Sábado, 10 Agosto 2019

Tumbao dominical

“Para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia” Octavio Paz.

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Por: Sara Estefanía Castro Zambrano, Sara Arango Restrepo y Samuel González Serna 

 

Todo comenzó viendo bailar salsa a nuestros papás, también con los comentarios que, muchos o pocos sucumbían al dolor: "negro ni mi caballo" o "negro tenía que ser", ¿en qué momento un color homogenizó en brusquedad?, estas chispas que nos habían dejado con un poquito de hambre, hoy nos dieron de comer, pues la vida nos recordó nuestra diáspora africana y digo nuestra, porque así lo sentimos, es nuestra y lo sabemos, nos pertenece y nos representa; aunque tantas veces hayamos hecho de ella, una exhibición de turno y nos sintamos muy cómodos folklorizando y haciéndola exótica en cada arrebato cívico.  

 

Pero en realidad todo comenzó con tres bocas abiertas en la mitad de tanta gente con caras felices, con tres bocas que expresaban asombro e inquietud. Sara, Samuel y yo, que también me llamo Sara, estábamos, no solo bajo el azote del sol, también del reggaetón, ese no sé qué del género hispano que ocupa cientos de recovecos, que sueñan cientos de corazones, que están entre el amor y el odio; ese que azota baldosa hasta en los días más francos, ese que puede decirlo todo y nada, ese que nos reta, ese que ha dejado a tantos géneros en el sótano del refugio. Moravia nos abrió sus brazos el día 28 de junio con un amarillo brillante que calaba nuestra piel, este barrio que se alza orgulloso sobre la basura, nos cortejó a un baile a pie, con sabor a “melao”, que, siendo un almíbar, ese domingo se confundió con agregarle dos cucharaditas de sabor al cuerpo. 

 

 

Doblar la esquina implicó ver de frente un letrero bastante diciente: “Discoteca Yakaleo”, en ella, ausencia de audiencia por la temprana hora, pero presencia que observa y mirada atenta, ese balcón como preludio a la pista, ese lugar en el que seguramente los asistentes recargan baterías, una vez se han tirado los pasos más atrevidos en el llamado: azote de baldosa. “¡Bueno caramba, llegó son Balata, con mi pipilongo!”, nos fuimos despidiendo de esa esquina que retumbaba en nuestra imaginación y de repente uno de los integrantes de nuestra caminata danzarina, sacó un termo de la mochila y sin mayor preámbulo se encargó de combinar el festín con este - como lo nombró- el secreto del pacífico colombiano, nos cambió el ritmo, detuvo nuestros pasos ambiciosos por unos más lentos, oportunos, nos trajo el departamento del Chocó en una copa y con mucha propiedad habló del Pipilongo, un licor artesanal al que se le atribuyen características curativas, antimicrobianas y sedantes

 

Entre casas hechas de tabla y otras tantas de adobe, encontramos colores, murales de resistencia, amor y respeto por lo que cada habitante representa en la comunidad, la apropiación sincera. Y es que mientras íbamos bailando a ritmo de pipilongo y subiendo unas escaleras que conectan, vimos al pequeño Maicol, un habitante de El Oasis que fue retratado por su padre, precisamente en la fachada principal de su hogar. Vimos también a Lucía, se atrevió a salir con su loro mascota, imagen alusiva a otro de los murales estampa de “Amoravia”. Este barrio conecta con historias, hechas de nombres, de ritmos, de sabores, de resistencias, de muestras que representan vecindad; el Oasis, Chocó chiquito y el Bosque, componen una pequeña parte de la inmensidad, esa que entre laberintos, lomas, terrenos baldíos y escarpados, construyen el paisaje de Moravia, paisaje que está acompañado de un sinfín de prácticas que determinan ese artificio, ese que fue nombrado cultura.

 

 

 

Descubrimos que -aún en la cima- se perpetuaba la escena artística, Moravia es también la Medellín rural, ¿a qué suena la Medellín rural un domingo?, a “cervecinos”, a ser vecinos,  a reposo con séptimo arte en el séptimo día, a la danza entre el viento y las cometas, al juego dancísticos del cacareo gallina, a la acera que hace las veces de tarima, allí olla y bafle combinan, a dulce infancia, a “vaya a la tienda y me trae”, a “esta semana a qué hora entra” y así. La mayoría de habitantes del barrio son migrantes del Urabá antioqueño que han llegado a la ciudad paisa en busca de oportunidades económicas que logren acentuarlos en vidas mucho más “acomodadas”, por ende no es de extrañar que los sonidos y danzas  que enmarcan su construcción social estén representados por ritmos como la Champeta, El Exótico, Urbanos, Dance Hall y uno que otro tropical -salsa, bachata, kizomba, y por ahí va-.

