Miércoles, 12 Julio 2017

Una mujer sin color ni límites

Bibiana Leudo cambió la identidad de su barrio y logró que fuera conocido por su nombre.

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Por: Melissa Murillo Mena
Estudiante de Comunicación Social EAFIT

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Decía Don Antonio que si usted salía de noche era posible que se lo llevara una luz que andaba y recorría la finca grande, llena de árboles que quedaba arriba de su casa y nunca volviera a aparecer. Era el coco, el diablo o un demonio que buscaba a Bibiana y a los otros veinte niños que vivían en su casa por molestar todo el tiempo en la calle. A veces se iban a jugar allá, eso sí, de día y cuando les daban permiso.

Con los años comprendieron que esa luz que andaba era el celador de la finca, esa que se convirtió en casas con forma de cubo, todas iguales en 1982, debido a que cuando iban a hacer La Alpujarra reubicaron en ese terreno a algunas personas de lo que se llamaba El Pedrero y un poco después a otras de La Iguaná, por una creciente que hubo en ese entonces.

Los nuevos huéspedes eran conocidos por toda la ciudad como rancheros, robaban y consumían vicio. No se podía poner la ropa a secar a fuera ni nada por el estilo. Ese año Doña Fabiola, como le dice Bibiana a su mamá,  tenía veintitrés gallinas para la primera comunión de seis de los veintiún niños que criaba y cuando fueron a ver ya se las habían robado todas.

Aparte de sus cinco hermanos mayores y algunos primos, su mamá cuidaba niños, entonces a la hora de dormir hacían tendidos con colchonetas y colchones en la habitación. Los sábados no se cocinaba por la noche, hacían fila para fritar su plátano con queso, y los domingos madrugaban a misa apenas para que su papá, los llevara en la parte de atrás de su camión (ya que era transportador para la empresa Reclinomatic) y les gastara café con buñuelo cuando terminara el culto. Por travesuras les pegaban también en fila, y ahí todos querían ser el primero porque al último le tocaba la melodía silábica que muchos escuchamos: “Y-no-lo-vuel-ve-a-hacer”.

Jugaba los llamados “juegos de calle”, que ya se han perdido, o con la amiguita del frente a las muñecas o la cocinita. Siempre le terminaba robando los juguetes y aún cuando la ve le dice: “Usted se me robaba los juguetes, tenía un montón y todos repetidos”. Lo único que la hacía interrumpir sus juegos, al menos de forma voluntaria, era cuando iba a iniciar Plaza Sésamo, cogía su cartilla de Nacho lee y se sentaba a ver el programa, y así aprendió a leer, contar, sumar y restar apenas con cuatro años. Cuando fue a entrar a la escuela no la admitían por no tener la edad, le tocó llorar mucho para poder ingresar.

Cuando iba a encontrarme con ella llevaba el corazón a mil, el bus de Trans Medellín que tomé frente al Parque de Botero, subía y subía y el conductor nada que decía: “es aquí”. Miraba cada vez más lejos y distante a la Medellín que conozco, me sentía perdida en una de esas lomas que se ven desde mi casa en pleno centro. A lo lejos, el edificio Coltejer y decía en mis adentros: “Por ahí vivo yo”.

Me esperaba en la entrada de “El Barrio de los Negritos”, como le dicen al sector donde nació, creció y aún vive, llamado Jorge Eliécer Gaitán en la Comuna Seis, porque hace años en una de las lomas destapadas atracaban a los taxistas y fueron ellos los que lo bautizaron así. Esto me lo cuenta frente a esa loma que hoy ya está pavimentada, justo en el puesto de Patricia, que vende empanadas y es tesorera de la Junta de Acción Comunal del barrio.

Camina y en menos de  cinco pasos ya alguien la saludó o le preguntó algo, todos la conocen: “Usted llega y pregunta por Koko y le dicen acabó de pasar hace cinco minutos, ella no se demora porque debe subir a hacer tal cosa a tal hora”, menciona. No hay un día que no recorra el barrio, por eso le pueden dejar razones con la Yurany, la “songa” o “el flaco”.  Habla con la señora que tiene un hijo que está ennoviado con una joven de reputación dudosa, me habla del transexual del barrio, del que hace poco salió de la cárcel y me muestra al churro del sector que pasa en una moto Bw's junto a nosotras.

