Martes, 05 Septiembre 2017

“¿Conoces algún racista? Sí, yo”

¿La población afro vive las mismas condiciones precarias en toda América Latina?  Tres académicos y activistas nos cuentan que pasa en Brasil, República Dominicana y Medellín.

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Por Laura Oviedo Castrillón
Antropóloga

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La segunda sesión del ciclo de cine en la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, se desarrolló el pasado 31 de agosto en el Auditorio Gerardo Molina.  Allí se buscó la socialización de cómo se ha estado presentando el racismo en tres lugares especialmente: Brasil, República Dominicana y Colombia.

Un hombre afro con drelas, llamado Ramón Emilio Perea, conocido gestor cultural, miembro de la Corporación Carabantú y director del Festival de Cine Kunte Kinte; hizo una presentación sobre la historia y la situación sociodemográfica de la población afro en Colombia y especialmente en Medellín, según el censo del DANE del 2015, en donde se evidenció que a pesar de ser el segundo grupo étnico más numeroso del país, con un 10,62 % (4.311.757 personas), Ramón apunta que el racismo estructural, ha invisibilizado los aportes económicos, sociales y culturales de los afros, en la ciudad y el país, dejando como consecuencia una calidad de vida menos digna que el resto de la población.

Por ejemplo, en la comunidad afro hay una mayor tasa de mortalidad infantil, casi el doble del resto de la población nacional. El 62,4% de los hogares afro en Medellín reciben un ingreso de un salario mínimo o menor, lo cual puede llevar a que la mitad de la población viva en vivienda alquilada, versus un 32,3% de los demás habitantes.

Mientras él relataba esta situación, Kelly Regina da Silva asentía, mientras su cabello resaltaba en el auditorio. Ella está desarrollando una estancia doctoral en la UNAL para pensar a propósito del racismo en Brasil y Colombia. Aclarando que Brasil es muy grande, con variadas complejidades sociales, políticas y culturales y que es una mirada parcial sobre el país.

 

 

Parte del presupuesto de la historia de un país colonial, es una historia de racismo estructural, y que Brasil no es la excepción. Aunque la población afro es el 54% de la población, el 10% más rico, concentra el 40.5% de la riqueza, y de las personas más ricas el 82,2% son hombres blancos, heterosexuales y católicos. A su vez las condiciones de vivienda y educación presentan diferencias entre negros y blancos. Se ha aumentado, pero prevalece la desigualdad.

Un tema alarmante para los grupos activistas que han denominado “El genocidio de la juventud negra”, en donde se está matando como si estuvieran en situación de guerra, y teniendo el negro un 78,9% más probabilidad de ser asesinado. La violencia contra las mujeres negras no se puede obvia, y muchos menos cuando se reporta el 59,4% de casos de violencia doméstica, sumado a la violencia obstétrica con el 65,9% de los casos, lo cual explica que se sustenta en uno de los mitos fundacionales, donde se asume que todas las mujeres negras son fuertes, resistentes de altos niveles de dolor, que inclusive no les ponen la suficiente anestesia para tener el parto.

De ahí se desprende que en la escala social la mujer negra siga estando en el nivel más bajo, seguido del hombre negro, aunque él pueda disputar el lugar con algunas mujeres blancas.

Al final, Elissa Lister relató cómo en República Dominicana el racismo toma fuerza en la cotidianidad, donde un conductor de colectivo se niega a llevar haitianos o descendiente de haitianos, por ejemplo. Por esto, señaló dos aspectos en el origen del prejuicio racial hacia los haitianos,  el primero cuando República Dominicana se independiza de Haití, aunque sigue siendo una colonia; y segundo, el papel de los negros y mulatos afro en la conformación de la nación, a pesar de la represión y coerción histórica de sus prácticas religiosas, de baile y demás, con el fin de mantener la hegemonía.

Lea "Ser haitiano o descendiente de haitiano es una maldición" 

Este racismo se materializa en que hoy en día en los bateyes, asentamientos poblacionales en su mayoría rurales, los afro no cuenten con servicios públicos, no tengan el servicio de recogida de basuras, haya letrinas para 15 o 20 personas, las calles estén sin pavimentar, y no haya espacios para terminar todos los niveles académicos. Esto lleva a una segregación y un aumento de la pobreza en esta población, pero aun así dicen que no son racistas.

Los anteriores casos dan cuenta de cómo el racismo ha aumentado en todos los países mencionados, a pesar de un aumento en las políticas públicas, de una comprensión mayor acerca de los problemas estructurales que posibilitan que se mantengan las desigualdades.   Mientras se mantenga la idea según la cual lo masculino, blanco, católico y heterosexual es el modelo a seguir, no queda más que seguir gritando “¡El pueblo no se rinde, Carajo!”.


*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

  

 

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