 

Celebrar la diversidad. Nosotros, los nombrados con S, estuvimos siempre alertas a las danzas indirectas que el barrio nos fue narrando, al “afro beat” que nos podía marcar cada callejón, a la punta- talón invisible pero certera, a la cola, no, a la batuta de la cola felina en cada tejado, al zapateo industrial de la venta, del comercio, del  pescao’, listo como manjar, de la tijera barbera y de la ciudad que se sabe en movimiento. Caminábamos como bailando, era inevitable, algunas casas tenían su propio altavoz de domingo, una suerte de radio que no solo suena, ¡retumba! Este mundo posible quiere preservarse, construir memoria y coger país, la comunidad ha establecido diferentes espacios y conjuntos que han ayudado en la continuidad de una raíz musical y dancística, apoya eventos como lo han sido Festiafro, proyecto apadrinado por el Presupuesto Participativo y que ha permitido la confluencia de diferentes expresiones artísticas de la zona, en las cuales se logran identificar los diferentes ritmos anteriormente marcados. También dentro de la comunidad se encuentran espacios como lo son El Bodegón y la Casa Rosada, que van a permitir que los y las diferentes habitantes del barrio que quieran construir esta preservación cultural se reúnan y expresen una construcción, una entre todos.

 

 

La coreografía religiosa de domingo, es latente, es un multipropósito citadino, es la agenda de muchas familias. No podíamos pasar desapercibido ese vals romántico de alabanza y entrega, observamos pequeñas y medianas iglesias, imágenes que cuelgan decorativas en algunas puertas, otras de porcelana y bien pintadas, altares hechos de tiza y vinilo, el fusil y el evangelio unidos en honor a Camilo Torres, el look chachachá de quienes lucen elegantes para la misa, el salpicar de los niños antes de entrar al templo, sus maromas cuadra abajo. Atravesada por la quebrada La Bermejala, Moravia, cuenta con moravitas llenos de vida, con habitantes -en su mayoría- desplazados por la violencia, “invasores” que fueron en su momento el núcleo de una importante expansión, fueron el después del que era considerado el basurero de Medellín, ese tesoro bajo asfalto. La cara del cambio también tiene su ton y son, y que así, songo sorongo, como dirían “sin querer, queriendo”, florece el turismo, pues a Moravia llegan miles de visitantes, ya que colinda con equipamientos como Parque Explora, Parque Norte y Jardín Botánico, lo que representa una oportunidad para guiar recorridos turísticos por sus calles que todo lo cuentan, un barrio que pasó de baile improvisado a territorio preparado, listo para cualquiera que corteje.

 

Atravesada por la quebrada La Bermejala, Moravia nos invitó a bailar Pacífico, hinchado además de paz verdadera, con “menos señales Wifi y más señales de amor”, sin lo inhóspito de la guerra, con la cumbia meciéndose en los brazos de la comunidad, con el litoral en la cabeza y el viche en la mano, con la esperanza acosada de celebrar a África en todas las esferas, con la belleza de la rutina y -a veces- su cómoda trampa, con reconocer el trinar de lo que habita, con acoger nuestra diáspora africana y -sobre todo- con volvernos a nombrar, una y otra vez. 

 

 

 

“¡Cuidado con el cucarrón africano!”, rezaba la frase en el jardín común, lo que nos puso a pensar en esa realidad afro que arrastra, en el alivio de una histórica resistencia, en que se aprendió a danzar -aún- encadenados, en ese cuerpo que se movió a pesar de sí mismo, “¡Esta especie no hace parte de nuestro ecosistema, es invasora!”, y así fue considerada por tantos años, los condenados, los desterrados, también los animales esclavizados. También nos encontramos con un “tubófono”, como lo nombramos con distinguido azar, al encontrarnos con este instrumento, nos dimos cuenta que esa era la forma en que Moravia alzaba las voces de la comunidad, desde el morro, con esos tonos de voces, unas graves y otras agudas, que sin duda reivindican la historia, un manifiesto de carácter colectivo y que ¡todos lo sepan!

 

Sonreímos apacibles terminado el recorrido, percibimos el movimiento de nuestro cuerpo expandido, nos vemos en las formas del otro cuando sujetamos el lápiz, y al igual que lo héroes barriales y los líderes, sentimos que las razones de justicia todavía no son suficientes, que nos queda algo en lo que hay que educar y es en la compasión o la mirada lúcida, en apreciar a través de la sensibilidad a ese otro que no sé, ni soy, admirar y darse el gusto, aunque no sea, a cambio. Hurgamos nuestra frente cuando estamos en ansiedad, tenemos una forma de hablar, de movernos y de pensar. Y con nuestra voz, que también es cuerpo, nos sentimos atravesados por el Quilombo de Brasil, el Palenque de Colombia, el Pensandarte y Parloteo. Todo terminó con tres cuerpos pegajosos como la música, con la alegría de haber cumplido la meta de aquel baile andariego que todo lo cura, con tres bocas, todavía abiertas

 

*Este artículo es el resultado del diplomado Contar lo Nuestro: Narraciones Ciudadanas sobre el patrimonio cultural inmaterial de las comunidades negras, afrodescendientes, raizales, palenqueras e indígenas de Medellín, un proyecto apoyado por la Alcaldía de Medellín en la línea de Movilización y participación ciudadana y certificado por la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia.

 

 

*Fotografía: Archivo Vive Afro

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