Miércoles, 22 Abril 2020

¡No me llamo negrita!

Todos los seres humanos sin importar sexo, raza, religión o status social tenemos derecho a un nombre y por ende a que se nos llame por el.

Por: Ginna Litceth Ramos Castillo 

Tumaqueña y Abogada Orgullosamente Afrodescendiente

 

El artículo 15 de la Constitución Nacional invoca: “Todas las personas tienen derecho a su intimidad personal y familiar Y A SU BUEN NOMBRE, Y EL ESTADO DEBE RESPETARLOS Y HACERLOS RESPETAR”. El nombre como se denomina, en derecho, atribuida a la persona, es considerado uno de los derechos fundamentales del hombre, desde su nacimiento este integra al individuo durante toda su existencia y aún después de su muerte continúa identificándolo. Está compuesto de nombre y apellido y es parte de la personalidad.

 

El nombre de una persona es el registro de su existencia. Por su importancia primordial, es objeto de varias garantías, como, por ejemplo: Inmutabilidad, imprescriptibilidad, inalienabilidad, inestimabilidad, y finalmente, la intransmisibilidad.

 

La palabra “negrita” posee una carga histórica nociva. En épocas de la esclavitud por allá en el siglo XVI los esclavos eran llamados como: negro 1, negro 2, negro 3, negro 4… así sucesivamente y cuando las mujeres esclavas tenían “dueño” les decían: “mi negrita” ya que eran consideradas de su propiedad, como un mueble de la casa, o como un cuadro que colgaban en la sala de estar y les pertenecían. En Latinoamérica culturalmente usamos diminutivos para referirnos a algo o a alguien y, aunque la esclavitud ya fue “abolida” seguimos de esclavos por la manera en que nos comportamos, comunicamos y relacionamos. El color de piel no debe condicionar la forma en que nos dirigimos hacia las demás personas, no saludamos diciendo: Hola mestizo, hola indígena.

 


Seguramente se ha dicho la palabra “negrita” en este tiempo por cariño, sin ánimo de ofender, pero estamos en época de cambios en los cuales se debe entender que la forma como nos comunicamos puede dañar o ser ofensivo, cuando te encuentres en la calle con tu amigo o amiga negra o negro llámale por su nombre, pero si no lo conoces dile entonces, señor, señora, joven, niño, niña, este es un tema de respeto y educación. Yo no me llamo negrita, tengo un nombre adquirido por derecho, por ser persona, por ser humana.

 


¿Qué le estamos enseñando a los niños y niñas de este país? ¿Les enseñamos a respetar a sus compañeritos en la escuela o en el colegio? ¿A que no les digan apodos por sus rasgos físicos? ¿Por su manera de hablar, reírse, peinarse o caminar? O por el contrario, ¿somos partícipes de esos eventos que, aunque parezcan “normales” no lo son y no decimos nada porque “solo son niños”?

 

En la cotidianidad es frecuente escuchar personas en diferentes espacios haciendo uso de expresiones como:

“Que negrito, negrita tan linda” cuando se refieren a un recién nacido, “Aquel negrito de la esquina” “la negra que se ubica siempre en esa silla” son frases frecuentes utilizadas en nuestra sociedad; “negra que necesita” es la expresión que escuchó doña Emérita durante un año en la plaza de mercado donde hacía sus compras hasta que tomó conciencia y decidió no volver. “oiga dígale a esa negra que se acerque” típico escucharlo en la calle, es el pan de cada día, es común, pero lo que es más sorprendente es escuchar las respuestas que se dan cuando se interrogan a estas personas acerca de este comportamiento, “es que se lo digo por cariño” y he aquí el siguiente interrogante ¿el cariño admite que se le niegue el derecho a cada una de estas personas a ser llamados por su nombre? No romanticemos ni normalicemos lo que puede lastimar u ofender al otro.

 

Cuando llamas a la persona afro por su nombre, le estas reconociendo inmediatamente su dignidad, su singularidad y su identidad.

 

  

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*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación. 

 

 

 *Fotografías: Cortesía

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