Viernes, 12 Septiembre 2014

San Antonio: más que una R -Romance, Rumba y Robos-

 

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Por: Leidy Ramos

 

El Conjunto Urbano Parque de San Antonio, como fue denominado en sus inicios se construyó en 1994 y surgió para evitar la expansión de una zona deprimente del corazón de Medellín, repleto de cantinas y prostitutas. Acostumbrados a las montañas y a ver el paisaje en escala, la plaza de San Antonio se diferencia de otros parques por ser excesivamente plano y amplio. Abierto y de grandes proporciones, el horizonte queda al descubierto y permite visualizar los imponentes edificios del Banco de la república y el Hollywood. Sin embargo, ni la Venus despierta del maestro Fernando Botero, ni  su particular panorámica, lo eximen del estigma que lleva a cuestas: uno de los atracadores más famosos del centro Medellín. Paradójicamente, el nombre del lugar es alusivo a un santo que según las religiosas, se le reconoce por encontrar objetos perdidos, pero existe la fama del que llega a San Antonio los pierde en cuestión de segundos y nunca los encuentra.

A menos, de que se eche la pasadita por los baños y le pregunte a Andrés. Él ahí encuentra desde cartucheras, bolsos, billeteras y cualquier cascarón vacío que le resulte insignificante a los dueños de lo ajeno; ladrones que normalmente allí realizan el “inventario” e incluso, para evitar sospechas depositan lo que no les sirve dentro del inodoro y terminan afectando el servicio. “Hace poco estuvieron los de mantenimiento despegando un baño porque estaba taqueado, cuando fueron a ver era una tarjeta de crédito”, cuenta aún con asombro Andrés. 

Él es el menor de dos hermanos, tiene 24 años y hace año y medio dejó de vivir con su familia con el propósito de construir una propia: “tengo una nueva familia, digámoslo así, convivo con una muchacha, ella tiene una hija pero no es mía”. Ya son más de tres meses en los que trabaja en Son y Sabor, un amplio salón que reúne varios establecimientos comerciales: restaurantes, salsamentarías y bares. Su función: cobrar la entrada al baño y mantener el espacio limpio; su motivación: ser un colombiano privilegiado que posee un trabajo cómodo (la mayor parte sentado y aseando el sitio), “bien pago” (gana un salario mínimo más prestaciones sociales) y sin la presión de un jefe o supervisor. 

Estos establecimientos tienen grandes ventanales que dejan ver las banderas amarillas del éxito, las palmeras del parque y la pequeña tricolor en el Coltejer que en días de verano bailan a un mismo ritmo y al son del viento. De cara al éxito se encuentra el Boulevar artesanal San Antonio, que en sus 52 módulos permanentes venden las manualidades que la naturaleza y la creatividad pueden ofrecer. En la esquina nororiental del parque y muy cerca a los artesanos, que poco o nada tienen que ver con las distintas dinámicas del parque, está “La Puerta de San Antonio”, del maestro Ronny Vayda. 

Al ritmo con ´Son y Sabor´

Son las 4 de la tarde y Andrés se prepara para recibir a la clientela fija de los sábados, el día más activo de toda la semana; consumidores frecuentes que luego de hablar, cantar, bailar y tomarse una cerveza al ritmo del vallenato necesitan descargar su vejiga en los sanitarios que este joven administra. 

En una noche pueden ingresar a los baños un promedio de 1600 personas; en su mayoría, hombres. Las mujeres que visitan el lugar suelen ser pocas, casi siempre vienen acompañadas y es muy raro que lleguen solas. 

La mayoría de sus visitantes provienen de la costa atlántica y pacífica, con quienes reconoce no llevársela muy bien y con los que ha tenido más de un altercado; “No es por despreciar a los negros, pero por lo menos los que vienen acá, no se pueden tomar un trago porque ya se creen mucho. Le ponen problema a uno por cualquier cosa, hasta por pagar la entrada al baño, que cuesta 300 pesos. Aquí toca saberlos llevar, sino uno resulta peleando cada ocho días”. 

Han pasado largos días desde que Andrés tuvo su última rumba; cuando empezó a trabajar los fines de semana en el parque ya no escucha ni baila su música preferida. Ni Silvestre Dangond, ni un Diomedes lograrían emocionar el rostro de este hombre que literalmente afirma que “se mama de escuchar vallenato, eso es lo que le gusta a ellos, más no lo que le gusta a uno”.  

