Lunes, 09 Septiembre 2019

¡Cali se viste de Petronio!

Petronio Álvarez en su versión XXIII un festival entre tambores, colores y sabores.

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Por: Yeniffer Jiménez Molina

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Llegar a Cali por primera vez y con un fin determinado, conocer el festival afro más grande de América Latina, tarea que llena expectativas y asombra el paladar, los ojos y el gusto con los sabores del Pacífico, que en otras regiones no conocemos. Cali se viste de Petronio, no solo porque en la unidad deportiva se organicen los stands y los eventos, sino también porque toda la ciudad lo sabe y lo vive, en los barrios, hoteles, restaurantes y bares.

 

 

La salida de la estación del Mío, Unidad Deportiva, se convierte en un mar de personas con un fin, llegar al festival. La calle no solo se viste de mallas, para indicar el camino, sino de choclos, pinchos, marranitas, turbantes, pañoletas blancas, y muchos puestos de bebidas típicas del Pacífico, que son también las anfitrionas en este evento. Llegar a la entrada principal del festival, ver el gran portón amarillo anunciando la bienvenida al Petronio Álvarez en su edición XXIII, acelera el corazón, generando una gran sonrisa que contagia el alma. Al ingresar encontramos varios lugares a donde ir. 

 

Primero, los stands donde se puede encontrar la moda y la belleza afro en su gran esplendor, empezando por los vestidos, camisas y turbantes con hermosas telas llenas de líneas y estampados, que expresan la voz del pueblo desde la esencia ancestral africana. Además, cada vez que pasaba caminando por alguno de estos, veía alguna mujer tejiendo el cabello de alguna asistente con gran creatividad, experticia y tradición que buscaba combinar con alguno de las grandes aretes o deslumbrantes collares y pecheras. Los peinados al igual que la moda afro, son una forma de resistir, de romper los estereotipos a los que el mundo occidental ha querido condicionar. Los colores, el pelo trenzado en caracoles, los rizos y los turbantes hacen parte de la lucha política y social que han emprendido las mujeres y los hombres por el reconocimiento de su legado cultural en el mundo.  

 

 

El segundo espacio de stands, compuesto por las comidas típicas y las bebidas autóctonas del Pacífico, permiten una singularidad de olores y colores en matiz naranja y amarrillo, generan un antojo al paladar que va desde conocer los arroces con camarón, hasta los encocados de cangrejo y langostinos, servidos de una forma tradicional y familiar, donde el plato principal iba acompañado, en este caso, de una fría limonada y unas buenas tostadas de plátano. Igualmente, la cocina, y sus ingredientes van más allá del exquisito sabor que se produce en el paladar; es el alimento hecho historia, relatos y emociones de los grandes maestros y maestras que deciden cocinar por seis días con gran amor y compromiso por dejar en alto el nombre del pacífico. 

 

Las bebidas autóctonas, se convierten en otra singularidad de sabores que endulzan y generan sensaciones en el cuerpo. Preguntando a los distintos exponentes, la bebida principal el viche, aguardiente de caña, es una bebida que vincula al hombre, con la naturaleza y sus saberes; que además, es la base con la que se combinan las más de 40 hierbas, los frutos afrodisiacos y otros secretos no contados que ocasionan la elaboración del viche, el curao y la toma seca, para la medicina y la limpieza del cuerpo; la crema de viche como vitamina; el arrechon, el tumba catre y hasta el siete polvos, para la potencia y la vida en pareja. 

 

 

 

Ir pasando por cada stand, recibir de sus manos las muestras de esta caliente bebida familiar del Pacífico, que ha sido aprendida y experimentada por las familias hace más de cincuenta años, hace parte fundamental del patrimonio histórico de la cultura colombiana y afrocolombiana, hacen parte esencial del festival. 

 

Al final del recorrido, encontramos la gran tarima que retumbó al son de tambores, de los cantadores y cantadoras participantes de este año, lleno de personas provenientes de distintos lugares tanto del Pacífico colombiano, como de otras partes del mundo. La mayoría de ellas, portaba en su mano derecha una pañoleta blanca que se movían con las coreografías improvisadas que iban saliendo al compás de la música. Esos pequeños círculos que daban las pañoletas en el aire, que subían y bajaban, al igual que los saltos y las voces acompañantes de las asistentes en cadencia con los artistas detallaban la música del Pacífico como el currulao, la chirimía, los arrullos y el estilo libre, permiten coordinar le golpe del tambor con los latidos del corazón, pensar en la marimba como las voces que se esparcen en la noche oscura de luna llena, y el guasa que se adentra en el estómago generando mariposas de resistencia, tradición y ancestralidad. 

 

 

Cali se viste de Petronio, una semana al año, una semana de legado, de patrimonio histórico que busca como siempre a través de la estética, la música, la bebida y la comida, ser una lucha política y cultural por seguir reivindicando en el mundo las maravillas del Pacífico. 

 

*Este artículo es el resultado del Concurso de Crónica Historias del Petronio Álvarez, realizado por la Revista Vive Afro en el marco de la versión XXIII del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez.

 

*Fotografía: Cortesía

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