Martes, 20 Junio 2017

Mi cabello es mi herencia

 

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Por: Soraya Palacios

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Nací con él y aún así lo odié tanto que decidí transformarlo a mis 12 años, sin pensar en el daño que me hacía sometiéndome a una tortura que se extendería por siete años. Mes tras mes aplicándome un producto que me alejaba de mi realidad y por consiguiente, me acercaba a la aceptación parcial e hipócrita de mi aspecto físico el cual un día decidí no aceptar. Aquel producto se complementaba con una práctica dolorosa que implicaba tener parte muerta de otra persona conmigo, es decir, aceptar el cabello muerto de un X y esconder el tuyo para verte bien, sentirte plena como lo demandaba el contexto.
No voy a negar que durante aquellos siete años logré sentirme linda o más bien, incluida en el saco de las mujeres afro/negras que se veían hermosas negándose a sí mismas e imitando a las demás; pero, a las demás de nosotras mismas, que a fin de cuentas seguían la gracia étnica ajena.
“Soraya, la belleza cuesta”, ese era el “pajazo mental” que me acompañó durante aquel tiempo, haciéndome creer que era fea y que mi cabello era la causa de dicho afeamiento, no obstante me decía “sacrifícate para ser vista con ojos de ‘me gusta’ por tus hermanas, hermanos y por el resto del mundo”, sin importar cuales martirios deba vivir para suplir esa necesidad física que me alejaba de la aprobación estereotipada de mi entorno.
Dolía mucho, a mí me dolía, se me erizaba la piel, sentía escalofrío y mis ojos se empozaban luego de unos minutos de tener el alicer pellizcando mi cabeza, mejor dicho quemando mi piel, lacerándola, rasgándola. Suena trágico, para algunas quizás no lo sea, pero para otras el proceso de alisarse se convertía en una película de terror mensual, sin dejar atrás que luego de tener el cráneo débil, sensible me tocaba trenzar y enseguida cocer aquel cabello muerto. Era un dolor, que según yo en ese entonces, se iba a convertir en belleza, costaba mucho y valía la pena para lograr los dichosos resultados.

 


Después de siete años, me di cuenta que no fue así, gracias a la decisión tan tediosa que tomé, porque no fue fácil desprenderme de aquellas dinámicas estéticas que reforzaban mi baja autoestima y que, en mis relaciones sociales de aquel momento, tenían gran fluidez. La decisión fue porque me cansé de alisarme y peinarme con extensión. Estaba cansada de tanto dolor, invertir tanto dinero, cansada de las quemaduras, jalones y chuzadas de agujas.
Conocí el significado del cabello, renuncié a ese juego tan absurdo en el que era la “monigote perdedora”, rasgué la venda de mis ojos, salí de ese saco de gracia farsante que me tenía sometida y me presionaba a negarme. Comprendí que mi cabello es aguante hacia todos los intentos de reprimir a la mujer afro/negra, borrar su belleza, no aceptar su diferencia y transformarla en ajena. Es historia por el papel tan importante en la lucha de nuestras y nuestros ancestros; es tradición, belleza, fuerza, es libertad.
Mi cabello afro soy toda yo y comprendí que transformándolo estaba borrando mi pasado, estaba siendo sumisa a mi presente y estaba besándole los pies al opresor que quiere determinar mi futuro.

*Fotografías: Soraya Palacios

 

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