Martes, 07 Noviembre 2017

¡San Pacho y San Pachito se tienen que acabar!

En la actualidad, las fiestas vienen siendo objeto de crítica dado que su organización no promete innovación y despliegue en la gestión de la cultura como opción de bienestar social.

twitter
facebook

Por: Yeison Arcadio Meneses Copete

Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla.

 

El 3 de septiembre de cada año se anuncia el inicio de las Fiestas Franciscanas, San Pacho. Desde el año 1648 estas fiestas rinden honores al patrono de la ciudad, San Francisco de Asís; al que producto de una relación de fe y cotidianidad particular, le llaman San Pachito.

En el 2017 se celebró la versión 369 del mencionado evento. Desde sus inicios este gran evento socio-cultural era dedicado y sostenido por la devoción hacia el santo católico en la ciudad. En este sentido, la celebración encontraba en los rezos, las misas y la balsada que bajaba por el río Atrato. Hacia 1926 las fiestas tuvieron un viraje, según la tradición, animados por el sacerdote Nicolás Medrano, los habitantes de la capital chocoana integraron comparsas, desfiles y disfraces en homenaje al patrono. De esta manera la fiesta se convirtió en un referente religioso y cultural. Formalmente del 20 de septiembre al 5 de octubre se desarrollan las fiestas. Desde otras miradas, estas fiestas están permeadas por un gran proyecto colonial; tal vez la forma más profunda en que se permearon las conciencias y se doblegaron los espíritus de afroamericanos e indígenas: la avanzada religiosa cristiano-católica como únicas posibilidades para alcanzar la libertad.

Sin embargo, en las últimas décadas las comparsas, desfiles, balsadas, las chirimías, comidas típicas y los disfraces de San Pacho dan un cambio, lleno de muchos coloridos y sobre todo de crítica social relacionada con las dinámicas políticas, sociales, económicas y culturales de gran relevancia para la ciudad. Hay una innegable tradición de organización política y comunitaria detrás de las fiestas: las personas en los barrios se dividen el trabajo, arreglan las calles, se elaboran los disfraces, todos se disponen para la recolección de fondos y la elaboración de todo lo que distinguirá el barrio en el desfile de ese año, de manera que este sea representado con altura (Rogerio Velásquez, 1960).

En la actualidad, las fiestas vienen siendo objeto de crítica dado que su organización no promete innovación y despliegue en la gestión de la cultura como opción de bienestar social. Además, se han sumado coreografías modernas permeadas sobremanera por la sexualización de los cuerpos y la explicitación del deseo sexual un tanto más explícito en las líricas. También, las músicas también han cambiado. Aunque aún permanece la chirimía como base musical; existen otros nuevos ritmos que han llegado con más fuerza a las nuevas generaciones. Asimismo, los coloridos vestuarios y ritmos importados de carnavales y de una memoria africana que esporádicamente “se pone de moda”. Las fiestas franciscanas ya han dejado de ser la Fiesta programada para instaurar la colonialidad y adormecer el carácter de los pueblos. En todo caso, San Pacho, para la alegría de algunos y para otros el degenero, se ha felizmente paganizado y hay una amenaza latente de minimizar su carácter político y formativo. Pero no se ha quedado en Quibdó, ahora ha viajado hasta las ciudades como Medellín y Cali.  En Medellín, es celebrado desde hace ya 22 años por la Asociación Intercultural Colombia Diversa (AICOLD). Aunque el evento oficialmente se llama Festival de la Diversidad, afromedellinenses, afroantioqueños y chocoanos residentes en Medellín, le llaman San Pachito. La verdad es que “el sanpachito en Medellín ya no es un pequeño desfile gestado por el querer devocional de algunos chocoanos en la ciudad” (Arleison Arcos Rivas, 2014). Son miles de personas al son del bunde y el busto del santo católico San Francisco de Asís, quien comanda.

La crítica

En los últimos años la celebración tanto de San Pacho como San Pachito ha tenido grandes cambios, esta vez, desafortunados. Por un lado, actos de violencia (peleas, apuñalados, accidentes) bajo la complicidad de las autoridades del Estado se han apoderado de los espacios. En la ciudad de Quibdó, la versión más reciente fue precedida por un acuerdo entre los grupos armados y la administración municipal; puesto que los días y meses anteriores la ciudad ha sido violentamente tomada por el paramilitarismo, bandas, el desempleo y la desesperanza.

De otro lado, las fiestas franciscanas cada vez logran mostrar más coloridos, bellas figuras, bailes modernos y prevalecen afortunadamente los disfraces con contenido crítico; sin embargo, en la actualidad pareciera no haber un proyecto cultural, social, político y económico sostenible y potenciador de las capacidades locales ni implícito ni explícito.

Ambos eventos están más cercanos a las dinámicas del consumismo, el individualismo, el clasismo y el mundo líquido de hoy, que en la preservación de la memoria, el empoderamiento político, económico y la construcción de una identidad solidaria. Del mismo modo, las fiestas tampoco constituyen un referente donde se haga reflexión y reconocimiento del valor histórico y presente de las músicas, las danzas y demás aspectos relevantes de la cultura local. La danza y la música autóctona no tienen una agenda o procesos de gestión para su difusión, producción, reproducción y procesos formativos fuertes. Tal vez esta sea una de las causas porque otras músicas asociadas al consumo están llegando con mayor fuerza y se escandaliza la sociedad, pero en últimas es lo que impone el mercado y a lo que estas generaciones están teniendo acceso.