Es la una de la madrugada y luego de una intensa jornada, su mirada apagada y la sombra de unas profundas ojeras reflejan el cansancio. Hace algunos meses, Andrés Mesa, no tendría las agallas suficientes para atravesar la plaza a media noche. Desde que trabaja en Son y Sabor ya se le ha vuelto costumbre recorrer esta zona de la ciudad que a esa hora es un parque solitario, habitado por borrachos e indigentes que como muñecos se tiran en el suelo hasta que la inconsciencia y el frío lo permitan. Aunque hoy tiene una imagen positiva del parque, advierte: “Uno puede caminar tranquilo por acá, eso sí no de papaya, no se ponga de visajes a sacar cosas de valor. La idea que se tiene de que el que pasa por aquí lo atracan, tampoco es cierto. Sí, hay que tener cuidado y precaución pero no es tan peligroso como dice la gente”. Con un caminado tranquilo y seguro, Andrés se aísla del lugar y culmina su jornada laboral con la satisfacción del deber cumplido. 

La ´Plaza de los Negros´ y lo ‘negro del parque’

El Pájaro, del maestro Fernando Botero, es de las cuatro esculturas del Parque de San Antonio, la obra que más polémica ha ocasionado por su relación con la paz como símbolo. Eran las 9:30 de la noche cuando en la celebración de un evento estalló la bomba escondida en esta escultura. En el atentado murieron 29 personas, la mayoría provenientes de la costa pacífica y que asistían al concierto de vallenato que se celebraba ese día. Actualmente aún está el recuerdo del desastre, El Pájaro reventado y en la parte inferior, una placa con el nombre de las víctimas de ese 10 de junio de 1995. La figura no fue retirada por deseo del mismo Botero y a su lado, se instaló un pájaro intacto; el temor de otra bomba sigue presente. 

Y es que la poca seguridad sigue siendo uno de los problemas que se evidencia en el parque. En cada turno de la jornada, de tres a cinco guardias, se encargan de vigilar los locales comerciales y los 33.000 metros cuadrados del espacio público. Los policías bachilleres rondan de vez en cuando, pero el control se hace ineficiente para una zona tan amplia. Entre semana los robos no son tan frecuentes. Sin embargo, todos los días a la hora del almuerzo se reúnen por el costado de Junín, considerado el más peligroso de la plazoleta, ladrones apartamenteros y expertos en adueñarse de lo ajeno sin que la víctima lo note.  

James Murillo Chaverra y Yarleidis Mena son los responsables del funcionamiento de Morenas Color, una peluquería de la plaza, administrada por chocoanos y especializada en cortes afro. James, debido a su trabajo, lleva cinco años observando la dinámica de este parque. Comenta que lo negativo del lugar es el desorden, la fama negativa, los brotes de robo y de violencia que aún no cesan. Sin embargo, destaca que desde hace un año es notable la presencia de policías y que situaciones tan frecuentes como el “raponeo” se han reducido de forma considerable. 

De esta forma, para muchos de los que trabajan en el sector, es visible la intención de cambiar la mala imagen e incluso hace algunos meses se instalaron varias cámaras de seguridad distribuidas en sus zonas principales. Yarleidis, administradora de la peluquería, además asegura que desde que se hicieron las reformas en la construcción del parque (bancas, arborización, mesas de ajedrez), la gente ha vuelto a llegar y poco a poco se ha ido perdiendo el temor de frecuentar el sitio. La joven recuerda que en años anteriores la clientela de la peluquería iba en declive debido a la inseguridad. Sin embargo, ella ahora siente un parque mucho más seguro, se roba menos y los vigilantes son más precavidos. “acá no sólo se puede venir a rumbear sino a sentarse y a relajarse”.

Yarleidis es experta en belleza, tiene 29 años y aunque nació en Quibdó, ha vivido la mayor parte de su vida en Medellín. Morenas Color la integran ocho trabajadores. Todos provienen del Chocó y el requisito fundamental para trabajar en la peluquería, es conocer el manejo del cabello afro: “Si no saben es que mejor que no vengan porque el negro de por sí es muy creído”, afirma Yarleidis sin reparo alguno. La peluquería está al final de los bares que quedan al costado de Junín.

