Miércoles, 03 Julio 2019

¡El muerto es mío y yo veré como lo entierro!

“A los muertos no les importa cómo son sus funerales. Las exequias suntuosas sirven para satisfacer la vanidad de los vivos.” (Eurípides)

Por: Robinson Mena Martínez*

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¡El muerto es mío y yo veré como lo entierro!, es la respuesta que dan muchos dolientes, cuando son interpelados, por la manera novedosa como realizan las exequias de sus seres queridos. 

 

Con el pasar de los años, el duelo o la manera como se está despidiendo a los que fallecen, ha ido tomando otras formas, se ha ido resignificando, lo han ido renombrando, la sociedad actual, está viviendo el duelo de una manera diferente a como se hacía antes.

 

 

Recuerdo que anteriormente, por ejemplo, cuando se conocía la noticia del deceso de un familiar, amigo o allegado, la comunidad se movilizaba en torno al suceso, y se realizaban acciones como: ir a cortar bambú, planta conocida en Quibdó como “guadua” para realizar en la casa del fallecido, una especie esqueleto o ramaje, que se forraba con plástico y esto servía como techo, ya que en el chocó el primer invitado a cualquier evento al aire libre, es el aguacero, además de esto, se hacían bancas y mesas improvisadas, para recibir a los visitantes, que dependiendo de la popularidad del muerto, era mucha o en su defecto, poca. 

Ya en la noche momento del velorio, el difunto yacía dentro de su ataúd en la sala de la casa donde vivió, con una sábana blanca pegada de la pared y acompañada de un cristo metálico o de madera, dentro de casa se encontraban los amigos más cercanos dándoles ánimo a los dolientes, además de las personas que se dedicaban a cantar el tradicional “alabado”, afuera, la gente se disponía, unos a escuchar chistes de los mayores, otros a jugar cartas y dominó, se repartía café con leche y galletas, además de aguardiente y cigarrillos.

 

 

Se realizaba acompañamiento por nueve noches, lo que comúnmente llaman “novena”, siendo la última, la más dolorosa, ya que el féretro era reemplazado por una tumba realizada de manera artesanal por personas muy expertas, en Quibdó y si mal no recuerdo, se buscaba mucho a un joven en ese tiempo, que se llama o se llamaba Geovanny, este para su elaboración utilizaba diferentes materiales como el arroz, el frijol rojo y blanco además de flores y otros tantos componentes que ahora mismo no recuerdo, el levantamiento de esa tumba simbólica era muy triste y desgarrador, ya que significaba el último adiós, de quien hacía poco habían enterrado, vale decir, que no se usaba la cremación que abunda hoy.

Hoy en día y sin llegar a criticar, no significa que se haya perdido ese duelo, ni que todo tiempo pasado haya sido mejor, son nuevas dinámicas sociales y nuevas maneras de honrar las memorias de quienes parten hacia el más allá, dejando un gran vacío en sus seres queridos y amigos.

 

 

 

Hoy por ejemplo, la casa y el barrio de donde era el difunto, permanecen algo solitarios, ya que quienes deciden acompañar, deben volcarse a las salas de velación, nuevo lugar de encuentro para la realización de las exequias, en muchos casos, se reemplazó el tradicional “alabado” por canciones, esas que le gustaban al fallecido, las cuales son cantadas a todo pulmón por los asistentes, acompañadas de su respectivo baile, no estoy seguro si todavía se reparte café con leche y galletas, además de aguardiente y cigarrillos, pues el juego de cartas, dominó y escuchada de chistes, fueron apeados, y sustituidos por la bocina o bafle inteligente, ese que se lleva para entonar los diferentes géneros musicales. En algunos casos, el muerto y dentro de su ataúd, es bañado en licor, argumentado que era lo que más le gustaba.

Las novenas, fueron reemplazadas por misas, en las parroquias más cercanas, la tumba artesanal desapareció y el entierro, el desplazamiento desde la capilla, es una verdadera comparsa, el coche fúnebre, se usa poco, en muchos casos, el féretro es llevado hasta el cementerio por personas voluntarias, quienes al son de la música y el trago, no sienten el cansancio, pues no están cargando a cualquiera, llevan encima el peso de un verdadero amigo. A pesar de estas nuevas dinámicas, hay una cosa que no desaparece, y es el dolor por la pérdida de un ser querido o gran amigo. Finalizo citando a Cheo Feliciano, quién en su canción “los entierros” decía: “en otros entierros las lágrimas son de mentira, y las flores son natural, en los entierros de mi pobre gente pobre, las lágrimas son de verdad y las flores son de papel. 

 

 

*Licenciado en Lengua Castellana.

 

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación. 

 

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 *Fotografías: Robinson Mena Martínez.

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