Jueves, 15 Junio 2017

LAS ÁGUILAS NO CAZAN MOSCAS, PERO UNA MOSCA PUEDE MATAR UN PAPA

 

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Dentro de los diferentes repertorios de violencia de los hombres contra las mujeres, la psicológica es la más común y destructiva, desde lo cotidiano, desde lo subliminal, desde lo sutil, pero la mayoría de veces desde lo ofensivo, nuestros compañeros hombres nos están bombardeando con mensajes que pretenden reducirnos a la nada en cuestión de segundos, mostrándonos lo insignificantes que creen que somos o que pretenden que seamos, con relación a ellos.

Para las águilas, las mayores aves depredadoras que surcan los cielos, majestuosas y sublimes a la vista humana, temerarias y peligrosas para los animales que se convierten en su presa, el cielo les pertenece por naturaleza, indiscutiblemente, irreductiblemente. Son aves de presa, como lo indica su clasificación taxonómica, por ende, no está en su naturaleza tener compasión con ninguna criatura que consideren inferior a ellas, los humanos entramos en esa categoría, ya que a nosotros también han intentado cazarnos. Todo lo que puedan atrapar con sus certeras y poderosas garras, todo lo que puedan devorar con su aniquilador pico, que les ayuda a perforar y desprender la carne de su presa, todo lo que puedan levantar con su extraordinaria fuerza física, se reduce a simple presa para ellas, es una perfecta máquina de cazar y matar. por eso, vale la pena preguntarse ¿Porque las águilas van a perder su tiempo cazando una mosca? Si es un animal insignificante, y por demás repugnantes, que lógicamente no representa ningún activo en su dieta alimenticia. Esta simple idea es absurda, pero resulta una metáfora perfecta, arrolladora, aplastante, para mandar un mensaje de intimidación que deje claro porque existen las diferencias de roles entre los fuertes y los débiles. 

Si el patriarcado constituye como sujetos de dominación, exclusión y cosificación a las mujeres, y el racismo como sujetos de exclusión, dominación y cosificación, a la población negra, entonces las mujeres negras son aquellos seres humanos que categorialmente se configuran en moscas, en aquel bicho insignificante que una poderosa águila no se molestaría en cazar; en la jerarquización del poder, estarían por debajo de todo, incluso por debajo de sus compañeros hombres negros. Creo que este análisis puede explicar muchas de las violencias y micro violencias que las mujeres negras sufren, por más extraño que parezca, de sus pares masculinos, y creo que también serviría para aportar elementos al debate de por qué la mayoría de los hombres negros con un importante capital intelectual, social o económico, prefieren tener como compañeras de vida (parejas sentimentales) a mujeres blanco/mestizas, pero esa discusión es para otro momento.

Asumiendo esta conjetura como verdadera, que las mujeres negras somos moscas, ¿realmente son las moscas tan insignificantes como el águila las ve? ¿Será que una mosca no puede matar a un águila?

Cuenta Eduardo Galeano, hombre de genio intelectual por demás, que en el siglo XII el Papa Adriano IV, único pontífice inglés de toda la historia del vaticano, se encontró al pie de una fuente de agua con una mosca. Por milagro divino o fatalidad del destino, sus caminos se cruzaron en el pueblo de Agnani en el año de 1159; cuando el santo padre sediento, abrió la boca para tomar del chorro, el insecto se le metió en la garganta, y el Papa murió de mosca, dice Galeano, lo que no es otra cosa que asfixiado por tan insignificante animal. 

Esta historia relatada por Galeano es muy importante, en tanto nos permite mirar a la mosca desde otra dimensión, nos ilustra cómo lo aparentemente insignificante, lo inferiorizado, lo reducido, lo subalternizado, solo lo es, en tanto la mirada del observador. Una mosca puede parecer insignificante y no peligrosa frente a una majestuosa águila, pero si por azares del destino o estrategia de la mosca, esta termina atravesada en su garganta, ¿será que no la puede matar de un tajo al igual que al Papa? En mi infancia fui testigo de cómo de un grano de arroz asfixiaba hasta la muerte a un chico joven, fuerte y atlético. 

Quiero dejar claro que no estoy otorgándoles a las mujeres negras el papel de moscas, ni mucho menos proponiendo asfixiar a nadie. La idea de reflexionar sobre la metáfora del águila y la mosca, y la mosca y el Papa, es producto de uno de esas experiencias de violencia machista de la que fui víctima hace ya varios meses por un compañero, quien utilizó la metáfora “las águilas no cazan moscas” para definirse a sí mismo en relación conmigo, y definirme a mí en relación con él. Su mensaje fue claro, contundente, impactante. Si yo hubiese sido otra mujer, seguro hubiese tenido el efecto que él quería: despojar de mí toda posibilidad de confrontación, inferiorizarme, intimidarme, destruir mi espíritu beligerante, en definitiva, reducirme a la nada. Si yo hubiese sido otra mujer, pero no lo soy. 

Es hora de dejar de tomarnos a la ligera, discusiones que generan retroceso en las conquistas sociales que las distintas poblaciones diferenciales hemos conseguido en materia de derechos, en materia de reconocimiento y en materia de movilidad social. No podemos seguir construyendo sociedades de águilas y moscas, no podemos seguir permitiendo que a una persona se le violente en razón de su sexo, su grupo étnico, su orientación sexual, o cualquier otra categoría, concepto o clasificación que lo ubique en un extremo opuesto del lado socialmente valido. Apuntando la idea de Aimé Césaire , no podemos seguir sumiéndonos en una deshumanización progresiva. Si hay que discutir ahora, discutamos todo lo necesario, discutamos hasta el cansancio y luego construyamos, a partir de formas más humanas de relacionamiento, teniendo como principio básico desaprender todo lo aprendido, todo lo que nos hace IN-humanos, para volver a construir sociedades basadas en los principios de respeto, justicia, derecho, hermandad y solidaridad inter-genero, inter-étnico, inter-sexual e inter-cultural.

 

Yacila Bondo. 

Soñadora.