Aunque la joven administradora no lo menciona como requisito, sí confiesa que prefiere que sus trabajadores sean negros. Desde su apertura en el 2007, Morenas Color, nunca ha tenido peluqueras ni peluqueros distintos a otra etnia. Ella explica que esto se debe a que los clientes son muy exigentes con el manejo del cabello, que en su mayoría frecuentan el lugar en búsqueda de cepillados, extensiones y barbería en los que la comunidad negra ya tiene su prestigio; Incluso, según Yarleidis, muchos clientes visitan la peluquería porque les gusta cómo el negro trata el cabello.  Esta joven robusta y de marcada tez morena no niega que hay cierta discriminación en su local, pero ella lo justifica con una frase: “Nosotros nos criamos con el racismo y también lo somos”. Yarleidis, quien se siente muy orgullosa de sus raíces, no le molesta que la llamen negra y agrega: “a mí no me afecta que me digan negra, porque me digan eso no me voy a desteñir”.

Hay varias teorías que explican la razón que llevó a los chocoanos y costeños a apropiarse de San Antonio, como por ejemplo, el hecho de que la mayoría de las víctimas de la explosión del Pájaro eran de esas regiones. Sin embargo, para la mayoría de sus ocupantes lo más notorio es que debido a que está en el centro de la ciudad, se convirtió en el lugar preferido para este tipo de culturas que se fueron quedando para compartir su alegría con sus parientes, con los amigos, con su etnia. La cultura negra necesitaba su espacio, lo encontró y se apropió de él. 

Para Murillo, una de las razones que hacen atractivo al parque para estas comunidades, es porque aquí el afro consigue desde la parte gastronómica con la variedad de pesqueras y restaurantes especializados en comida de mar; la música que les agrada en los “rumbeaderos” al otro lado de la Oriental; hasta los cortes y la barbería al estilo que a ellos les gustan. Así mismo, destaca que como llega tanta gente afro, “gran parte de la cultura del departamento del Chocó se consigue en este pedacito de Antioquia”. Para Carlos Martínez, guardia del parque, se debe a que “la bulla los hace sentir como en casa. Yo he estado en el Chocó y las rumbas son muy parecidas a las que se hacen aquí”.

El vallenato es infaltable en toda la plaza.  De una forma particular, Yarleidis  cuenta que el Parque de San Antonio está divido en dos grandes zonas: una, que está hacia la Oriental, y la otra, cercana a Junín. “Por el lado de la oriental, es de gente normalita, paisa y todo eso. Y hacia Junín, se reúne la gente afro”. Para ella, la división se debe a que en el primero hay más visibilidad, mientras que en el segundo hay más variedad de locales y  están más encerrados.  Aunque en la zona cercana a Junín se escucha más champeta, en general se baila toda clase de música: desde el reggaetón, el reggae, la salsa hasta los ritmos propios del pacífico como la chirimía. Los negocios evocan en sus letreros ambientes de las comunidades tropicales y son comunes nombres como: El Solecito, Brisas del Pacífico, entre otros.

 

El gran conquistador

Cerca al costado oriental, se reúnen a diario un grupo de jóvenes dedicados a lustrar botas; mientras los clientes van llegando, ellos se entretienen cantando y haciendo palmas. Una botella de licor, gaseosa y cartas es lo que no les puede faltar al particular gremio de laboriosos; el ocio y el trabajo siempre van de la mano. Este grupo y en especial los hombres con espontaneidad y total libertad hacen del espacio un nicho reconocido. A las muchachas bonitas las llaman sin conocerlas, les lanzan frases atrevidas y luego les preguntan el nombre. 

Todos lo conocen como Larry. No es su nombre real pero le gusta que lo reconozcan por este. El parque de San Antonio es para muchos sinónimos de inseguridad. A pesar que existe seguridad privada y policías, Larry critica lo que pasa, “aquí existe algo que se llama la ´hora boba´, que es entre las 12:00 y la 1:00 del medio día, momento de la tarde en que más se vende vicio y eso que el CAI de la policía queda ahí cerca donde lo venden”. Cuenta además que los celulares son los más apetecidos por los dueños de lo ajeno, porque gracias al mercado negro les genera mucha más ganancia, por esto no es casual que en los pasajes comerciales ubicados frente al parque se vendan cantidades de celulares usados y repuestos. De forma tranquila cuenta sobre la buena relación que tiene con los “ladrones, matones y viciosos”. Y a su vez cuestiona: “¿Cuántas personas conoce usted? ¿Sabe lo qué hacen?, cierto que no”.

