Martes, 30 May 2017

Relatos espirituales desde el monte: estructura religiosa en la ciudad

Las diferentes situaciones que han hecho que nuestra crianza
no sea en nuestros lugares de origen, marca un deseo profundo
por redescubrir nuestro pasado y encontrarnos con esa historia oculta
que siempre será parte profunda de nuestro ser.

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Por: Víctor Hugo Mosquera

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Antes de profundizar en la espiritualidad que me ha marcado y formado para bien y para mal, quiero contextualizar un poco mi tránsito y mis espacios. Soy el número tres de cinco hermanos, nací el 19 de septiembre de 1977 en el pueblo de Santa Rita de Iró, en Condoto (Chocó), hoy hace 11 años convertido en municipio. Mi nacimiento fue por parto natural con partera y con el ombligo enterrado en la tierra como se acostumbra; no fue un parto fácil, de hecho, me cuentan que mi madre casi muere al parirme por lo que me colocaron el apodo de Matamama. Soy hijo de Víctor Hugo Mosquera Mosquera y Sulma María Sánchez Pera, nieto de Dominga Mosquera y Manuel Impío Satanás, por parte de mi padre, y por parte de mi madre, Manuel Sánchez y Ana Perea.

Según algunas historias que me han contado, desciendo de la familia de Ana Rosa Perea quien llegó a esta tierra en tiempos de la esclavitud, ella le compró esta tierra a unos paisas que años antes “se la habían quitado a unos indígenas” y se las dio a los negros que no tenían tierra. Ella llegó con su hijo a quien le dio una parte de la tierra y de allí se desprende otra descendencia, lo que implica que -en palabras de mi tío Juancho cuando me contó sobre el derecho a la tierra-: “todo eso que usted ve allá es de Ana Rosa Perea, usted desciende de ella y eso otro es de su hijo, pero no importa, mijo, como él era su hijo, eso también es suyo”; explicación con la cual me quería dar a entender que podía hacer uso de la tierra, pero no podía venderla porque los dueños son muchos.



A los tres meses de edad me trajeron a Medellín donde he vivido la mayor parte de mi vida, mi infancia transcurrió en la condición de un niño negro, pobre y con unos padres que trabajaban la minería en el municipio del Bagre. Mi madre venía cada tres meses y mi madre padre dos veces al año; nos dejaban un mercado para cubrir todo ese tiempo y los vecinos siempre pensaban que íbamos a montar una tienda. Año tras año anduvimos cambiando de casa y yendo de un barrio al otro como le suele suceder a todos los pobres llegados a esta ciudad, pero con el tiempo y como muchos lo han logrado, pudimos comprar un terreno y construir nuestra casa.

Temor y negación de mi historia

Los recuerdos que tengo de mi espiritualidad a temprana edad están cruzados por el temor que le tenía a algunas historias que le escuchaba a mis papás y a mis tíos cuando se reunían sin la presencia de niños, mi imaginación era abundante y al tratar de recrear esos seres escuchados en las conversaciones, los actos que cometían mis temores se reproducían más; a esto hay que sumarle el hecho de que la educación católica que recibía desde la escuela y la televisión influían en hacerme suponer que todas las historias eran cosas del demonio y la brujería. Todavía recuerdo algunos de esos seres: personas que se convertían en mitad animal y que se comían a otras personas, medallones mágicos con los cuales se podía contener estas transformaciones, rezos, secretos, peces monstruosos como el quicharo que podía crecer tanto que volteaba embarcaciones para comerse gente en Semana Santa, almas en pena, gente que volvía de la muerte, bebidas para bien y bebidas para mal.

Ahora comprendo que todo este temor estaba motivado por la confrontación abierta que ha tenido la iglesia católica con todas las expresiones espirituales que no estén consagradas en su seno; mi conciencia era, es y seguirá siendo el campo de batalla entre lo profano y lo sagrado. La prohibición de contactar a los muertos y de hablar con los antepasados, en mi caso, fue infundada con el temor a la tabla ouija y el peligro que esta representaba al permitir que espíritus malignos se apoderaran de mi cuerpo y de mi alma. Poco a poco fui construyendo una negación y un temor por esos asuntos.



Recuerdo que en una ocasión me comentaron sobre algunos jóvenes que habían participado de una sesión en la cual una joven había sido poseída; este comentario causó histeria colectiva en el barrio. Años más tarde, en son de burla con unos compañeros, decidimos jugar algo parecido con unos garabatos dibujados en una hoja de papel, y aunque me tenía miedo, participé para no mostrar cobardía, lo que me costó no poder dormir bien durante unos cuatro meses debido a las pesadillas y el temor a estar solo y ser poseído.
Fui a una iglesia evangélica a la que asistía una hermana, con la intención de calmar mi angustia; participar me sirvió un poco, pero al final tuve que asumir por mi cuenta la pelea con mis temores.

