Miércoles, 03 May 2017

Las nuevas reivindicaciones de la gente afro

 

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Harrison Rentería*

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Cuando a finales del siglo XIX la esclavitud hacía parte ya de un pasado cercano, era inimaginable considerar que tales gentes y menos sus descendientes llegaran a ocupar aulas de clase o al menos tener el derecho a ilustrarse del conocimiento, ya de por sí dominado por lógicas coloniales y occidentales.

En grandes ciudades como Medellín, donde la población afro llegó accidentadamente a buscar, ya voluntariamente, la esclavitud contemporánea, la de servir a bajo costo y con poca dignidad, se hacía aún más descabellado pensar en que en la actualidad se podría contar con variopintos exponentes de talentos que pueden sobrepasar límites, aún tan largos y difíciles como los étnico-raciales.

Y es que como la cultura ha precipitado un acelerado ascenso social y habitacional de las comunidades que quedaron de dichas migraciones, -forzadas y no forzadas-, de allí parte el rompimiento de ese absurdo en el que cuenta la historia la gente negra no tenía derecho a acceder al conocimiento occidental y menos aprender del español que hoy también es una herramienta de lucha y debate desde las esferas políticas e intelectuales.

Así, entre cantos, danzas, bailes, bullas y expresiones que unificaban a las comunidades que, inicialmente, tendrían que apostarse como un gueto para establecer una presencia sólida, llegaron por fin gentes como Manuel Zapata Olivella, Diego Luis Córdoba y, más adelante, otros como Juan de Dios Mosquera y validadores en las burbujas que aún encierran a la afrocolombianidad como Francisco Maturana o María Isabel Urrutia (deporte).

De ese modo, y considerando que los procesos han sido lentos pero con marcaciones de valor en la poca historia activa y de interés para la actualidad de muchos, los descendientes de africanos se han ganado espacios políticos como la aparición desde el papel en la Constitucón Política de Colombia, en la que se consagró la Ley de Comunidades Negras de 1993. Así, el panorama se esclarecía un poco, ya no era tan “oscuro”.

Hoy la situación es otra y se ejercen fuerzas desde todos los campos de la interacción social y el diario vivir en un país. Ya los progresos no necesariamente se basan en que lo hizo o no un “negro”, pues se está en todos los escenarios como persona, antes que afro.

No obstante, sigue siendo de gran interés que esa imagen siga creciendo y todo gracias a la apertura en las universidades y aceptación en la educación del presente. Se pasó de una migración esclavista a una con un interés mayor: el de no seguir esclavizados mental y corporalmente de por vida en una tierra que inicialmente era ajena y distinta.

No quiere decir esto que se haya sobrepasado definitivamente la lógica que aún pervive gaseosa en el ambiente de las tierras no negras, dado que las limitantes siguen y no se debe bajar la guardia, deben continuar las danzas, el barullo propio, las músicas traídas de la ancestralidad y los profesionales que no solo sean una mínima cuota para el progreso de una nación, sino un aporte igual a la demás población.

De tal modo que la juventud del hoy es la encargada de acceder a ese trabajo que en los hombros han construido los viejos, al igual que los rascacielos de la ciudad, que parecieran sin límite.   

 

*Harrison Rentería es periodista de la Universidad de Antioquia, ha estado vinculado con procesos de organizaciones afrodescendiente y actualmente trabaja en la parte de comunicaciones de la Alcaldía de Medellín.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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