis padres se radicaron en esta ciudad y allí hemos vivido hasta hoy.

La historia de desplazamientos en mi familia ha estado enmarcada por la búsqueda de mejores oportunidades laborales – económicas y también ha estado motivada por el deseo de huir del conflicto armado colombiano.

A Quibdó he ido en casi todas las vacaciones desde mis más tempranos recuerdos. Mis padres se casaron allá pero yo no recuerdo haber regado las monedas de la bandeja en medio de la ceremonia, así como ellos aseguran entre risas que yo hice.

Lo que sí recuerdo es la gelatina diaria que mi abuelito Beno me regalaba de su tienda todas las tardes. Recuerdo las bancas y mesas de madera de la tienda de mi abuelo que tanto me gustaban. También Recuerdo el olor a queso, el pan de $100 y el plátano frito que mi abuelita Roque me hacía por las noches. Recuerdo a mi tío Edinson gritándole eufórico, mientras jugaba parques, “¡Vellaco!” a su contrincante. Recuerdo a mis primas mayores que me llevaban al parque por las tardes y me mandaban a pedirle monedas de la tienda a mi abuela para que ellas pudieran llevarme.

Recuerdo volver a la misma casa donde yo una vez fui la nieta más pequeña, y estando más grande ser yo quien reciba con emoción a los sobrinos más pequeños, a los hijos de mis primas, a mis sobrinos… y con el local de la tienda cerrado y la ausencia de mi abuelo, esa casa me genera mucha nostalgia.

Fui a la guardería en Cocorná e hice el preescolar en Medellín. Recuerdo estar en una de las clases intentando prestar atención y mi compañero de al lado me dice con gesto de desprecio: “¡Negra chocoana!”. Yo no entendía muy bien por qué me decía negra, tampoco comprendía porqué me llamaba chocoana y mucho menos porqué ser negra y ser chocoana consistían en sí mismos un insulto ¿está mal ser negra? ¿qué hay de malo con ser chocoano? ¿debería sentirme mal de serlo?

Otra anécdota del mismo preescolar, y ya con esta paro. En una ocasión a mi niñera, una chica mestiza, le pareció muy divertido mandarme a la escuela con mi cabello afro sin trenzar. Se limitó a recoger mi cabello en dos moños ignorando así, las instrucciones de mi madre sobre cómo debía peinarme. No lo niego, sabía que algo malo iba a pasar si yo entraba a ese preescolar con mi cabello afro a su máximo frizz. Lloré y le rogué que por favor me hiciera las trenzas de siempre, que no quería irme a estudiar peinada así. De solo recordar la impotencia que sentí se me encharcan los ojos. Si yo pudiera peinarme a tan temprana edad lo habría hecho, pero saber que mi humillación estuvo en manos de otra persona en realidad me quiebra.

La historia seguro ya la pudo anticipar. Mis compañeros, en especial las niñas, comenzaron a burlarse de mi cabello imponentemente afro. Hicieron una ronda y, ante la mirada cómplice de la maestra, comenzaron a gritarme “la bruja”. Lloré, claro que sí pero como sabía que mi madre iba a entenderme, tan pronto como llegué a casa le conté todo. Ella se molestó de que yo haya tenido que pasar ese momento tan humillante, le reclamó a la niñera y de ella no tuve más recuerdos.

Como mi madre tenía que salir a trabajar, debía dejarme mucho tiempo con niñeras, vi pasar a muchas, unas peores que otras pero las anécdotas con ellas las dejaré hasta aquí.

No me tomó mucho tiempo entender, ni más tiempo analizar que ser mujer negra era una desventaja en una sociedad mayoritariamente mestiza, que llevar el cabello afro suelto era exponerse a la humillación y que, ser chocoano cargaba en sí mismo un estigma para mucha gente racista.

Cuando se nace y se crece en un lugar donde se es minoría toca asimilar todo esto a muy temprana edad. Yo crecí con eso, el medio me mostró mi lugar dentro de este contexto, se encargó de enseñarme que no era una igual y de hacérmelo sentir tanto como pudiera.

Me limito a contar algunas anécdotas de mi infancia porque las de grande fueron más fáciles de procesar pero no por eso, menos graves. Las primeras, las de la temprana edad, generan un shock más fuerte y lo siguiente, lo de la adolescencia y juventud, ya entra amortiguado.

Mencionando la adolescencia y juventud no puedo dejar de lado la pregunta curiosa de la gente:

– “¿De dónde eres tú?”
– “De Medellín”, respondo
– Ahhh pero ¿usted dónde nació?
-En Medellín, volvía a replicar

Y ante la mirada incrédula de la gente entendí que debía añadir que mis padres y abuelos eran del Chocó y que, luego debía explicarles que mis padres llevan muchos años siendo docentes en Antioquia y decidieron tener y criar a sus hijos acá; que por eso yo hablo tan paisa y que por eso yo soy de Medellín al igual que ellos.

Y es que hablar muy paisa es otro lío; si vas al Chocó hablando muy paisa te cogen de recocha y si hablas muy paisa acá te preguntan el ¿por qué?, como si de entrada se asumiera que todas las personas afro son migrantes, específicamente del Chocó; porque pensarse la decencia de preguntar el lugar parece que les da pereza, entonces mejor nos meten a todos en una bolsa.

No es mi caso pero; hay familias afro residentes en Antioquia, algunas específicamente en Medellín, cuyos orígenes antioqueños se remontan hasta generaciones más atrás de sus abuelos, y aun así esta ciudad los trata como extranjeros. Extranjeros en un territorio que sus ancestros ayudaron a construir siendo mano de obra esclava o mal paga. Cuyas minas fueron trabajadas por ellos, construyeron sus calles, iglesias y edificios pero aun así, sus descendientes no tienen el permiso de ser llamados “paisas”.

¿Qué piensa usted cuando le digo “paisa”? Tal vez pensó en una persona mestiza ¿no? Ese en sí mismo no es el problema. El problema es que en la construcción de lo paisa y lo antioqueño se invisibilizan las comunidades negras e indígenas, incluso las Room.

Existe una idea sobre quién es paisa y quién no. Por eso yo decidí llamarme y autoreconocerme como afromedellinense. Mi madre en broma a veces me dice “Usted es paisa entonces, usted sólo va a comer arepa mientras yo me como este plátano” y entre risas le digo que me voy a comer mi plátano de igual forma. Y es que, reconozco que yo soy una fusión del plátano con la arepa, del mondongo con el atollado, de la bandeja paisa con el pastel chocoano, del borojó y del claro. No soy lo uno sin lo otro, y ambos contextos han construido la Alexandra que soy.

Sé que me va a tocar seguir explicando porqué hablo tan paisa siendo negra y de donde soy yo y de dónde es mi familia; eso en el fondo ni me molesta, me da una suerte de emoción decirle a la gente lo fluidas que son las identidades territoriales y quizá así algún día entendamos porqué un negro sí puede ser paisa.

Este texto fue producto del Laboratorio de Narrativas Negras en compañía de la Corporación Manos Visibles

 

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