Jueves, 29 Noviembre 2018

¡Dije que me iba y me voy!

En época decembrina sucede un fenómeno extraño en nuestra población aunque para mi es más bien admirable.

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Por: Robinson Mena Martínez*

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Según apuntes de la alcaldía de Medellín, la población “afro” que pernocta en esta ciudad, es de aproximadamente 236.000 habitantes, un dato bastante significativo, si se compara con el total de residentes de ciudades como Quibdó por ejemplo, que consta de unos 126.000 moradores. Cifra, que entre otras cosas, da cuenta de la diáspora de la etnia negra, en busca de mejores oportunidades, en ciudades como Medellín, que es una de las más innovadoras del mundo. 

 

 

Es de resaltar, que en la capital “Paisa” los negros son toderos, le halan a cualquier trabajo honrado, en aras de conseguir el sustento para sus familias, hay barberos, tenderos, fotógrafos, profesores, policías, emboladores, sastres, vendedores de minutos a celular, periodistas, abogados, ingenieros, taxistas, empleadas domésticas, ayudantes de la construcción, enfermeros, etc. Las anteriores, son labores dignas que se realizan con el fin de no sucumbir ante el ritmo de vida raudo y vertiginoso que emana de la ciudad misma. 

 

 

Sin embargo, para la época decembrina ocurre un fenómeno bastante raro, extraño o admirable, el cual podría denominarse “la sangre llama” o “el pueblo llama” o si se quiere, “es diciembre y el cuerpo lo sabe” o cualquier otro parecido, situación que algunas personas admiran y otras repudian.

Sucede que muchas personas que desempeñan alguna de las labores anteriores, toman la decisión de marcharse para sus lugares de origen, dejando “tirados” como se dice coloquialmente, a sus patrones, muchos paisanos no cuentan con vacaciones para diciembre, y al solicitar permiso a sus patrones o jefes para desplazarse a sus pueblos a pasar navidad y año nuevo con su familia, no reciben el visto bueno de los mismos y ante la negativa de estos, la solución inmediata no es ni siquiera renunciar, sino “abrirse” como se dice en la calle.

 

 

Situación que aunque no aplaudo, tampoco reprocho, nadie sabe que sentimientos impulsan a estas personas a dirigirse al lugar que los vio nacer: pasar chévere con sus familiares, amigos, amores viejos, amores nuevos, amores negados, amores ocultos, fiestas, farras, paseos, gastronomía, misas, cumplimiento de mandas, agradecimiento a algún santo o algún amigo y un sin número de eventos que invitan al desplazamiento a estos sitios. 

Ahora bien, Cuando esta decisión está tomada y después de la persona abandonar su trabajo, no hay consejo que valga, o como se dice en la calle “no hay Salvatore que valga” la respuesta que sobresale es ¡dije que me iba y me voy! no hay quien haga cambiar a estas personas la decisión que ya tomaron.

¡Ah, pero en enero! 

En enero no pasa nada y he aquí lo bonito o lo que admiro de estas personas, es normal que para muchos, el mes de enero sea difícil, que haya escasez, que haya carencia, que recién se retome el año, que apenas se esté entrando en calor, que apenas se esté  despegando y por ende no haya mucho dinero, porque entre otras cosas, se viene de gastar y mucho, no obstante, cuando alguien trata de echarles en cara el acto ya mencionado realizado en diciembre, la respuesta de estas personas es “gallarda”, y con un tono fresco, además con un aire de tranquilidad te dicen: ¡si toca empezar de cero, pues se empieza! ¡quién dijo miedo! Son respuestas que me gustan, porque la persona en ningún momento demuestra aires de arrepentimiento, está dando a entender que ¡quién lo vive es quién lo goza! Está manifestando que “nadie le quita lo bailado” está feliz, dichoso, contento porque de alguna manera se ha desquitado luego de un duro, arduo y pesado año de trabajo y mejor, porque vienen con nuevas energías, ánimo y disposición, a seguir laborando.

 

 

Cabe señalar que, de todo esto hay algo bastante satisfactorio y significativo: resulta que los seres humanos somos únicos e irrepetibles, situación que además nos hace irremplazables, es así, como tras las ausencias decembrinas, los patrones o jefes deben buscar quien supla lo que otrora hacía “el negro” y muchos “sin querer queriendo” son llamados a sus anteriores trabajos, ya que sus exjefes se dieron cuenta de que ese “negro” que en diciembre los dejó “tirados”, es único, es berraco, sabe trabajar, lo hace bien, no llora, no reniega, trabaja duro todo el año, se va para donde lo manden, no le da miedo madrugar, trasnocha con moral y por supuesto que si se merece salir a disfrutar navidad y año nuevo con sus familiares y amigos, muy a pesar de las carencias, a pesar de la pobreza y a pesar de la falta de casi todo lo esencial, disfrutar también es vida. 

Lo anterior, en la literatura universal se llama el orgullo del pobre, yo lo voy a llamar “el orgullo de los negros”.

 

 

*Licenciado en Lengua Castellana.

 

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación. 

 

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 *Fotografías: Robinson Mena Martínez.

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