En otro sentido, el San Pacho ha olvidado la naturaleza diversa de Quibdó, el Chocó y de las mismas fiestas en sus raíces. La articulación de las comunidades indígenas a las celebraciones de San Pacho, como posibilidad de quebrantar ese imaginario que dificulta ver los colores de las culturas, lenguas y etnicidades del Chocó. Y finalmente, en términos económicos no hay un balance que permita valorar los ingresos que genera a los pobladores y cómo podría traducirse este en bienestar o posibilidad de crecimiento económico.

Los grandes ganadores de las fiestas son  Aguardiente Antioqueño, Ron Viejo de Caldas, Bavaria, Águila, etc. Pero si las Fiestas Franciscanas llueve, en el San Pachito no escampa. La versión 2017 estuvo marcado por el desorden y lamentablemente por una tragedia. El sin rumbo. Algunas voces critican la precaria organización de un evento que ya debería ser mucho más maduro por el peso de lo que debería significar y ya por el número de personas que convoca con una insipiente publicidad. Si bien esto no debe significar que se acaben las fiestas o que es responsabilidad de los organizadores; sí resulta imperioso que la organización del evento revise las dinámicas de organización, solidaridad, fraternidad, pensamiento y humanismo que promueve. La fiesta no puede continuar como si nada o bajo la idea de una “catarsis colectiva” que no lleva a un mejor estado de cosas y tampoco al bienestar de las personas. Menos cuando hay muertes de por medio y un devenir incierto.

Lo que podría ser el devenir de San Pacho y San Pachito

San Pacho y la Fiesta de la Diversidad en Medellín deben y pueden ser más. Ya son siglos de conmemoración del San Pacho en Quibdó y más de 15 años de conmemoración en Medellín. Por consiguiente, es apenas justo que las fiestas tengan un propósito identitario, (etno) educativo, organizativo, movilizatorio, cívico, cultural, económico y político mucho más preciso. En este sentido, estas deben convertirse en la excusa para que los pueblos unifiquen criterios frente a lo que se quiere hacer de Quibdó, el Chocó y de la ciudad de Medellín desde la afrodescendencia. Este espacio puede ser un punto de encuentro entre organizaciones para hacer de Medellín y Antioquia lugares que reconozcan la afrura como constitutiva. Pusimos los primeros ladrillos y bareques de la ciudad. La ciudad nos pertenece, también.

Aunque el evento constituye una muestra de apropiación de la ciudad, resulta necesario intencionar que estos espacios eleven el espíritu, la organización y la identidad de manera sostenida. Además, convertirlo en un espacio para la interculturalidad crítica y la desalienación propiamente ¿Cómo hacerlo? ¿Qué tal si las organizaciones se juntan a pensar las próximas eventualidades y a concretar una agenda de ciudad desde la cultura?

De otra parte, el carácter político y cultural crítico de las fiestas franciscanas (disfraces) no se evidencia en las fiestas en Medellín. Entonces, vendría bien recuperar los disfraces y memorias emblemáticas de las fiestas franciscanas, de las elaboraciones culturales y artísticas de afromedellinenses y Antioqueños en su diversidad ¿Qué tal en pensar que las diferentes comunas hagan sus disfraces o comparsas de forma crítica? Avivar valores que han viajado desde la oralidad y toman cuerpo en cantos, versos, poemas, danzas y comparsas debe ser un objetivo claro.

Ambas fiestas deben dar lugar a la reproducción de valores, fortalecimiento de capacidades desde las artes, empoderamiento económico, el crecimiento organizativo sostenido, introducir las reflexiones frente a la realidad de las comunidades y sobre todo el San Pacho de debe ser un grito de dignidad. Y particularmente, frente a San Pacho, dado que estas son parte de sus fortalezas sería necesario avanzar hacia la generación de empleo, formación histórico-cultural chocoana y pacífica, promoción de la cultura local, turismo ecológico y cultural, turismo crítico-urbano, ofertas formativas, ofertas artísticas, promoción de la música y artistas de música autóctona y sobre todo pensar en el acondicionamiento de su infraestructura para generar bienestar sostenido a sus gentes y visitantes desde siempre. Llevar el San Pacho más allá del Bunde, balsas y verbenas. La cultura debe convertirse en una opción de bienestar sostenido para nuestras gentes.

Para concluir, cuando pienso en fiestas veo dispositivos etnoeducativos. El Chocó con su riqueza humana, cultural y lingüística tiene mucho que enseñarle a Colombia y el mundo. Es la altura que debemos darle a nuestras fiestas. Esa constitución plural debe estar viva en los escenarios de nuestras fiestas. Estamos en mora de un gran Museo de San Pacho en donde se recorran los diferentes disfraces ganadores y la historia de la ciudad y las fiestas. Asimismo, una opción para la construcción de paz en las comunas de Quibdó y Medellín.

Los conflictos entre jóvenes, deben ocupar a las y los organizadores y a la sociedad en general. Entonces, generar procesos de formación con jóvenes en las comunas para que luego lleguen con participación activa y organizada. La vida de nuestro(a)s jóvenes que se enfrentan debe importarnos y llevarnos a presentar soluciones desde este mismo espacio en el que se han venido manifestando desencuentros entre ellos y ellas, poniendo en riesgo vidas. La solución no es sacar a “eso(a)s desadaptado(a)s, de esos barrios, chochas, lo(a)s que nos hacen quedar mal, esas peladitas, entre otros”. Sería mejor acabar con nuestros clasismos, sexismos y racismos. Considero pertinente convocar el talento de las comunidades de barrios periféricos; desarrollar talleres de formación en los barrios; promover intercambios entre los barrios; vincular las instituciones educativas y tematizar la participación.

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.