Siempre había sentido que no encajaba en todo ese discurso católico, pero al mismo tiempo sentía temor de esa otra parte que estaba en mi familia; mi confusión aumentaba cuando los veía practicar formas de espiritualidad africana y católica. Poco a poco me fui alejando de lo que me habían enseñado en la iglesia y en clase de religión, y ya no participaba en la Semana Santa. Me asumí como un ser que no es de aquí ni de allá, y así transcurrí durante muchos años buscando una  explicación científica a mis temores; sin embargo, seguía cumpliendo algunos ritos católicos para responder a la presión social: me casé y bauticé a mi hija. Aun así, seguía buscando la manera de acercarme a esa herencia perdida sin que me causara temor.

Respecto a nuestra educación religiosa o espiritual, mis papás nunca tuvieron una posición definida; de hecho, me acuerdo que nos dijeron que creyéramos en lo que quisiéramos y que si no queríamos ir a misa no había problema, algo que para los años ochenta no se acostumbraba en una sociedad tan rezandera y conservadora como la antioqueña. Esta posición siempre me permitió estar sin estar; es decir, de participar en todo lo religioso a nivel social pero no dejarme sumergir en las creencias.

El racismo fue un elemento que siempre me generó rechazo por la iglesia católica: me veía como pobre, negro y la gente me veía con pesar. La constante era ser el único negro en los espacios en los que participaba, así que me sentía solo y forzado a estar en un sitio donde yo era el único diferente: el padre era blanco, los santos eran blancos, las monjas eran blancas… Era un mundo de blancos y los negros aparecíamos en las historias tristes como esclavos y, en la cotidianidad, como burla de amigos y compañeros de clase. Muchos que me conocieron dirán que mi infancia religiosa transcurrió de manera normal como la de cualquier niño de la época, pero ese discurso sólo resulta cierto porque nadie quiere reconocer la imposición religiosa y racista, además de que yo hice todo lo posible por acomodarme, por blanquearme.  

El retorno de mis huellas afro espirituales

Una vez superados en gran medida los miedos infundados en mi infancia a las huellas espirituales africanas, pude ir encontrando maneras de acercarme y reconocerme en ellas. Empecé preguntando por los cantos funerarios a quienes en el pasado les tenía mucho miedo. De ellos recuerdo que viajé por primera vez de regreso a Santa Rita a mis 11 años, mi abuelo materno acababa de morir y yo tenía pendiente sacar de nuevo mi registro civil y para eso me tenían que llevar personalmente.



Ese viaje fue un reencuentro con todos mis miedos, el viaje era por agua y allí afloraron todos los recuerdos de aquellas historias, tenía miedo de meter la mano al río cuando íbamos en la panga porque de pronto un quichiaro me podía morder. Sin embargo, en mi decisión por superar mis temores y demostrarme que sólo eran cuentos fantasiosos, metí la mano, pero sólo pasaron unos segundos y mi mamá con una mirada de temor y rabia me hizo dejar el agua para que no fuera a llamar un pescado malo.

Como era de esperarse, mi miedo no fue superado, incluso se arraigó con más fuerza y me hizo sentir indefenso frente a todo lo que era nuevo en ese momento para mí. Cuando llegamos al pueblo ya en la noche y con la urgencia de estar a tiempo para la última novena de mi abuelo, lo que encontré fue un pueblo parcialmente sin luz eléctrica y, para acabar de ajustar, esa parte era donde nos quedaríamos. Recuerdo que llegue con un cansancio impresionante y con la mente muy sugestionada por todo lo que había imaginado en esas veinte largas horas de viaje en bus, jeep, panga, bote y pie.

Siendo ya las seis de la noche en un pueblo incrustado en el monte, donde las estrellas y la luna predominaban, tuve la confrontación más aterradora; sólo recuerdo que estaba cambiándome para ir a visitar a algunos familiares y, cuando me quitaba el pantalón, comencé a escuchar unos cantos a lo lejos que me estremecían y un sueño tan pesado que me doblegaba, por más esfuerzo que hacía para mantenerme despierto, en ese momento sentía una fuerza que me dominaba, sentía como si me estuvieran enterrando vivo; aun hoy tengo imágenes de la recreación que mi mente hacía de gente cantando en un cementerio. Fue una experiencia que se sintió tan real, que podía verme en la cama con los pantalones en la rodilla escuchando esos cantos hasta el momento mismo de despertarme.



Hoy en día participo del movimiento afrodescendiente en Colombia y esto me ha permitido acercarme a la santería descendiente de la espiritualidad Yoruba, inicialmente lo hacía de manera tímida pero el interés por conocer otras formas espirituales que tengan una cercanía positiva con mi identidad, ha ido creciendo. Estos pequeños acercamientos me han posibilitado recuperar la conversación con los muertos cercanos y mis ancestros, algo impensable en el pasado; me han dado cierta calma en momentos difíciles sin sentir que me tengo que ceñir a una estructura religiosa que dictamine todo mi accionar.

Siento que mi espiritualidad no está definida y la verdad no me interesa formalizarla. Como antropólogo, quiero seguirme acercando a toda la espiritualidad afrodiaspórica y disfrutar de su gran riqueza. Hoy, que por fin mis miedos no son mayores a mi curiosidad, puedo conversar con esa parte negada de manera cotidiana, así, la lucha afrolibertaria y la antropología han dispuesto todo un arsenal discursivo para ennegrecer lo blanqueado, es ahora cuando mi espiritualidad renace sin ataduras.