Viernes, 01 Febrero 2019

¿Por qué me hice afrofeminista?

Sin pretensión alguna de parecer o ser víctimas, la realidad de vida durante el ciclo vital de una mujer negra en Colombia es tan crudo todos los días de su existir con o sin privilegios, que aceptar el afrofeminismo supone entender otras realidades que nos atraviesan,

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Por: Kelly Montaño David*

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Además de aceptar esas realidades  implica lidiar con una carga de hechos violentos, crueles y desdeñosos, que resultan difíciles de procesar; son cargantes y no sabes qué hacer con todas esas intersecciones. A veces es mejor no enterarse de ciertas verdades.  

Cuando cumplí 14 años, le dije a una compañera del colegio que deseaba tanto ser tonta, que quería ser leída solo como un cuerpo o una cara bonita, esto se lo dije porque había empezado a entender cómo funcionaba el racismo estructural, esa constante opresión que tenía debido al acoso sexual en la calle y esa constante rivalidad entre mis compañeras de bachillerato a la que era empujada en el Liceo Femenino donde estudiaba. En ese instante, culpé todos los días de mi vida a mi madre por haber trasladado nuestra residencia a esa ciudad del caribe totalmente racista, sin identidad, fuera de todo orden político y llena de pobreza. En ese lugar no me pude negar a mi destino, era una de las alumnas destacadas en muchas materias no por las notas obtenidas sino por la capacidad de hacer resistencia política y exigir mis derechos.

A medida que crecía en intelecto y en discurso político, empecé a evidenciar ciertas realidades que me incomodaban e inicié una revolución en mi casa debido a que mi hermano mayor no lavaba los baños, no sacaba la basura, no cocinaba, ni hacía aseo; pero todas estas tareas si me las asignaban a mí. Luego noté que a pesar de que mi familia era funcional de clase media, con formación religiosa y entendía a mi papá como un hombre excepcional y maravilloso, la forma en el trato de él y mi mamá evidencié posturas y acciones machistas de parte de los dos y decidí no intervenir en ese asunto de ellos; pero también entendí que este tipo de interacciones no las quería para mi vida. Así que me volví intolerante con los hombres patanes, con los que te alzan el tono de la voz, hasta el día de hoy. 

Más aún, empecé a evidenciar en el Liceo Femenino que muchas de mis compañeras que iban a fiestas, viajes a sus pueblos o cualquier otra actividad de fin de semana, regresaban el lunes siguiente con algún tipo de violencia sobre sus cuerpos, así me enteré de las violaciones sexuales de muchas de ellas, de la violencia física por parte de sus hermanos tíos o padres, muchas llegaban hablando de algún hombre en una fiesta con el que no quisieron acostarse y este decidió violarlas. Algunas en grado 11 ya tenían planeado acceder a la prostitución para poder pagar sus estudios universitarios. 

Nos guardamos todos estos hechos, lloramos muchas veces juntas y nunca jamás lo hablamos con las maestras, el párroco del colegio o padres; pero yo, me negué a aceptar que mi vida fuera así, decidí iniciar un camino que me llevaría a entender el porqué de tantas dificultades por el hecho de ser mujer. 

A causa de mi decisión de entender todas las realidades opresivas coincidiendo en el cuerpo de una mujer de mi entorno, pude ver mis propias opresiones y realidades, entendí en mi desarrollo como mujer, negra, de clase media baja e intentando acceder al sistema educativo, que tenía una gran desventaja frente a mujeres mestizas, evidencié siempre que a pesar de yo cumplir con el estándar de belleza “estéticamente aceptado” debía luchar mucho más para obtener lo que a ellas les resultaba fácil y asequible, por ejemplo una beca de estudio, un trabajo, un carta de recomendación del pastor de la iglesia.

Esto me llevó a cruzar las migas del feminismo eurocentrado y entender e interiorizar que el afrofeminismo era y es el único movimiento político capaz de acogerme absolutamente a pesar del sexismo, machismo y persecución política por un puñado de hombres con un discurso incoherente pero muy pro-black de cara al público en Colombia; que el afrofeminismo me permitía hacer una resistencia desde el conocimiento absoluto de quien era y soy yo como mujer negra de clase media-baja, intentando obtener un cartón académico y defendiendo cada espacio de un sin número de violencias y machismo perpetuados en el cuerpo y la psiquis.

Como resultado, me di cuenta que jamás intentaría hablarle a mis pares femeninos acerca de mi experiencia como feminista y luego como afrofeminista, nunca consideré este movimiento político como ungüento para el alma, de hecho lo entendí como un camino a construir junto con otras mujeres negras para intentar defender nuestras existencias y derechos todos los días de la vida; a pesar de las insanidades históricas que tenemos y sin pretensión de romantizarlas...estuvimos tantos siglos siendo enemigas que pensar en cambiar la historicidad es un plan ambicioso. 

Pareciera que el afrofeminismo empodera, pero tengo un conflicto: el afrofeminismo te deja ver que ser una mujer negra es levantarte todos los días de la cama a luchar con el chiste sexista del compañero, es intentar mantenerte en pie para que la interseccionalidad no te sepulte, entender cuáles son tus derechos y por qué te los han negado históricamente, saber que las ancestras fueron violadas todos los días en la plantación por el amo blanco y luego por el hombre negro y este último cree que todavía lo puede hacer.

Ser afrofeminista es defenderte del que sueña que solo eres un insumo para la cama, reconfigurar los códigos de comunicación porque el colono insiste en que no eres lo suficientemente capaz de decir o hacer, entender porque la otra sufre y no puede hablar, conocer las cifras de feminicidio de mujeres negras a pesar de no querer saber, exigirle todo el tiempo al hombre negro que no te puede tratar como esclava, decirle al mundo blanco y mestizo que no te toque con sus manos sucias.

Ser afrofeminista me ha permitido conservar mi vida y desmentir todo lo que un día me dijeron, pero a veces es mejor no enterarse de algunas verdades que duelen un montón. Ser afrofeminista no es para mí, es para las renacientes que vienen en camino y merecen ser tratadas con toda dignidad, afectos y oportunidades. A pesar de esto último, jamás le diría a una mujer que conozca el afrofeminismo. 

 

 

*Kelly Montaño David: Líder del proceso organizativo Obini Ti O Kowe, activista, afrofeminista, defensora de derechos humanos - Amnistía Internacional.

 

 

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*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

 

 

 *Fotografía: cortesía.