Miércoles, 30 May 2018

La danza, el negro y un mito

“No es la profesión, ni la danza, ni mucho menos el baile lo que hace definir a una persona su preferencia sexual” (Quejada, 2018).

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Por: Isabel González Quintero

Psicóloga

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En cada sociedad humana están establecidas las formas convencionales de comportarse tanto las mujeres como los  hombres. Son esto roles de género, pautas de comportamiento perpetuadas y naturalizadas en cada generación.

Dentro de estas maneras de ser en sociedad, el baile o la danza vista como profesión, ha estado por muchas décadas fuertemente clasificada como una actividad para mujeres. Claro está, que con el pasar del tiempo estas nociones se han transformado, pero eso no implica que se siga percibiendo sin mitos o estereotipos. Con ello, todo lo que esté por fuera de dichos roles de género es cuestionado y segregado.

 

 

Yesid Quejada Moreno, es un hombre afrocolombiano de 20 años, oriundo del Chocó y radicado en la ciudad de Medellín.  Se destaca como bailarín de danza afrocontemporánea  en la compañía “Wangari”, entidad con un enfoque en la equidad de género.

Para él el baile más que una profesión “es vida, mi refugio y protector, por lo que es una actividad que incorpora en el ser humano otro nivel de autorreconocimiento. La danza para mi rompe los límites de una profesión, más bien, es una ancestralidad transcendental y diaria que vivimos aquellas personas que decidimos ser bailarines”.

Yesid, a la edad de diez años emprendía una búsqueda de gustos y preferencias, por ello  empezó a buscar actividades físicas para utilizar en su tiempo libre.

“Recuerdo que una tarde salí del colegio y en la carretera del barrio había un grupo de danza ensayando mapalé. Al yo escuchar retumbar ese tambor me asomé a la ventana, y al sentir esa emoción por todo el cuerpo le pedí permiso a mi mamá de que me dejara asistir y me dijo que no. En un descuido de ella me escapé por la ventana y me fui a ensayar, fue un estupendo día para mí, ahí empezó mi vida como bailarín”.

Sin embargo, en su camino se presentaron varias dificultades, la mayoría entorno a esos imaginarios sociales que dictan qué debería de hacer un hombre a esa edad.

 

 

“En mi familia existía un currículo de conductas y creencias ancestrales de lo que los hombres debían hacer, y que la profesión de bailarín no era bien vista en un hombre por que debíamos  jugar fútbol o realizar profesiones que apuntaran más a lo fuerte. Por ello me inscribí al INDER  en basquetbol, luego en béisbol Y después en fútbol, pero no me gustó. Yo buscaba algo que me llenara y me generara esa satisfacción que yo estaba necesitando para mi vida”.

Incluso las formas de concebir el cuerpo masculino, no sólo limitan su actuar en sociedad, también cohesionan sus gestos, estética e identidad.

 

 

La masculinidad históricamente ha estado bajo un solo modelo válido para ser comprendida, aquello que significa ser hombre no puede estar desligado de la heterosexualidad. Teniendo esto presente, en nuestro contexto social latinoamericano “Los cuerpos de las personas afrodescendientes se vuelven un lugar de reproducción de  las normas raciales y de género, pero también de resistencia y de transformación” (Hellebrandová, 2014), en el caso de los hombres, es representado como un cuerpo fuerte, alto e hipersexualizado. Por ello, aquellos que reflejen conductas corporales delicadas o sutiles son rápidamente asociados con la homosexualidad, visión que ha permeado significativamente al ejercicio de la danza y a los hombres negros inherentes a ella. 

 

“Yo siento que en vez de creencias son miedos que se vuelven realidad por ser estereotipos sociales en que el hombre bailarín tiene que ser homosexual, por lo que siempre para la sociedad las actividades del hombre, y en este caso las del hombre negro son demasiado fuertes y que requieren de su energía al máximo, y la danza está mal vista como algo débil”.

 

Es fundamental que en nuestra sociedad se empiecen a concebir nuevas representaciones sociales de lo que significa ser hombre, por ello ante la pregunta ¿Qué cambios crees que le atraería a los afrodescendientes y a la población en general el entendimiento de estas “nuevas masculinidades”? Yesid Quejada considera que “aparte de un cambio muy significativo y enriquecedor, sería un crecimiento exponencial para nuestra población con referente a la cultura, en este caso la danza la verían desde una mirada más crítica y no sexual. Esto erradicaría esos mitos de que el baile es solo para las mujeres; que es una actividad débil y que el hombre bailarín es homosexual, ya  que el día en que empecemos a ser conscientes de que esos pensamientos en vez de visibilizarnos nos están limitando, saldremos a comernos el mundo”.

 

 

 *Fotografías, video y edición: Alexandra Lopez Asprilla.