Martes, 02 Abril 2019

La pantalla negra

Cartagena fue el lugar de encuentro del cine y su gente. Así comenzó la muestra de cine afro en el Festival. 

facebook

Por: Sharon quintana

Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla.

 

De la boca de los asistentes brotaba en acentos diversos la promesa de la inauguración del Festival de cine de Cartagena de Indias en el Centro de Convenciones con su gala particular; ni resonó por un instante el nombre de aquel barrio en donde había vivido los primeros años de mi infancia, llamado Canapote, y en donde frente a la fachada amarilla de la iglesia se extendía  la gran pantalla móvil para que los fieles creyentes del cine en los barrios pudieran inaugurar la llegada del cine a la ciudad.

La fiesta del cine se hizo literal en Cartagena, a medida que llegaba la gente a aquella plaza llena de sillas vacías se les veía bailar mientras en los puestos de fritos cercanos se acompañaba la arepa de huevo con suero picante para matar el hambre antes de que empezara la película, como decían entre risas los cartageneros. 

 

 

Antes de que cielo ajustará su luz para la sala oscura en este campo abierto, llegó un hombre alto con sombrero negro; era imposible no reconocer a Salvo Basile, que cómo buen hijo de esta tierra apoyaba el cine en el barrio. 

 

En los primeros minutos de la proyección sonaba la narración de una pelea, y un cartagenero con sus largos años practicaba boxeo de sombra sin atender a campanazo o réferi que le acabara el round. Así como él, muchos vivieron la película El piedra de Rafael Martínez, aclamando la realidad de la narración y el retrato en pantalla de sus propias batallas, las cuales gratamente fueron interpretadas por actores que no pretendían ser sino que eran del caribe; el público concentrado al ver la ciudad, el dialecto y su gente negra no pudo contener la necesidad de reconocer cada cosa como propia, y de esa manera me fui enterando del nombre de cada barrio mostrado en la película.

 

 

La siguiente proyección de la muestra de cine afro en el festival fue la película La quemada, la cinta de la que mi padre siempre hablaba con orgullo, mencionando a Evaristo Márquez por encima de Marlon Brando; pensé que la sala en pleno corazón de Bocagrande estaría vacía, pero me encontré con una fila de gente esperando que no llegaran quienes tenían boleta para agarrar alguna silla disponible; una señora alegre sentada junto a mí reconocía con sorpresa los espacios de su ciudad cambiada y yo, en cambio que no reconozco ni a la Cartagena de hoy, me resistía a dejar ir las líneas del actor palenquero, quien en medio de su lucha cuestionaba como la libertad dada por alguien no se puede llamar libertad ya que a la hora de la verdad, esta solo la puede conseguir uno mismo.

 

Entre el calor de la ciudad y la avidez del mar por hacerse sentir, al salir de la sala recordé a aquel niño, quien refiriéndose a la película de la inauguración me decía la noche anterior que lo mejor había sido la moraleja, para estar en los mismos términos le pregunte ¿cuál era esta?, y respondió: Hay que luchar por que en esta vida nada es gratis. En este encuentro de lo que decía el cine y lo que se decía sobre él, tanto las palabras de Evaristo Márquez como las del niño eran apropiadas y pertinentes, dejando desde el inicio de experiencia en el Ficci 59, una necesidad de luchar por ese cine nuestro, negro y real, que no es dado sino que con libertad podamos crear para plasmar en la pantalla negra lo que nosotros mismos queremos decir. 

 

*Fotografías: Sharon Quintana.