La casa de sus padres es típica de un sanjuaneño o así me sentí cuando entré, porque ambos son de esa zona del Chocó, con diseño antiguo. La sala con sillones de cuero café con hendiduras, un televisor Panasonic de esos cabezones, que me pregunto si aún funciona, cuadros grandes, floreros y figuras de ángeles la decoran, a Bibiana le parecen una reliquia.

Se casó a los dieciocho años con el amor de infancia, por la iglesia y con un vestido de cola larga rosado. Tienen tres hijos y dos nietos. De su vida personal habla poco porque no confía en nadie, si se le presenta un problema se lo calla. Casi no sale de fiesta, prefiere reunirse en casa porque no le gusta que todo el mundo la vea en ciertos estados. Su familia y amigos la definen como una mujer tranquila y fresca, buena madre, responsable y lo más importante apasionada por el fútbol.

Atajando a “Koko”

Desde pequeña le gustaba el deporte, vivía con un balón de voleibol o fútbol en las manos a tal punto que se le volaba  a Sandra, una de sus hermanas mayores encargada de cuidarla mientras su mamá trabajaba como empleada doméstica, y esta le gritaba “pareces un macho Koko pa' dónde vas”, a lo que respondía “voy pa' arriba, pal plan ahora bajo”, y se iba a ver jugar fútbol a los muchachos del barrio.

Nunca olvida cómo una vez, a los nueve años, su mamá por castigarla no la dejó ir a un partido de voleibol, estaba en el equipo de la escuela, todo por decir una mala palabra que hasta hoy pronuncia con recelo: “Hijueputa”. El equipo ganó sin ella, no quedó ni en la foto y casi se muere.

A los doce entró a un equipo de fútbol femenino pero terminó saliéndose porque las mujeres eran muy raras, muy masculinas. En el colegio se pasó a estudiar al INEM José Félix de Restrepo porque había mucho deporte y en seguida quedaba el Politécnico Jaime Isaza Cadavid, era buena estudiante, nunca bajaba del tercer puesto. Se graduó como bachiller en Construcciones Civiles porque la reja de esa modalidad quedaba pegada al Politécnico y así aprovechaba para mirar a los que hacían deporte allá y descubrió que era lo que deseaba estudiar.

La mejor frase que ha escuchado en toda su vida fue “Bienvenida a la Universidad de Antioquia”, ese era su sueño, estudiar Educación Física en la mejor academia y graduarse en cinco años completos así hubieran paros y lo logró, eso no lo dice todo el mundo.  Cuando estaba en el examen de admisión y le faltaban unas cinco preguntas cayó en cuenta que desde la treinta estaban malas, tiene memoria fotográfica, borró todo eso y entregó faltando menos de cinco minutos, no sabe ni cómo lo hizo.

Tanto era su gusto por el fútbol que mantenía escuchando Múnera Eastman Radio, cuando le pregunté qué era me dice con asombro: “¿Usted no ha escuchado fútbol?”. Después me diría que  es el mejor narrador que hay en Medellín porque movía el estadio y  lograba que corearan lo que decía en los 90's y principios del 2000.

Él hizo un concurso de preguntas, el regalo era una sorpresa, ella que tenía un teléfono mágico para marcar allá quedó en la final, el mismo día que Nacional fue campeón de la Copa Merconorte en el año 2000.  Ganó el concurso, el premio era que la emisora le pagaba la carrera que quisiera en la Universidad Remington, ahí estudió Ingeniería en Sistemas al mismo tiempo que estudiaba en la Universidad de Antioquia.

Vida comunitaria

En 2008 empezaría su vida comunal coordinando unas justas en su sector, algo así como unos juegos olímpicos, porque quería conseguir un empleo en el Inder que era con presupuesto participativo. No fue fácil entrar al mundo comunal porque, aunque sea ilógico, las personas en esas organizaciones son egoístas, quieren acaparar todo y la llegada de alguien nuevo puede dañarles el monopolio de corrupción que han tenido por años. Su entrada significó un cambio porque antes nadie participaba, no sabían de los beneficios que les podrían brindar. Ella comenzó a crear equipos que representaran al sector Jorge Eliéecer Gaitán.

Les tocaba caminar distancias que en bus pueden ser hasta media hora para ir a los partidos por falta de plata, de vez en cuando los conductores de busetas, que ya los conocían, los dejaban montarse por la puerta trasera pero cuando eso se prohibió lo dejaron de hacer.