Siempre se encuentra con su caja para lustrar zapatos, su mejor arma para atraer mujeres: “si una chica me pregunta cuánto vale que le lustre el calzado yo le digo que eso es barato, le voy limpiando los zapatos, le hablo, la invito a tomar un fresco y aprovecho y le pido el teléfono”.

Sus 27 años le han servido para perfeccionar sus métodos de conquista y aunque tiene una relación estable y una hija eso no le impide llevarse una mujer a la cama. Larry, proveniente de Turbo, hace parte del famoso grupo de lustradores del parque; éstos manejan un ranking de mujeres, el que más consiga es el mejor, el más hombre. Sin pudor alguno comenta que él, al igual que sus compañeros de trabajo, tiene la cuenta de las mujeres que conocen en el parque y con las que se acuestan. “Aquí le llamamos La Suma cuando se conoce a una nueva mujer; el año pasado tuve seis Sumas”.

Cuando logran su objetivo, las llevan al deshuesadero o desnucadero, nombre designado a los moteles cercanos donde las llevan a “amanecer”. La mayoría de ellas son trabajadoras de calle, empleadas domésticas, estudiantes y desocupadas que caen rendidas por el “encanto seductor” de este hombre, que a pesar de considerarse feo con su creatividad sexual las atrapa. “Para dejar marcada a una mujer, hay que hacerlo así sea encima de un árbol, porque a la paisa le gusta el negro no sólo por la labia”, cuenta con una sonrisa algo pícara.  

Son estos los temas en los que Larry se desenvuelve como pez en el agua. Según el experto en conquista “La mujer que viene aquí es muy descomplicada y no porque use falda corta es puta, sólo se está rebuscando con que comer esa noche”.

Este moreno alegre encuentra en este parque un espacio para no aburrirse; cuando hay poco trabajo, él aprovecha para jugar ajedrez en una de las mesas y observar de paso a las mujeres solas y lanzarle alguno de sus piropos.

Además, es un experto en menjurjes naturales: “El Parapalo” es para la potencia sexual masculina, “La Mosquita” sirve para cuando las mujeres no pueden tener hijos (para calentar la matriz recomienda que se deben consumir productos calientes como la canela y la nuez moscada acompañadas con viche, un licor casero muy consumido en el pacífico), “La Riñonera”, que sirve para el dolor en los riñones. Todos estos productos son hechos por Larry y los precios de cada botella están desde 70,000 pesos.  

Hace 10 años llegó a Medellín, sólo estudió hasta séptimo de bachillerato y lustrando es como obtiene dinero extra para sostener a su familia y consumir sus infaltables cervezas: “bebo casi todos los días. Vivo sabroso, consigo plata y mujeres”.

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Detrás del parque, cruzando la calle Amador está la iglesia de San Antonio de Padua, construida entre 1884 y 1902 y  que hoy es patrimonio religioso, artístico y arquitectónico de la ciudad. El referente religioso no hace parte del imaginario de sus visitantes. Algunos, ni siquiera recuerdan su nombre. En otros, genera cierta empatía porque vinculan la construcción del monumento con un santo que ayudaba a los pobres.

En su planeación fue pensado como un lugar para realizar eventos culturales y de congregación masiva, hoy es un espacio que poco cumple con esta idea.  Sus atractivos no han sido suficientes para llamar la atención de las mayorías: obras de arte sin apreciar que son cuatro sombras esculpidas, un teatro al aire libre inutilizado, una “gran puerta” que cada vez se aleja más de los pilares sobre la que fue construida; y el exceso de gris en su centro que sólo es aprovechado por algunos fotógrafos y los que alquilan carros infantiles. Para muchos, este lugar sigue siendo más un lunar que un sitio representativo para la cultura antioqueña, pero que si es un sitio de gran importancia para muchos afrodescendientes que habitan la ciudad, una forma de sentir un poco el ambiente de los lugares de donde provienen.

Pocas veces a los turistas les interesa tomarse fotografías cerca a las esculturas. Pese a eso, ellas siguen presentes y de una forma caricaturesca siguen haciendo de las suyas: el torso que termina mostrándole la nalga a la comunidad franciscana, el pájaro que empolló una bomba y la chica gorda que en una posición relajada le da gusto a todo aquel curioso que la quiera tocar.