Jueves, 28 Junio 2018

Un viaje río arriba del Tamaná

Salimos del rústico puerto unos minutos más tarde de la una, al vapor de un sol brillante, que nos obligó a usar sombrero. 

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Por: Jenifer Martínez

Periodista

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Al bote se subieron unas señoras con su almuerzo empacado en cajas de icopor –las que botarían después al río sin ningún remordimiento–. La mayoría de pasajeros se saludan, preguntan por otros, cuentan historias de los pueblos de donde vienen: se conocen. Parece que ninguno teme, como yo, que por accidente nos vayamos al río. Era la tercera vez que salía de Nóvita en bote. Aunque así no lo hubiera querido, es la única manera de llegar a donde iba. 

He pasado mi vida entre dos ciudades capitales: Villavicencio y Medellín. Entonces, pensaba que lo más rural de Colombia eran las veredas donde vivían familiares míos en Cáqueza, o las haciendas ganaderas de Paratebueno, o los caseríos alrededor de los sembrados de palma africana del Casanare, o las fincas lecheras de San Pedro y Entrerríos.  

En  casi todo el Chocó, la manera más fácil de ir a las veredas y corregimientos es por río, porque todavía no atisba un kilómetro de desarrollo, ni con vías indecentes, como las que tiene el departamento. Los viajes en bote son hasta de 4 horas. En algunos casos, los chocoanos rurales deben hacer transbordo a pie, luego navegar otro río y, ahí sí, la casa: de madera, piso rústico, probablemente sin luz ni agua potable ni señal telefónica ni una tienda vecina. Casas como las de Juntas del Tamaná, poblado para el que íbamos. 

 

 

Después de una hora de viaje la algarabía amaina. Todos pierden la mirada en esas montañas de selva espesa o en la bruma de un río amarillento, que a veces va llevando al mar tarros vacíos de aceite negro. Solo se escucha el ruido del motor y del agua surcada por el bote. El cielo es reducido por las imponentes montañas. No somos más de quince personas, en medio de una vasta naturaleza. De repente, al borde de ese verde profundo, aparece una casa –de tabla, como son aquí—. Allá alguien levanta mano, saluda, se despide; de este lado alguno le corresponde y grita “adiós”. Volvemos al mutismo; la soledad se queda allá. La sensación que me atraviesa el cuerpo es de abandono. Tal vez ese sea el precio de la libertad de estas comunidades afro.

El bote en el que vamos, es la ruta Juntas - Cabera municipal. Sale del corregimiento a las 6 de la mañana y se devuelve de Nóvita a la una de la tarde. Lo raro es que no pare en cuanto caserío haya al paso. Si no es que alguien se baja –o se sube—, hay quien espera una pipeta de gas, unas medicinas, el mercado, dinero. Los bolsillos del motorista viajan llenos de devueltas y notas –guardados en bolsas plásticas para que no se moje el mandado— que por puro conocimiento de causa, no se confunde de qué es ni para quién. 

Esta vez, seis niños esperan el arribo. El motorista baja una estufa de gas de dos puestos y ellos se la llevan cargada en sus hombros, hacia un lugar que no es visible para nosotros. Seguimos. 

 

 

En el Tamaná desembocan quebradas de un azul verdoso que no había visto personalmente hasta ahora. Desembocaduras en las que se ha hecho comunidad: personas que comen chere y mampí, que beben viche, que viven del oro. En el Chocó “ir al monte” es ir a trabajar, es ir a buscar oro de la manera ancestral. Aunque aquí también se aprendió de la otra forma. Las multinacionales a las que les dieron a explotar alguna vez nuestra tierra, enseñaron a sacarlo con máquinas, arrasando las orillas, desbaratando los ríos. Río arriba, el Tamaná se ve maltratado. 

-Menos mal que la naturaleza es un ser vivo y se recupera.

Le digo a mi compañero de viaje, buscando una hálito de esperanza. 

-Lo intenta, dice. Pero productiva no vuelve a ser más… al menos no en este tiempo.

Me explica él, mientras miramos montañas abiertas en sus entrañas y morros de arena en medio del río, que ya empiezan a ser coloreados por la hierba. 

 

 

Cuando los otros pasajeros conversan, se refieren a la carretera de Itsmina a Nóvita que nunca se construye, al valor del cilindro de gas, a la fiesta del fin de semana anterior en Condoto, a la muchacha que se fue a vivir a Pereira, al niño que la Madre de agua hizo ahogar. De vez en cuando se ven navegar botes de motor; bajar, al capricho de la corriente, balsas rebosadas de plátanos, y, en las orillas, cruzar tranquilas las canoas, que aquí llaman champas. Entre murmullos y contemplaciones, también veo transitar por estas aguas hombres uniformados de verde como la selva y botas pantaneras.  

La primera vez que se llega a Juntas, uno no comprende muy bien que ver desembarcar y, todavía más, ver embarcar un bote, para los pobladores es un ritual. Uno no aprecia la pluviosidad de este rincón de Colombia, que garantiza que llegue agua a las cocinas. Uno no sabe lo que significa depender de una planta de energía comunitaria que se apaga aun siendo joven la noche, ni lo que es no poder tener un refrigerador en casa para conservar los alimentos. La primera vez que uno sube a Juntas, no logra entender, sobre todo, que, río arriba del Tamaná, legítimamente, no le pertenece al Estado. 

 

 *Fotografía: Jennifer Martínez