Al principio los niños vivían pidiendo “ay, me va a regalar una moneda”, por eso donde llegaban decían “llegaron los gamines, esos rancheros”, y ella se dio a la tarea de cambiar esa imagen. Le decía a los niños que no pidieran monedas y a la gente que no se las diera, que mejor les regalaran la bolsa de agua porque o sino nunca dejarían el vicio de estar mendigando. Inició a llevarles charlas de derechos humanos, convivencia y todo cambió. Empezaron a callar bocas, ya ganaban los partidos, hasta hoy tienen veinticuatro trofeos, todos de primer o segundo lugar.

Desconocía de la  mesa de Recreodeportes así que apenas supo se metió. Se las ingenió para que por Presupuesto Participativo le dieran anualmente veinticinco millones a su sector y así hacer un programa que consistía en campamentos para niños afro de la comuna, donde se hacían competencias, juegos y capacitaciones. La primera vez fueron 150 personas, después les fueron rebajando la cifra por los costos.

Los campamentos duraban dos días con todo pagado en Farallones de la Pintada, se gastaban todo el dinero pero valía la pena porque era la única manera que los niños salieran del barrio a recrearse. Ya se los quitaron para llevarlos a todos junto a otras comunas, no solo negritudes, al Parque de las Aguas.

En 2013 creó Sin color ni límites, porque el INDER pide un reconocimiento deportivo para utilizar las canchas, si es una corporación no es necesario. Le puso ese nombre por un sueño en el que veía el infinito. El equipo seguía representando al barrio y se presentaba con el nombre de éste. En 2015 que se retira de La Acción Comunal e inician a conocerlos como “Sincoli”, siglas de la corporación.

Trabaja en el INDER administrando escenarios y camina por el Estadio Atanasio Girardot de Medellín como dueña y señora, con total comodidad. Le dicen concejala porque un día iba entrando Daniela Maturana, expresidenta del Concejo de Medellín, y alguien señaló “allá está la concejala” y como ella  estaba atrás pensaron que era a quien se referían. También la llaman alcaldesa de la Floresta, porque es el escenario donde tiene su oficina.

Es una mujer alegre que suelta carcajadas por minuto, tiene mechones rojos en el cabello largo de su extensión castaña, piercings en ambas orejas, viste de jeans y tenis, aunque cuando va a dar conferencias se pone la pinta aquella donde usa tacones. La única vez que la vi estresada fue cuando dirigía a “Sincoli” en un partido que terminaron perdiendo, casi se mete a la cancha y me decía: “levántate y mira el gol que van a meter”, y fijo lo metían.

Me entró al estadio, que por cierto no conocía porque no soy fanática del fútbol y de ningún deporte, y justo en ese momento estaba entrenando Atlético Nacional y no puedo negar que me emocioné, mientras yo grababa videos y me tomaba fotos, ella le mandaba un audio a una amiga diciéndole que estaba viendo al rey de copas.

Me mostró las fotos de cuando llevó a su papá, Don Antonio, a la final de La Copa Libertadores el año pasado, porque se ganó las boletas en un concurso del INDER. Fue con él, quien le da diez mil pesos todos los viernes, desde que ella se casó, y esa era su manera de pagarle. Él ya con setenta y ocho años quién sabe cuándo más tuviera la oportunidad de ir a ver su equipo en una final de esas,  se le veía la felicidad en esas fotos.

La única vez que vi a esta mujer triste fue cuando me contó que durante su trabajo como docente, que no duró mucho, un niño de siete años que se sentaba a su lado y le sobaba el brazo derecho mientras le decía “yo quiero mucho a mi mamita, ella me da arepa con mantequilla”, se suicidó en hechos confusos y que ella como otras personas del barrio aún no lo creen. Se le encharcan los ojos y se le eriza la piel al contarlo.

Bibiana Patricia Leudo Rodríguez, la concejala, la alcaldesa, la licenciada, “Koko” o como la llamen vive apasionada por el deporte y no es hincha de ningún equipo, de cada partido saca un aprendizaje: “yo sin una cancha me muero”. Comprendió que las pasiones van más allá de los colores y de los límites. Toda una mujer sin color ni límites.

 

*Fotografías: Xiomara Tejada Tejada.