Viernes, 09 Agosto 2019

Travesía dos realidades: religiosidad y rituales afro en Moravia

"El nacimiento y la muerte, dos de los momentos más importantes de la vida han de ser sagrados para todos".

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Por: Laura Daniela Marchena Tobón y Fredinson Salas Restrepo

 

Cada instante que pasaba era imprevisible pero nos apoyábamos entre todos con la firme convicción del querer conocer, aprender más de lo que nos unía y entender que el sentirlo y vivirlo desde dos miradas nos hacía realmente especiales. Todo se volvía más intenso y parecía que el sol lo entendía, llegamos al Centro Cultural de Moravia donde como todo a joven soñador nos invadía el fuerte sentimiento de querer saberlo todo sobre nuestras raíces. Teníamos muchas preguntas en la cabeza, y fue justo ahí donde vimos a una persona que esperaba por nosotros con una gran sonrisa en su rostro, en seguida, pudimos comprender que sería quien nos ayudaría a entenderlo. “Yecenia, con C, Palacios” se presentó, muy segura de que así era su nombre, no podíamos estar más magnificados.

 

Moravia es un barrio plural, ubicado en la comuna 4 de Medellín, en el que residen personas provenientes de distintas zonas del país como lo son el Urabá, el Chocó y la costa Atlántica. Según la caracterizacion de comunidades afrocolombianas, realizada en 2011; esta comuna cuenta con aproximadamente 34.109 personas afrocolombianas. En esa misma medida muchas de esas personas se desplazan de sus lugares de origen por motivos como el conflicto armado interno, desigualdades educativas, falta de oportunidades en su región, entre otros. Pero ellxs, a pesar de todo lo que sufren y al estar distanciados de su territorio, cuando  llegan a la ciudad y residen en Moravia, siguen practicando sus expresiones culturales, entre ellas la religiosidad y la ritualidad sobre la cual hoy hablaremos.

 

Empezamos un recorrido por “El Oasis”, “Bienvenidos al Oasis” recitábamos, asombrados con cada historia que “Yecenia” expresaba, muy atentos a su descripción, mi compañero de grupo llevó su “pipilongo” dice él “para sentir como debe ser la actividad”. A todos les repartió, o bueno a todos los que querían, y así como se unieron estas vidas, se unen nuestras historias desde dos realidades, un chico afro, perseverante y orgulloso de su etnia y una admiradora y, quisiera, protectora de su comunidad, mejor grupo no pudimos formar.

 

 

Preguntamos lo nuestro, ¿que era la religiosidad y los rituales ancestrales en Moravia para los afro? Y encontramos que detrás de todo esto había una grieta en el tejido cultural, las circunstancias eran el motivo de que cierta historia estuviera frágil ante la mirada de los demás, yo, la que era su fiel admiradora me sentía un poco culpable de que “Yecenia” nos dijera “muchas prácticas se perdieron, no hay manera de hacerlas estando aquí, no es fácil” y complementando nuestro amigo Boris nos replicaba “cómo logramos resistir en un cielo que es prestado” exponiendo que a pesar de lo fuerte que son para los afro sus ritos, era difícil mantenerlos en un territorio que aún no les pertenecía y que tuvieron que ganar a pulso. Así, empezamos a entender que Moravia era el “basurero de Medellín” y por tal la gente de Urabá, Chocó y Córdoba, muchos desplazados, llegaban a el para trabajar en el reciclaje y poder sobrevivir, venían casi a “invadir un territorio”, por eso el racismo era fuerte, para todos y contra todos los “negros” que llegaran.

 

Mientras tanto yo, el joven afro orgulloso de su etnia veía que desde el marco de la religiosidad y ritualidad, los velorios y entierros en Moravia se realizaban en un contexto urbano, sacrificando algunas de nuestras prácticas; debido a que en Medellín todo este proceso se hace desde las instalaciones de una funeraria, mientras que en el Chocó y el resto del Pacifico colombiano, todo esto es en la casa del difunto con la instalación de varias carpas, lo que permite acompañar al muerto durante las noches de su velorio y la novena, en esa misma medida se deja de lado la práctica de juegos de roles y la cocina tradicional hasta el mismo canto de alabados y la chirimía. A pesar de lo anterior, siento que se conservan algunos elementos como la repartición de galletas, chocolate, café y aguardiente, a su vez en el bafle se ponen las canciones que al muerto en vida le gustaban para recordar sus momentos de felicidad. Es importante resaltar que a pesar de que las personas se encuentran fuera de su territorio, hacen todo lo posible para despedir a sus difuntos de la mejor manera, es por ello que su tradición se resignifica y es descrita como “nuestra muerte, nuestra resistencia”.

