Martes, 25 Abril 2017

La madre comunal

 -“¡Hijo de mi alma!, hijo de mi alma!”- fue lo que se escuchó pronunciar en el fondo perdido de uno de los vagones del metro de mi ciudad. La impaciencia y la curiosidad se apoderaron de los cansados pasajeros que, a esa hora de la tarde, anhelaban su rápido retorno a casa.

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“La capacidad de colocarse en el lugar del otro es

una de las funciones más importantes de la inteligencia. 

Demuestra el grado de madurez del ser humano”. 

(Augusto Cury).

 

Por Diego Alejandro Ruíz

Estudiante de Artes Plásticas Universidad de Antioquia

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-“¡Hijo de mi alma!, hijo de mi alma!”- fue lo que se escuchó pronunciar en el fondo perdido de uno de los vagones del metro de mi ciudad. La impaciencia y la curiosidad se apoderaron de los cansados pasajeros que, a esa hora de la tarde, anhelaban su rápido retorno a casa.

En cuestión de segundos, la mayor parte de las personas que nos movilizábamos en este vagón, nos dimos cuenta del origen y el motivo de la frase pronunciada. No fue el bullicio de un niño que jugaba al poeta citadino; mucho menos el canto del coro de alguna canción ‘de plancha’ por parte de una señora ilusionada; ni el susurro de una joven madre enamorada de su bebé recién nacido: fue el grito silencioso de una mujer negra que lloraba, bajo su soledad, la ausencia de su retoño. La señora, de cabello negro enmarañado y ojos redondos como la luna, lloraba sin parar lo que al parecer era la muerte de un hijo suyo; sus pupilas ya no se veían, sus párpados los tapaban definitivamente mientras las lágrimas inundaban sus grandes labios. 

Recorrimos tres estaciones y ella acariciaba su rostro con sus manos temblorosas. En la parada del Estadio la mujer ya no podía sostener más sus brazos, ellos se desplomaron sobre sus piernas delicadas al mismo tiempo que su cabeza y su espalda también iban cayendo lentamente. Muchas personas reaccionaron inmediatamente a la situación de la señora afrodescendiente; en su mayoría fueron mujeres adultas las que primero dejaron caer una que otra lágrima, de esa manera manifestaron su sensibilidad maternal; por su parte, los niños en el vagón dejaron de sonreír y comenzaron a abrazar a los familiares que los acompañaban. Así fueron los instantes vividos hasta la llegada a Santa Lucía; eran los momentos en los que el origen de la familia se dejó revelar ante los usuarios del transporte público: madre e hijo, solidaridad y valor.

Dos de las señoras que se impactaron (una rubia alta de camisa azul y otra peli negra de vestido blanco), por las lágrimas y la constante pronunciación de la frase “¡Hijo de mi alma!”, empezaron a hablar, entre ellas, de lo importante y sagrado que es un hijo para su madre. Dijeron que sentían el dolor más grande del mundo al ver el desconsuelo de una mujer que perdía el fruto de su vida; que este mundo es deshonesto al impedir que el crecimiento de una familia se deteriore con la muerte; que la tristeza debe asumirse en la soledad, con el valor de uno mismo. Así se compartieron varias palabras. De manera respetuosa y amable se acercaron a la mujer; una de ellas (la de vestida de blanco) acarició su cabello e inclinó su cuerpo para mirar sus ojos. -“Soy madre también y sé lo que es llorar por tristeza”.-  Dijo ella al arrodillarse en el piso del vagón. Hubo un abrazo gigante entre ambas; se sentía un calor tibio, como el de la mañana, que fluía de sus brazos; se dijeron un par de secretos, al parecer cariñosos, que las hicieron poner de pie para tomarse de sus manos. -“¡Dios le pague!”- Repite un par de veces la madre adolorida. -“Una gran madre acompaña a su hijo toda su vida y usted lo guarda en su alma”.- Responde la señora que le abraza. 

El tren llega a San Javier; la gente sale lentamente y en total silencio, asumiendo un estado de luto en apoyo a la madre que ha perdido el cuerpo de su amado hijo. La mujer afro sale en compañía de las señoras que, en los últimos momentos de su recorrido por el metro de la ciudad, le han hablado de manera suave y cariñosa; ella camina con dificultad, el dolor de su alma le quita la fuerza de sus piernas, se ve a punto de caer al piso. Un joven policía bachiller se da cuenta de lo sucedido y llega donde están las mujeres; inmediatamente informa de la situación a los auxiliares del sistema de transporte público que se encuentran dentro de la estación. La madre recibe los primeros auxilios: la ponen sobre una camilla, verifican su pulso cardíaco y su respiración. 

-“Mi padre y mi hermana me están esperando”.- Dice la señora mientras la atienden.             -“¿En dónde?”- Pregunta uno de los auxiliares. -“Fuera de la estación”.- Responde ella. De esta manera las autoridades del Metro se encargan de que los familiares de la señora ingresen por ella dentro de la estación y la acompañen en su recorrido. En cuestión de cinco minutos el joven bachiller ingresa al interior en compañía de un hombre adulto muy callado y una joven muchacha muy asustada. -“Somos de la comuna 13 y vinimos por mi hermana”. –Dice la joven que recién ha llegado.

La madre recupera su movimiento minutos después y se pone de pie. -“¡Hijo de mi alma voy por vos!”- Dice ella mientras los auxiliares le ayudan a reponerse. -“¿Señora, se siente bien?”- Pregunta un auxiliar de corta edad. -“¡Ya ves muchacho, lo que es el dolor de una madre. Cuídate mucho. Dios te pague por la ayuda!”- Contesta la afrodescendiente. El joven lagrimea, le da la mano a la mujer y sale con ella y sus familiares en busca de uno de los buses que los va a llevar a lo alto de la comuna de San Javier.

Los demás auxiliares y el policía bachiller se quedan atónitos luego de esos cortos minutos en que ayudan a la señora. Reflexionan sobre lo que implica la muerte de un hijo, sin importar su causa, para una mujer que ha dado toda su vida en busca de la educación y el amor que lo hacen persona; se ponen en el lugar de la madre que ha perdido su fruto, asumen su responsabilidad y justicia humana que los hace ayudar y fomentar el respeto por los demás; han expuesto, de manera improvisada, la empatía que todo ser humano debe manifestar a la hora de otorgar el beneficio colectivo como causa de la tristeza y el dolor. Todos somos hijos, muchos somos y seremos padres y madres.

Ahí en la comuna 13 la mujer, de cabello negro enmarañado y ojos redondos como la luna, llora la pérdida de la gloria que la vida le ha dado la oportunidad de proteger. El apoyo de su familia, de la gente y su fuerte voluntad de madre, han hecho de su hijo un inmortal ser que duerme a su lado cada que agradece a la vida su estadía en el horizonte de la maternidad.

 

Cuento basado en un hecho real; la mujer de la historia hace parte de la comuna 13 de la ciudad.

 

*Foto: tomada de Internet.

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