 

 

Por esto exponemos el hecho de que las ritualidades afro sí permanecían en muchos de ellos pero solo en su alma y pensamiento, ya que por las condición y la tierra donde habitan, no les permiten mantener sus prácticas ancestrales, aunque, nos enteramos de que a veces algunas funerarias procuran mitigar este hecho ofreciendo otros servicios además del normal, en este punto comprendemos que en la ciudad se fragmentan sus rituales, al no ser comprendidos, casi que obligamos a olvidarlos al no tener la cosmovisión para aceptarlos, sin embargo, entre su espíritu muchos de ellos los conservan.

 

Nos sentimos cohibidos y aún no comprendíamos cómo no aceptábamos y procurábamos ayudar a conservar ese espíritu, porque esto también son ellos, desde este lado nuestros pensamientos solo se dirigían a eso y al hecho de que todos deberíamos enterrar a nuestros muertos como mejor nos parezca, ningún ritual es descabellado o inaceptable, todos son respetables y sobre todo especiales, el nacimiento y la muerte, dos de los momentos más importantes de la vida han de ser sagrados para todos.   

 

En el tema de religiosidad encontramos, saliendo del Oasis a un predicador, “negro”, exponiendo con mucha fe y fuerza ante un buen grupo de personas, “la palabra de Dios”, como intentando sacar de ellos “el demonio”, nos sorprendió por la cantidad de afros que ahí se encontraban y también blanco mestizos quienes nos invitaban a seguir, se les notaba el orgullo y la fe que tenían, esa que este predicador transmitía con tanta convicción, que daba seguridad y credibilidad, todo esto en una iglesia autodenominada cristiana. Sin tanto caminar nos encontramos con otro templo, esta vez católico, y pudimos vislumbrar que no habían personas afro, no es una percepción apresurada, pero dejamos a criterio de los que vieron y de los que ahora leen este relato. Además de encontrarnos con ese contexto de diversas creencias de la población afro residente en Moravia, escuchamos la historia de la señora Juanita Mosquera, quien nos comentaba de manera jocosa que llegó Medellín “desde el día que nació el primer mentiroso”, esto refiriéndose a los 20 años que llevaba aquí, que a su llegada empezó a militar en la iglesia Pentecostal Unida de Colombia, que incluso desde los 10 años de edad cuando vivía en el Chocó, empezó a sentir esas inclinaciones por el evangelio.  

 

   

Mucho recorrimos, justo cuando el “pipilongo” se estaba acabando, todos nuestros compañeros hicieron preguntas sobre sus temas a “Yecenia” y ella siempre respondía en pausa, tratando de buscar las palabras correctas para hacernos entender que “su tierra Moravia”, donde vivía hace más de 15 años, había resistido y resurgido en medio de su mundo y que ahora era el centro donde muchos quisieran vivir por lo que su importancia no tendría precio

 

Quedamos con muchos aprendizajes en la cabeza y también con algunas dudas preparadas para resolverse, en un solo recorrido al barrio Moravia pudimos descubrir las historias de una comunidad, su sentir, su vivir y su mirar desde el ser. Nuestra gran “Yecenia” demostraba sinceridad en cada relato que daba, mientras cada persona nos hacía sentir apersonados, asombrados y sobre todo, admirados por la manera en que resistían, y nosotros quienes al principio teníamos un sentimiento y una mirada individual pudimos traducir y unir nuestra travesía desde dos realidades en donde ninguna fue superior a la otra sino complementarias, en donde ambas forman una historia que alimenta, que construye, que debemos contar y que aprendimos a contar.

 

*Este artículo es el resultado del diplomado Contar lo Nuestro: Narraciones Ciudadanas sobre el patrimonio cultural inmaterial de las comunidades negras, afrodescendientes, raizales, palenqueras e indígenas de Medellín, un proyecto apoyado por la Alcaldía de Medellín en la línea de Movilización y participación ciudadana y certificado por la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia.

 

 

*Fotografía: Cortesía

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